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Viernes, 4 de abril de 2014

MUSICA › OPINION

Delicias de un festival offline

 Por Eduardo Fabregat

Arrastrando los pies doloridos, pero con una sonrisa en el rostro: así se sale de un festival como el Lollapalooza, que cumplió con lo que se esperaba y dejó varios momentos artísticamente altos. De la primera fecha quedó el pésimo sonido de Julian Casablancas y el disfrute de “banda del momento por los próximos seis meses” de Imagine Dragons, pero también la sincera invitación al baile de Phoenix, el inspirado guitarreo de Jake Bugg, la dignidad de New Order para tratar de sostener una pesada leyenda y, sobre todo, la formidable tarea de las bandas de cierre. En el escenario 1, los canadienses Arcade Fire demostraron que tienen con qué respaldar eso que tan bien hacen en el estudio; en el 2, Nine Inch Nails protagonizó otra faena para el recuerdo, con un nuevo ataque de ese característico narcoterrorismo sonoro que se puede bailar y Trent Reznor y Robin Finck comiéndose el escenario.

El segundo día tuvo aún más gente y otra variedad de platos. La delicadeza de Vampire Weekend sirvió como prólogo al incendiario set de Pixies, que fieles a su ideario de relajación vs. tensión tuvieron momentos de arrasar y momentos de hipnotizar, pero sobre todo tuvieron a un Black Francis dispuesto a todo y a Joey Santiago en un nivel altísimo, reformulando las funciones de la guitarra eléctrica a cada compás. Illya Kuryaki & The Valderramas emocionaron con su tributo a Luis en “Aguila amarilla” y brillaron tanto en su faceta rockera como en los arranques de baile hip hop y funk. Demasiado lánguido al principio y con una desvaída versión de “Black hole sun”, Soundgarden fue de menor a mayor y puso pieles de gallina con “Blow up the outside”, pero en un set apenas discreto. Y los Peppers pusieron el punto final con un show a esta altura predecible, pero que no le resta méritos a esa cruza de rock blanco y funk negro que los hizo protagonistas de los noventa y más allá.

Pero el Lolla Buenos Aires tuvo una virtud extra: el agujero negro de cobertura que significó el centro del Hipódromo de San Isidro dejó a todos los smartphones inservibles, lo que redundó en una mayor intensidad de la experiencia. Si los shows del nuevo siglo muestran a un público con la atención a menudo dividida entre lo que sucede en el escenario y la compulsión a tuitearlo, facebookearlo, instragramearlo, la imposibilidad de conectar a redes sociales hizo que los aparatejos se guardaran en el bolsillo y todo quedara en eso que debería serlo todo: el show. No es que no se vieran pantallitas brillando entre la multitud, pero ciertamente se redujo el número. Y más de uno habrá descubierto que mirar al escenario, y no a ese escenario minimizado en un aparatito, deja una rara vibración en el alma. De ésas que te hacen arrastrar los pies doloridos, pero te instalan en el rostro la sonrisa de un par de noches para conservar no en la tarjeta de memoria, sino en un lugar del bocho. Y, por qué no, del corazón.

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