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Viernes, 15 de octubre de 2010

MUSICA › TREINTA MIL PERSONAS EN LA JORNADA INAUGURAL DEL FESTIVAL PEPSI MUSIC 2010

Un triatlón con las pulsaciones a mil

Los estadounidenses Rage Against The Machine y Queens of The Stone Age y los argentinos Los Natas descargaron una andanada eléctrica que dejó al público empapado, agotado y feliz. El guitarrista Tom Morello se robó las mayores ovaciones.

 Por Luis Paz

¿Quién habría esperado que un festival de rock –con las implicancias negativas, falsas o cuanto menos falaces en su mayoría, que se le ha intentado aplicar a ese segmento de la cultura– se convirtiese en un gran evento deportivo? La jornada inaugural del festival Pepsi Music 2010 fue un triatlón, tal vez por haber ocurrido en la ex Ciudad Deportiva de Boca Juniors en Costanera Sur, pero más probablemente por la energía contenida en los 30 mil asistentes, motivados y emocionados por el debut aquí de Rage Against The Machine y el regreso de Queens Of The Stone Age, ambas bandas estadounidenses, la primera reunida y la segunda en óptimo estado.

Los norteamericanos no estuvieron solos: un breve pero intenso show de Los Natas, el mejor crédito local (y de exportación) para el stoner –ese rock valvular, frenético, árido y psicotrópico– ofició de bisagra entre RATM y Qotsa, y más temprano se presentaron en el nuevo predio festivalero el cantante de Rata Blanca, Adrián Barilari, como solista; el colaborador de Qotsa y miembro de Them Crooked Vultures (un verdadero súper grupo de rock de raíz blusera), Alain Johaness, y varios exponentes del ala más fuerte del rock argentino: O’Connor, Nativo, Lovorne, D-Mente y Cabezones.

A las 20, con el viento que escurría las nubes y las hacía chorrear en cuentagotas sobre un aforo marcado por la ropa oscura, las tinturas fucsia, los tatuajes caleidoscópicos y el desodorante de dudosa calidad, tuvo inicio el triatlón. Bastó el ascenso de Qotsa al modesto escenario principal para saberlo: primero habría que nadar en las lagunas mentales que provoca el sólido e impactante cuarteto. Lo del vocalista Josh Homme es entre conmovedor y paralizante: el muchacho sobrepasa el metro ochenta, tiene el pelo colorado como vikingo, los brazos gruesos como obrero industrial y la barba de tres días como borracho de pueblo, pero tiene también tanta técnica y potencia, tal manera (salvaje, indecente) de tocar la guitarra y tal inteligencia para componer, que uno queda pasmado.

De la banda no se puede decir menos. El tecladista Dean Fertita es un acompañante espasmódico para la voz de Homme y la guitarra de Troy Van Leeuwen, otro atleta de las seis cuerdas; y el baterista Michael Schuman no para de romper palillos de tan brutal azotador de parches que es. Basta que se enciendan las luces rojas en el tablado para imaginarlo con un látigo en un infierno que no será digno de La Divina Comedia pero sí –como cualquier otro Qotsa– de la Comedia Divina del Rock de raíz tocado con virulencia. En eso, sí, apareció Homme, como guía espiritual en la laguna mental, consultando una y otra vez: “¿La están pasando bien?”.

Fue un set de una hora en el que recorrieron su discografía a puro crawl por su tremendo disco Rated R, por Era Vulgaris y por Lullabies to Paralyze. Como no podía ser de otro modo, la primera etapa del triatlón rockero acabó con todos empapados de sudor y distorsión con ese último tramo arrollador: “Go With the Flow”, “No One Knows” y “A Song for the Dead”, todos de Songs for the Deaf. Técnicamente, se imponía una segunda etapa marcada por el pedaleo, pero en el Pepsi Music la bicicleteada quedó para el final y primero fueron las corridas.

