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Jueves, 6 de octubre de 2011

MUSICA › LAS COPLAS DE ADRIáN HERNáNDEZ

Vivencias propias, pesares ajenos

Poco recuerda de Florida, su barrio cuna. Adrián Hernández tenía 4 años cuando se fue a vivir al campo. A Pasteur Encina, puntualmente. Un pueblo de 1500 habitantes, ubicado a 400 kilómetros del mojón cero (Congreso), y 19 cuando regresó. Allí, en Pasteur, trabajó en un tambo, anduvo a caballo, reparó alambrados, tocó en peñas y fondas e hizo todo lo que un aprendiz rural. De ahí que sus huellas y triunfos conlleven el pulso fáctico de las vivencias. Las huellas y triunfos que pueblan –mechadas con chacareras, candombes, zambas y simples canciones– su tercer disco a la fecha: De mis manos. Un disco de 14 piezas –todas propias y seleccionadas entre 60– que mostrará hoy en el ND Ateneo (Paraguay 912) y que cuenta con arreglos sutiles, discretos encantos folklóricos y el filón de una voz impecable como hilo conductor. También con invitados que lo nutren de color: Mónica Abraham, Laura Ros, Daniel Maza, Franco Luciani, Kubero Díaz y Quique Condomí, entre ellos. “De tanto insistir, logré que Mónica me atienda en su casa y escuche lo que hago. Fue una gran puerta, porque enseguida di con Giuliano, su marido, y él me contactó con todos esos músicos”, principia el cantautor y guitarrista.

Le dicen Copli (por Coplaires) y hasta la oportunidad –guiado por las estelas de Yupanqui y Figueroa Reyes– contaba con su paso por el grupo Los del Fondo de la Legua, y dos discos como solista: Penando anda mi pago (2003) y Corazón de tierra (2006). Ahora presenta un exquisito trabajo de folklore-canción, que terminó arreglando y produciendo el mismo Jorge Giuliano (ex guitarrista de Mercedes Sosa), y la posibilidad de que sus coplas, basadas en vivencias propias y pesares ajenos, lleguen a la médula de la patria folk. Tiene con qué: Hernández ha sintetizado en una zamba trágica, bella y redonda la historia de aquel hombre de Catamarca que intentó llevar a lomo de burro a Angélica, su hijita de dos años, al pueblo más cercano para que la curen de sus problemas respiratorios y se le murió a mitad de camino (“Porque no hay caminos”). Ha captado, por vivirlo, el miedo que provoca la gran urbe a quien llega por primera vez y saluda a las gentes sin respuesta (“Extraño en la ciudad”, con el uruguayo Maza en bajo). Ha alcanzado status de pichón de Gieco a través de “Hay quienes caminan sin Dios”, socorrido por la guitarra de –claro– Kubero Díaz y ha contado en una entrañable huella que una vez recorrió dos leguas a mula por una mujer: “Si te vienes pa’mi rancho”. “En el campo pasan esas cosas. Mi padre me daba permiso los domingos a la tarde para ir a visitar una señorita que me gustaba mucho y siempre hacía diez kilómetros a caballo, pero una vez el caballo, que había trabajado mucho en el corral, me mezquinó la mano. Tuve que montar un burro viejo, y me siguió un perro chusco. De ahí salió la huella”, cuenta.

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