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Miércoles, 29 de octubre de 2008

OPINIóN

El Colón con verso

 Por Diego Fischerman

Los datos no permiten demasiadas interpretaciones antojadizas. El Centro de Experimentación del Teatro Colón es la única sala de esa institución habilitada, en el medio de las obras detenidas desde hace ya un año, para realizar espectáculos. La actual dirección del Colón redujo su superficie en tres cuartas partes, transformando radicalmente su esencial característica de espacio experimental y polimórfico en un tradicional escenario a la italiana. El motivo, reflejando una cruenta literalidad para las metáforas, fue destinar ese espacio a un museo dedicado a uno de los libretistas de Puccini. Pero, además, en lugar de llenar ese constreñido espacio con funciones propias, encargos de obras y estrenos, la mayoría de la temporada del CETC se realizó en otros lugares (con el consiguiente gasto de alquiler) y, en cambio, la sala se dedicó a una presentación publicitaria de las zapatillas Converse en la que tocó el baterista de Ramones. La cuestión generó un notable escándalo, abonado entre otras cosas por la inconsistente actuación de los directores del Colón, Horacio Sanguinetti y el supuestamente “director ejecutivo” Martín Boschet. No bien el show publicitario tomó estado público, ambos se apresuraron a decir que “no sabían nada”. Lo que no sabían, en todo caso, es que la ignorancia, en un director, más que un atenuante es una causal de despido. El memo firmado por ambos decía: “Acaba de realizarse en el CETC un acto totalmente ajeno a la tradición del Teatro y a los propósitos de esta gestión. No fue autorizado, ni siquiera conocido por la dirección. Se analizarán las responsabilidades”. Pero ese texto contradice abiertamente el de otra comunicación interna del teatro, fechada el 6 de octubre, donde reza: “El día 14 de octubre, de 19 a 22, la empresa Converse festejará sus 100 años (y), como contraprestación donará 120 joggings para el Cuerpo Estable del Ballet”.

A la dirección del Colón le asiste, desde ya, el derecho de pensar negocios que arrimen fondos a sus inexistentes arcas, ya que la verdad es que el presupuesto destinado a la sala ya no cubre más que los salarios de su planta estable y los gastos de mantenimiento del edificio (aunque esté en ruinas). Pero en ese caso, sus responsables deberían asumir esa política y defenderla a rajatabla en lugar de intentar cubrir con versos lo que arreglaron con Converse. Y, lo más importante, es que deberían rendir cuentas acerca de sus cuentas. 120 joggings es un precio demasiado bajo para rifar su única sala en condiciones de funcionamiento y una tradición de más de diez años en la producción de artes escénico-musicales contemporáneas. El problema no es, como algunos señalan, la presencia del rock en el CETC. Si se hubiera tratado de una obra que trabajara con materiales del rock o hasta incluso de un recital, la cuestión sería otra, eventualmente discutible. Pero se trató no únicamente de un negocio sino de un mal negocio. Se trató, ni más ni menos, que de la malversación de un espacio público destinado para otra cosa y en el que el cumplimiento de ese destino debe ser velado por los responsables de su administración. Y se trató, una vez más, de la puesta en escena de la incapacidad de la conducción actual del Colón no sólo para llevar adelante alguna (cualquiera, ya casi no importa cuál) política cultural sino, siquiera, para saber qué es lo que sucede bajo sus narices, si el desconocimiento era cierto o, si no lo era, para, por lo menos, tener la coherencia de defender en público lo pergeñado en privado.

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