Sin solución de continuidad para la acción, el público trotó o cuanto menos marchó sin detenerse hacia el escenario en que Los Natas mostraron, una vez más, que pueden mantener un estándar de calidad alto en sus shows en casi cualquier condición: incluso ésta del sonido a media máquina (por una disposición gasificada que quiso anticiparse a los reclamos de los vecinos de La Boca... pero no lo logró). El trío repasó raudamente los puntos altos de su discografía en un tramo plano, sin necesidad de saltar vallas: “Humo negro en el Vaticano”, “Humo de marihuana”, “Nuevo orden de la libertad” y, claro, “Meteoro 2028”. “Esto es Argentina, cuídenla”, pidió el cantante y guitarrista Sergio Ch. al finalizar su breve presentación.

Para el final quedaría, entonces, la etapa del piñón fijo y el rodado 26: Rage Against The Machine, la reformada banda californiana comandada musicalmente por el alevoso violero Tom Morello y performáticamente por el técnicamente estrecho pero enérgicamente irreprochable Zack de la Rocha. Una banda que nunca le erra al pedal y que no teme (ni tiene compromisos que se lo impidan) oponerse a la bicicleta financiera, la explotación obrera, el belicismo y otras clases de cinismos y estupideces crónicas de esta modernidad líquida que chorrea sangre de obrero y campesino dentro de una gran maquinaria, que la convierte en morcilla para el asado de los patrones y terratenientes. Pero lo de RATM no es sólo la pose impenetrable e intransigente del “No Pasarán”: también hay molleja en esa propuesta ética deudora de los letrados de la Internacional Socialista, de la que pusieron a sonar su himno mientras se retiraban, antes de los bises.

Morello es intratable sobre el escenario: primero fue un solo con ¡el plug! (esa fichita en que terminan los cables) en “Testify”, y ya fue un delirio. Pero a lo largo de la hora y media que RATM pedaleó contra las corporaciones (a reparo de los logos tricolores de una de ellas, es verdad), se pudo ver a Morello redefinir por completo la idea de lo que una guitarra puede ser como instrumento musical y hasta dar forma a varios solos ¡con el switcher de micrófono de su viola! Sí, con la palanquita.

Los RATM revisaron sus tres discos (su debut homónimo con un poco más de fuerza, apenas) y tocaron lo que había que tocar: “Bombtrack”, “People of the Sun”, “Know your Enemy”, “Guerrilla Radio”, “Bullet in the Head” y “Bulls on Parade”, dedicada a “los obreros de Zanon, los obreros sin patrón” que habían visitado a la banda para contarles de su lucha, cómo recuperaron su fábrica, mantuvieron sus puestos de trabajo y dignificaron su vida obrera. Al triatlón, a todo eso, se le sumó otra disciplina: el salto en alto de esos 30 mil presentes (nunca antes en un show de RATM, que debutó en la Argentina), más cerca del cielo plomizo en cada brinco.

Y él, ese cielo que se había aguantado mirando estas olimpíadas del rock primal, ahora finalizadas con el funk-core de RATM, de puro mirar, se terminó acalorando también. Y empezó a sudar, sobre las cabezas perdidas en headbanging o en delirios cósmicos de los de abajo. Y el otro, De la Rocha, que saltó más alto que cualquiera, habló: “Este tema está dedicado a todos los obreros, los estudiantes y los piqueteros de 2001, que son un ejemplo que en todo el mundo ha sido escuchado. Para los que no quieren la guerra en Irak. Para los admiradores del Che Guevara en todo el mundo. Oigan, todos ustedes, ¡despiértense!”, disparó y ya todo fue atletismo en su máxima expresión: con “Wake Up”, hasta los postes que sostenían los reflectores quisieron acercarse al cielo, dejando el alma en esa cancha.

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Zack de la Rocha, cantante de RATM, les dedicó un párrafo a los obreros de la fábrica recuperada Zanon.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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