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Domingo, 19 de abril de 2015

CULTURA › PAGINA/12 PUBLICARA, DESDE ESTE MIERCOLES, LOS SIETE LOCOS Y LOS LANZALLAMAS

Dos novelas inmortales de Roberto Arlt

Serán entregas semanales en fascículos coleccionables ilustrados por Daniel Santoro, con prólogo de Guillermo Saccomanno. “El gran hallazgo de Arlt es haber visto en Erdosain el resentimiento como algo transformador. Lo que visualiza es el peronismo”, dice el escritor.

 Por Silvina Friera

La inmersión en el mal es y será feroz de la mano de Roberto Arlt. Imposible aducir “inocencia” –o intentar preservarla– después de leer Los siete locos y Los lanzallamas, un díptico de novelas que a partir del próximo miércoles Página/12 entregará semanalmente en fascículos coleccionables ilustrados por Daniel Santoro con prólogo de Guillermo Saccomanno. La abyección sin fondo de Remo Erdosain lo empuja paradójicamente a la acción: más vagabundea, más se hunde. El comienzo es literalmente dantesco; donde el poeta italiano refiere la “selva oscura”, el escritor argentino aprieta el torniquete de la angustia con un hombre que quiere retroceder a la par que comprende que está perdido por el dinero que robó. “La pena, como uno de esos arbustos cuyo desarrollo se acelera con la electricidad, crecía en las honduras de su pecho retrepándole hasta la garganta”, se lee en las primeras páginas. “Erdosain no afana para construir algo –advierte Saccomanno desde Villa Gesell–. Afana para nada y la guita se la patina en prostíbulos donde no coge. ¿Hasta dónde va a descender?, te preguntás.”

Saccomanno subraya que los personajes de Arlt no son muy agradables. “Las dos novelas son como una inmersión en el mal. En estos términos, está más cerca de Georges Bataille de lo que uno se imagina. Y no es casual porque Arlt es lector de Charles Baudelaire, un poeta maldito. Eso que tiene Baudelaire de maldito y alcanza a Bataille es también la operación que está haciendo Arlt al poner el mal en acción. Arlt sabía de lo que hablaba. No son los malevos calcificados en la idealización de Borges. Arlt conoce el mundo del hampa, tiene yeca”. El escritor perdió la cuenta de la cantidad de veces que leyó Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931). La última fue para escribir La lógica del derrumbe, extraordinario prólogo que va a la médula de las cuestiones que perduran, más allá del contexto de escritura. “La desesperación de Erdosain no es otra cosa que el resentimiento de la clase media, que sigue funcionando. Nuestro país tiene un gran porcentaje de clase media, que es una clase resentida, que conspira contra sus propios intereses y es autodestructiva. No es que a Erdosain le importe hacer la revolución; a él lo que le importa es la salida individual: hacer un invento y forrarse de guita o la toma del poder nada más que para detentar el poder. Pero tampoco se lo ve muy comprometido con la toma del poder; es más bien rastacueros la postura de Erdosain, tiene más que ver con un sálvese quien pueda. En momentos en donde la Argentina entra en un período de zozobra por las próximas elecciones, la clase media, una de las más beneficiadas por este gobierno, se vuelve en contra. Arlt hace una lectura muy aguda de la sociedad argentina”, pondera el autor de La lengua del malón.

“Oscar Masotta titula su ensayo Sexo y traición en Roberto Arlt porque la traición está a la orden del día. Erdosain traiciona a su mujer, su mujer lo traiciona a él; todos están al borde de la traición. Mi idea es que, lejos del héroe torturado, Erdosain es un héroe que está más cerca de la histeria que de la tortura espiritual. El gran hallazgo de Arlt es haber visto en Erdosain el resentimiento como algo transformador –explica Saccomanno–. Lo que visualiza Arlt es el peronismo. Cuando el Astrólogo plantea ese menjunje entre (Benito) Mussolini y Lenin, no me parece casual, más allá de la cuestión temporal y coyuntural.”

