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Jueves, 15 de noviembre de 2007

OPINION

El arte y los gerenciadores

 Por Diego Fischerman

Mauricio Macri asumirá el gobierno de la ciudad en un poco menos de un mes. Y lo habrá hecho con un extraño record. Habrá tenido en su haber por lo menos un ministro volteado antes de asumir y varias protestas y rechazos públicos a políticas aún no instrumentadas. Los gustos del presidente de Boca en materia de cultura, en todo caso, no cuentan con demasiados adeptos en ese ámbito. Más allá de la reacción mostrada ante el bochorno de Rodríguez Felder, hay que pensar que Macri encontró atractivas –además de coherentes y viables– precisamente aquellas ideas del ex futuro ministro que inevitablemente causaban risa o vergüenza ajena en los artistas, intelectuales y consumidores de cultura porteños.

Entre el martes y ayer hubo, además, dos manifestaciones públicas en contra de anuncios de algunos funcionarios designados. En un caso se trató del cierre –no del cambio de perfil o de proyecto– del canal televisivo de la ciudad. En el otro, la Orquesta Estable del Teatro Colón realizó un ensayo público en contra de la intención de no programar la temporada operística de 2008, ya expresada en una entrevista publicada por este diario y luego confirmada en otros medios por el Dr. Horacio Sanguinetti, ex rector del Colegio Nacional de Buenos Aires y reconocido amante de la ópera a quien Macri ofreció en forma personal la dirección del teatro. Ante la imposibilidad de que las obras de restauración del Colón sean terminadas a comienzos del año próximo, tal como alguna vez se previó, el Dr. Sanguinetti hizo suyo, en principio, el punto de vista de muchos de los abonados: la ópera fuera del Colón no vale la pena. O, por lo menos, no la vale a los precios del Colón. Para eso, dicen, ya está el Avenida. Si se piensa en la pequeña asonada de la barra brava colonera que debió afrontar Sergio Renán cuando hace unos años decidió que Wozzeck se representara sin intervalo, habría que agregar un detalle más: la falta de la confitería, de los locatelli, el champagne y los esperados encuentros sociales.

La gestión de Marcelo Lombardero dio preeminencia, por encima de otras consideraciones, a la continuidad del trabajo de los organismos estables y se las arregló para que, aun sin sala propia, hubiera algunos espectáculos de gran nivel. Y, en particular, gracias al trabajo de Stefan Lano –su actual director– se logró una notable jerarquización musical de la Orquesta Estable. La falta de una temporada para el año próximo y las dudas acerca de la continuidad de Lano ponen en escena el peligro real de la pérdida del nivel alcanzado pero, también, algunos de los fantasmas endémicos en los organismos artísticos del Estado. A caballo entre el arte y la burocracia, los integrantes de las orquestas y ballets oficiales son prisioneros del vacío provocado por una legalidad que no comprende las particularidades de sus trabajos. Los famosos “gerenciadores”, de los que Macri pretende ser el adalid, se indignan ante la estabilidad laboral que permite, por ejemplo, bailarines fuera de edad para bailar e instrumentistas con un nivel lejano al que alguna vez exhibieron cuando ganaron su puesto por concurso. Su respuesta es el contrato “basura”, encubriendo a lo largo de los años relaciones de dependencia. Si lo primero no es justo, lo segundo lo es menos. Como sucede con el Ballet del Teatro San Martín, también en conflicto en este momento, basta con que un integrante se lastime para que pierda su empleo de un día para el otro y sin compensación alguna. El Estado, simplemente, no tiene una manera legal de contratar artistas, respetando sus derechos laborales y, al mismo tiempo, reservándose los mecanismos que le permitan evaluar periódicamente su idoneidad. La jubilación, por otra parte, implica –como la de los médicos, los profesores universitarios o, en rigor, la de cualquiera que no sea un político, un juez o un militar– la pauperización. La Orquesta Estable pide una temporada por varios motivos, pero sobre todo porque la historia argentina, y en particular las recetas de los “gerenciadores”, les han enseñado a tener desconfianza. Un viejo chiste cuenta cómo un contador aconsejaba que los distintos instrumentos de una orquesta tocaran siempre las mismas notas, para ahorrar en partituras, y no hicieran silencios, para lograr una mejor relación entre salario y prestaciones. Los dichos públicos del futuro intendente y de algunos de los funcionarios por él elegidos permiten colegir que la realidad podría, como otras veces, superar a la ficción.

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