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Martes, 29 de septiembre de 2015

CINE ONLINE › UN DIRECTOR RUMANO A DESCUBRIR, RADU JUDE

La familia como un pequeño infierno

Perteneciente a la segunda camada del llamado Nuevo Cine Rumano, Jude demuestra estar a la altura de sus predecesores con sus dos primeras películas, que vale la pena buscar en la red: La chica más feliz del mundo y Todos en nuestra familia.

 Por Horacio Bernades

La vigencia de un movimiento artístico no se demuestra con la primera ola, sino con la segunda. Y no con sus máximos representantes, sino con los de la segunda línea. El conocido como Nuevo Cine Rumano tuvo su consagración internacional a mediados de la década pasada, con películas como La noche del señor Lazarescu, 4 meses, 3 semanas, 2 días, 12:08 al este de Bucarest, carta de presentación de Cristi Puiu, Cristi Mungiu y Corneliu Porumboiu, de allí en más sagrada trinidad de esa corriente. Con Radu Muntean y sus films Boogie (2008) y Aquel martes, después de Navidad (2010) como perno entre una y otra fase, cineastas como Adrian Sitaru, Calin Peter Netzer, Stere Gulea y Victor Rebengiuc terminaron de consolidar el fenómeno, con películas como Las mejores intenciones (2011), La posición del hijo (2013), Soy una vieja bruja comunista (2013) y Perro japonés (2013). A esta segunda ola pertenece Radu Jude, realizador de tres films a la fecha: La chica más feliz del mundo (2009), Todos en nuestra familia (2012) y Aferim!, estrenada esta última en la última edición del Festival de Berlín. Las dos primeras, que se consiguen en internet con sus títulos en inglés (The Happiest Girl in the World y Everybody in Our Family) ameritan echarles el ojo.

La primera ola de Nuevo Cine Rumano (llamémosle, por razones de economía, NCR) abordaba lo real con una estética de encuadres fijos y planos-secuencia, que apuntaban a observar en detalle el funcionamiento íntimo de determinados hechos o procesos, en ocasiones históricos. La negligencia burocrática de un Estado poco preocupado por sus ciudadanos en Lazarescu, la represión moral del régimen de Ceausescu en 4 meses, la mitificación histórica en 12:08. Al adoptar la misma estética como registro de la más estricta cotidianidad, Aquel martes, después de navidad puede ser considerada el film-puente entre ambos momentos del NCR, cuyos nuevos representantes se bajan de la Historia, focalizando en el pequeño pero denso ámbito de lo doméstico. Tendencia que el propio Muntean había anticipado en su film previo, Boogie, y que el título de una película de Sitaru (Domestic, 2012) hace explícita.

Exhibidas en sendas ediciones del Bafici, las dos primeras películas de Radu Jude (Bucarest, 1977) son claramente representativas de esta reorientación del Nuevo Cine Rumano. Ambas tienen familias por protagonistas, ambas llevan títulos cruelmente irónicos, ambas rompen con la estética de largos planos fijos que hasta entonces había signado la renovación del cine de su país. La chica más feliz del mundo narra el viaje de una familia del interior a Bucarest. En un sorteo televisivo auspiciado por una marca de bebidas, la hija se ganó un 0 km. A cambio de llevárselo deberá participar de un comercial de televisión, en cuyo rodaje el complejo industrial-publicitario hará sentir toda su inhumanidad. A su vez hay disputas al interior de la familia, con la adolescente en pleno estado de rebeldía justificada, en lucha por su reubicación en el seno familiar: mientras la mamá la trata como si tuviera diez años menos, el padre piensa qué hacer con el auto que ella se ganó. Lo que La chica más feliz del mundo mantiene, en relación con la primera ola del NCR, es la opción por narrar en tiempo real, que transmite al espectador la sensación de que los hechos tienen lugar al tiempo que se los observa.

En Todos en nuestra familia, Jude lleva esa sensación de “vivo” a su extremo más crudo y violento. Violencia familiar, doméstica, común. Por lo tanto, infinitamente más comprometedora que la sofisticada violencia profesional en la que suele especializarse el cine. Como en otros films del NCR (Lazarescu, sobre todo), la figura que rige la geometría dramática es el espiral. Un hecho mínimo, en apariencia carente de toda relevancia, lleva, por efecto dominó, a una tragedia que parecería fuera de toda proporción. Y sin embargo es la consecuencia lógica de aquel primer pequeño desarreglo. Un cuarentón llamado Marius se levanta una mañana de verano en su departamento de separado (desorden de los objetos, despertador que no suena, despertar tardío) y sale corriendo en su bici, cargando un ridículo pulpo de nylon (el sentido de la ridiculización, convenientemente dosificado, es otro componente regular del NCR).

La primera parada de Marius es en casa de sus padres, donde los chistes cómplices de su padre dan paso, sin solución de continuidad, a reproches, gritos, insultos, pases de factura. Marius había ido allí a pedir el auto prestado para llevar a su hija a la playa, el fin de semana. Que llevátelo, que no me lo llevo nada, la mamá que intercede y al final se lo lleva. Segunda parada: retirar a Sofía, su hija, de casa de su ex, que vive allí con su mamá y su nueva pareja. De allí en más y sin que nada lo haga prever, todo escala de la más crasa cotidianidad a la violencia física, la locura, el infierno mismo. Desde el momento mismo en que el protagonista acepta la invitación a pasar de la abuela, durante más de una hora (el tiempo real coincide con el cinematográfico) la cámara ya no volverá a salir del departamento, hasta que Marius intente un escape imposible.

¿Escape de qué? De los patrulleros policiales, que cercan el edificio. ¿Cómo fue a parar la policía allí? Un Marius totalmente sacado secuestró a todos los ocupantes del departamento, incluidas la hija y la abuela, después de un imparable crescendo de violencia. Con un grupo de actores que, como de costumbre en el cine rumano, no parecen actores y sin embargo son –por eso mismo, tal vez, por un talento innato, por la asombrosa habilidad para dirigirlos o, más probablemente, por todo junto– unos actores extraordinarios, sometidos en este caso a un régimen que los fuerza a ir al extremo, todo concurre a una máxima aunque no muy bienvenida identificación entre el espectador y los personajes. Estos se parecen a cualquier vecino, a cualquier conocido, a cualquiera. Todos, quien más quien menos, tienen razones para reaccionar como reaccionan. Incluido Marius, que aún siendo principal responsable de la locura –una locura no definitiva sino circunstancial, esto también es clave– no carece de razones para estallar.

Marius tiene problemas laborales, está solo, se siente lejos de su hija y de todo afecto. La sensación subyacente es que, dadas las circunstancias, todos podemos ser Marius. También podemos ser Sofía, víctima principal del infantilismo de los adultos. No es, claro, sólo cuestión de actuación o identificación. La puesta en escena es inmejorable. Jude secuestra al espectador, tal como el protagonista lo hace con sus anfitriones. Lo encierra entre esas cuatro paredes, le inflige el vértigo de unos planos sin corte que llevan de una habitación a otra, de un golpe a otro, de un ruido de vidrios rotos a una cocina puesta patas arriba, sin el alivio del cambio de plano ni del salto temporal. El tiempo real construye una cárcel invisible de la que no se puede escapar. “Todos en nuestra familia iremos al cielo”, tranquiliza Marius a la nena, cuando la violencia no es todavía ni una palabra. De allí el título, tan amargo como la película entera. Tan irónicamente amargo como el Nuevo Cine Rumano sabe serlo.

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En Todos en nuestra familia, Jude lleva la sensación de “vivo” a su extremo más crudo y violento.
 
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