–¿Por qué plantea como hipótesis la lógica del derrumbe?

–Arlt habla claramente de un edificio social que se derrumba. Y de hecho sigue así en su teatro y en El amor brujo. Sus Aguafuertes no son para nada complacientes. El humor de Arlt es vitriólico... Quedé muy sorprendido después de esta nueva inmersión en Arlt. En uno de sus ensayos, Italo Calvino dice que cuando uno vuelve a leer un clásico no te dice lo mismo. A mí me pasó eso. Me acuerdo de que cuando era muy pibe –tenía quince años y empecé a trabajar en la calle, de cadete– Los siete locos y Los lanzallamas para mí operaban como la guía Peuser de Buenos Aires. Tiene una cuestión de lo territorial que también la hace tan vigorosa. Hay obras que están en consonancia con estas novelas de Arlt: El pozo, de Juan Carlos Onetti; El extranjero, de Albert Camus; y El lobo estepario, de Hermann Hesse, son obras que están escritas en “una misma sintonía de angustia”, parafraseando a Arlt. Qué paradoja, ¿no?, un Astrólogo que sueña con el golpe de Estado y después tuvimos en la historia real un Astrólogo que se apoderó del poder. Hay algo del pensamiento mágico dando vueltas todo el tiempo en las novelas de Arlt.

Es la primera vez que Santoro mete sus lápices y tintas en las fuentes arltianas. “Lo que veo en Arlt son registros visuales en distintos niveles”, cuenta el artista plástico a Página/12. “Hay una especie de epifanía cosmogónica sobre el control del mundo, sobre las formas políticas del fascismo, del comunismo y demás. Y después tiene un registro como si pusiera una lupa sobre la realidad, por ejemplo, va por un jardín y ve los insectos de culo negro como si los estuviera mirando con una lupa. El hace ese tipo de collage visual cuando circula por los lugares, siempre está apuntando a alguna grieta, a un lugar oscuro, a una brizna de pasto; algo está pendiente para construir y darle dramatismo. Cuando toma el tranvía, cuando registra los interiores de los negocios, cuando circula por las tiendas y le agarra esa bronca terrible contra los tenderos, registra al fondo quién está mirando, cosa que si uno pasea distraídamente no lo podría ver. Esas instancias de registros visuales las trato de reflejar en los dibujos.”

La ilustración de Los siete locos y Los lanzallamas es “tradicional, incluso antigua, un poco anacrónica”, según Santoro, una forma que le viene de Gustave Doré en el estilo del detalle. “Por más que mi estilo es sucio y no es detallista en sí mismo, sí repara en ciertos detalles –aclara–. Si hay una casa, se ve lo que hay en el fondo. Eso es lo que me genera la prosa de Arlt. Los dibujos también estarían inscriptos en esa tradición que tiene como representantes a Carlos Alonso y a (Juan Carlos) Castagnino; es realista, no hago síntesis, más allá de mi propio estilo, que tiene cierta síntesis, pero me ubico en un registro de realismo: ilustro lo que el texto dice, me someto al texto.”

–¿Cómo trasladar la desesperación de los personajes de Arlt a las ilustraciones?

–Eso es muy difícil de transcribir en un dibujo. Como es difícil de transcribir, lo hago al estilo de las viñetas explicativas de una enciclopedia, una especie de Diderot. Cuando en Los siete locos se habla de “la zona de angustia”, que le atraviesa la garganta como si fuera una especie de placa que está sobre el territorio, yo la hago, la detallo, incluso pongo las medidas, como si fuera una descripción técnica. Caigo en este tipo de cuestiones que me parece que es una forma de solucionar la dificultad de expresar la desesperación. Es como si dibujara una enciclopedia técnica de lo que le pasa a Erdosain circulando por la ciudad. Hay mucho paseo, mucha imagen urbana; me documenté con fotos de época de la zona de Constitución, de Congreso, de Once. Trabajo mucho con tintas, que le dan un clima melancólico y oscuro.

