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Viernes, 12 de octubre de 2012

MUSICA › FUE INAUGURADA LA MUESTRA LOS LIBROS DE LA BUENA MEMORIA

Todos estos años de Spinetta

 Por Gloria Guerrero

“¡Creo que Luis debe de estar odiándonos!”, dice Eduardo Dylan Martí. Con una informal charla con la prensa –bien temprano, cuando aún no se permitía el acceso al público a la sala Leopoldo Marechal– y luego, al atardecer, con el concierto del Mono Fontana y Claudio Cardone en el auditorio Jorge Luis Borges, ante una multitud enorme y melancólica, la Biblioteca Nacional dio el miércoles por inaugurada Los libros de la buena memoria, la exhibición-tributo a Luis Alberto Spinetta. “Luis odiaba los homenajes”, se sincera Martí. “Pero estábamos decididos. Tratándose de la Biblioteca Nacional no nos pareció, ni a nosotros ni a su familia, que fuera un ámbito cualquiera; aparte, que la entrada sea libre y gratuita terminó de formar el combo.”

En la sala están las vitrinas, llenas de cosas y cositas, notas en revistas; están los paneles con fotos gigantes. Y una bandera de River, que mide casi una pared de largo y recibe al visitante que emerge del ascensor con tres palabras en su banda roja: “La bengala perdida”. En una oficina cálida, al lado, se amontonan periodistas. Los que contestan las preguntas son Martí (amigo personal de Spinetta y su fotógrafo casi siempre; curador y responsable de la elección del material de esta muestra); Ezequiel Grimson, director de Cultura de la institución (“Estuvo con el casco puesto llevando a cabo esta misión imposible”, admira Martí) y, principalmente, Horacio González, el eminente sociólogo y docente que dirige la Biblioteca Nacional. Y es González quien termina vistiéndose con la bandera de la bengala: “Me parece que ‘La bengala perdida’ es una de las grandes letras de la historia de la música argentina. Puedo compararla con ‘Milonga triste’ (Homero Manzi, 1936), pero ‘La bengala...’ cuenta con un toque interno de tragedia que tiene su punto culminante en el hincha que cae en cruz. Es un pensamiento de una profundidad difícil de describir desde el punto de vista de la historia del deporte en la Argentina”.

“Spinetta no era simplemente alguien que se condoliera ante las tragedias cotidianas con una benevolencia hacia sí mismo, sintiéndose benefactor de su propia conciencia –continúa González–. Por el contrario, era capaz de escribir una gran canción sobre un hincha. Eso no está presente en la historia de la poesía argentina con tal fuerza; tanta, que sorprendería a todas las hinchadas si se les dijera que cargan con una suerte de sacralidad oscura. Spinetta examinaba esta buena conciencia desde una poética vinculada con la tragedia y con una oscura religiosidad. A mí siempre me impresionó mucho ‘La bengala perdida’. Es un resumen de la historia argentina contemporánea.”

Atardece. Empieza a entrar la gente, de a mares. Cuando uno ya vio la bandera, enfila hacia la derecha y se encuentra con la muestra. Las fotos gigantes, raras y hermosas (en un pasillito que impide dar cuatro o cinco pasos hacia atrás y verlas en perspectiva, como se quisiera, pero lo mismo golpean); las vitrinas, repletas de discos, manuscritos de letras y las fotos de cuando era chiquito. Luis era chiquito y posaba en segundo grado, muy chiquito, en 1958, y detrás había un pizarrón que sigue diciendo con tiza: “Tu maestra te espera, llena de sano optimismo, para volcar en ti las semillas de la ciencia, del bien y del amor”.

Y están los dibujos. Destacan “Guiso Suárez Time El Camionero”, la “Dupla-Riñón de Riña y Roña”, y “El Chiche Garcani”, todos –y hay grandísima variedad– caricaturas deformes de la sociocultura ciudadana. Pero los autos, los autos. A Luis le encantaba diseñarlos. “Luis era un gran dibujante de autos”, dice Martí. “Podría haberse ganado la vida dibujando autos, más que tocando la guitarra. Era un apasionado, y diseñaba sus autos con un celo profesional impresionante.”

Puede que este homenaje haya sido demasiado pronto, quizá. Se entiende: cualquiera va a estar haciendo doscientos homenajes horribles dentro de un rato... y está bueno adelantarse y hacer un magnífico tributo que valga la pena. Pero tal vez haya sido demasiado pronto.

Las ropas de Spinetta (su saco y chaleco de la contratapa de Only Love Can Sustain; aquel otro saco plateado, y otras ropas maravillosas) están chatitas, con las mangas a los lados, apretados entre vidrios, como en sarcofaguitos. Y están sus libros de su biblioteca, con las huellas de sus manos de recién: los de Carl Jung, los de Castaneda, los de Foucault, Artaud, Sartre. Los mismos libros, con las hojas ajadas, los que tocó hace ocho meses. “Objetos de su pertenencia”, se les llama. Hay un muñequito sencillo de trapo gris, del tamaño de una mano abierta. Los ojitos son dos botoncitos amarillos; la boca, una uñita de pañolenci rojo.

Pero también hay una tele grande en el bar al lado del auditorio, donde ya, ni empujando, puede entrar más nadie. Y una pantalla gigante en la explanada de la Biblioteca, y cientos de gentes medio mudas, esperando. Y entonces sube Vera, la hija menor de Spinetta, al escenario, antes de que toquen el Mono y Cardone, y se hace cargo del raro poema que Luis escribió poco antes de morir. A Vera se le quiebra la respiración dos, tres veces; pero lee: “Nací como nace un capullo, como nacemos todos,/ junto al amor de los míos, que me dieron el sentido y el cuidado./ Crecí día a día, como lo hemos hecho todos/ y al abrigo del hogar fui empezando a entender./ Por momentos jugando, vi las cosas perfectas, y el mundo infinito./ Ahora comprendo que el infinito no ha cambiado:/ está presente cuando miramos al cielo los que lo amamos...”

Sí, por ahí esta muestra parece demasiado pronto. Pero, después de todo, el infinito no cambia.

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La muestra incluye objetos personales de Luis Alberto Spinetta.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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