–¿De qué modo se puede interpretar la fascinación de Erdosain-Arlt por los inventos?

–Arlt se mete con los objetos tecnológicos descaradamente, desde la rosa de cobre hasta los gases; hace una mezcla de todos esos grandes inventos que se imponen después de la Primera Guerra Mundial. Arlt se familiariza con esos objetos tecnológicos; entonces parecía ser que cualquiera podía ser un inventor, ¿no? Por eso existía Mecánica Popular, por ejemplo, con la que uno podía construir hasta un submarino. Hay dos registros: uno de dibujos, de tamaño de la hoja o doble hoja, y otras pequeñas viñetas que van en las columnas de texto, que son aclaraciones sobre esos aparatos que él describe a veces intensamente. Arlt se apropia de lo tecnológico desfachatadamente. En ese momento todavía no había la distancia que tenemos hoy con la alta tecnología. Hoy nadie se puede meter con un teléfono; es una placa imposible de penetrar. Hasta que Arlt escribe estos textos el teléfono era una caja de ingenio. Todas las cosas estaban adentro de una caja, nada más había que meter la mano y uno podía inventar cualquier cosa porque estaba todo a la vista. Esa caja de ingenio desaparece después de la Segunda Guerra Mundial y con la digitalización ya todas las cosas son imposibles, todas son placas ciegas. Ese mundo de Arlt, de cercanía con la tecnología, de la tecnología a mano y manipulable, es la última posibilidad que tuvimos de no ser condicionados por la técnica. Todos estamos emplazados por la técnica, un poco como ya anunciaba Martin Heidegger en su momento. El capitalismo se cierra sobre sí mismo, es el que determina lo que nos va a pasar y nadie puede salirse. En cambio, Arlt creía que con la técnica podía dominar algo.

Los siete locos está atravesada por esa nueva condición tecnológica, que Arlt creía que cambiaría las relaciones sociales. “Esa tecnología trae aparejadas nuevas ideologías; es un poco lo que decía Lenin de comunismo más electricidad. Arlt retoma esto pero no termina de cerrar ninguna de las ideologías nuevas –analiza Santoro–. Así como inventa una rosa de cobre quiere inventar una nueva ideología para la dominación. Arlt no habla nunca de una liberación ni una emancipación; habla de una revolución que no sabemos bien qué es, que suena más a amenaza que a otra cosa, porque él habla de una especie de mezcla de fascismo y comunismo, en un momento dice ‘una ensalada que nadie entienda’. Y creo que ahí anuncia al peronismo evidentemente. A él no le cerraba el fascismo ni el comunismo; entonces pretendía esa ensalada que no la ve como una solución para el género humano, sino como una cosa inevitable que vendría; él habla de miles de muertos, de cómo controlar las cosas, del uso de gases. O sea es un personaje oscuro en ese sentido, no anuncia una gran liberación, una revolución liberadora. Anuncia un futuro sometimiento, quizá más justo, pero es una revolución extraña la que propone. Es una revolución jodida, no se la ve muy interesante, ¿no?”

El mayor intérprete de la iconografía peronista volvió a leer a Arlt después de aquella primera lectura juvenil, influida por la política y su militancia en el peronismo. “Hay una mirada torva sobre las clases sociales; se ve el desprecio al inmigrante y al millonario. Cuando pasa por Barrio Norte, espera que lo mire por la ventana algún millonario y que le banque sus inventos. Erdosain es un personaje jodido, tiene todos los rasgos de la miseria humana. Los personajes de Arlt no quieren agradar. Barsut es el que más rechazo me genera porque es el prototipo del buchonazo, del garca.. y también Ergueta. En cambio, Erdosain me da ternura, me identifico con esa obsesión con todo, con pensar la relación con la mina, con la guita y que todo se le enquilomba. Es un obsesivo autodestructivo, un tipo que destruye todo lo que construye. Y eso lo hace más entrañable”, concluye Santoro.

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