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Viernes, 4 de abril de 2014

MUSICA › MANUEL MOREIRA PRESENTA SU DISCO NIÑO ESTA NOCHE EN LA SALA SIRANUSH

“Siempre trato de fluir con la canción”

El cantautor y guitarrista es compinche musical de Alejandro Dolina en La venganza será terrible, está al frente del sexteto vocal Cabernet, es profesor de la Escuela de Música de Buenos Aires. “Cuando compongo algo, trato de dejar de pensar en quién soy”, asegura.

 Por Cristian Vitale

“Niño, el título de esta colección, promete unas sensiblerías que afortunadamente no se cumplen”, escribe, no sin cierta intención irónica y cómplice a la vez, Alejandro Dolina. Es su manera de darle una mano a quien le da una mano, noche a noche y desde hace siete años, en La venganza será terrible, su eterna tira radial. A Manuel Moreira, por ponerle nombre y apellido. “Yo le dije que escribió algunas cosas de más”, se ríe este joven cantautor y guitarrista, que acaba de reingresar al universo de las bateas, a través del disco que prologa el Negro. “Son canciones compuestas en un período muy luminoso de mi vida, incluso en momentos de tristeza, y por eso le pongo Niño, porque me parece que lo que uno ve en ellos es eso: la simpleza y la luminosidad”, dispara él, en un intento por sintetizar las catorce piezas que mostrará hoy a las 21.30 en la Sala Siranush (Armenia 1353). “Siempre tengo en cuenta el lado oscuro de la Luna, la parte que no se ve”, se explaya.

–Un dato matriz del disco es que todos los temas son suyos. ¿Compositor compulsivo, coyuntura, necesidad, o qué?

–Compulsivo, no sé. Música, compongo todo el tiempo, y letras, cuando tengo... Arriba de un micro o de un avión en un viaje largo. No sé. Trato de ser un observador constante de lo que está pasando, y de cómo me siento en cuanto a mi entorno.

–¿Cuál sería ese entorno, entonces?

–Bueno, a esta almita le tocó este cuerpo, hay que empezar por ahí, y si creemos que eso sucede, bueno, también sucede que hay otra gente que me rodea, que me nutre, me saca cosas e intercambia conmigo. Y en ese juego, trato de ser un poco más objetivo, de salirme de mi visión de las cosas y ver qué pasa afuera. Ahí nacen las preguntas, las de un tipo de clase media, en mi caso..

–¿Qué clase de clase media?

–Laburante... No tengo una familia que aspire ser más de lo que es (risas). Pero lo importante es que siempre me pregunto qué hubiese sido de mí si hubiese nacido en otro país, o en la Villa 31, o en una familia promilica... Porque uno va creciendo y se da cuenta de que puede tomar un camino, pero no es tan protagonista de eso, porque uno nació en un lugar. No puedo ser sueco, por ejemplo, y entonces me pregunto todo el tiempo qué habría sido de mí si hubiera nacido en Suecia. Y cuando empiezan esas preguntas, las composiciones me vienen solas. Por ahí de una peleíta sale una canción de desamor, porque no hace falta estar destrozado, en el fango, para escribir una canción de desamor: alcanza con un portazo. Lo que aprendí en este tiempo, al cabo, es componer desde las pequeñas cosas.

Ejemplo I, entonces, “La canción del picaflor”, una melodía que encuentra su letra cuando Moreira ve un picaflor en el octavo piso del edificio en el que vive, en Callao y Corrientes. “Me sorprendí, porque no era algo normal, y tiempo después me enteré de que, para una leyenda guaraní, cuando te visita un picaflor es porque te visita un alma querida”, explica él. Ejemplo II: “Figura y alma”, que habla de sus contradicciones y grises, compuesta en trance durante un largo viaje: “Si hay algo que tiene de bueno el ser humano es que tiene grises. Lo digo en términos espirituales. Este tema me fue revelando cosas de mí que no había experimentado antes”, desanda. Ejemplo III: “¿Dónde nacer?”, que expresa sus búsquedas existenciales. “Hay ciertas filosofías que sostienen que uno elige dónde nacer, pero desde mi punto de vista humano, no lo recuerdo. Y como no lo recuerdo, escribo esto.”

–Pitágoras y Platón, o la reminiscencia de las almas aplicada a un disco de canciones, veinticinco siglos después.

(Risas.) –Seguimos con los filósofos, si. Heráclito en el todo fluye, en el concepto de cambio constante que uno puede aplicar a la música, y éstos con las almas. Pero lo importante es que cuando compongo algo, trato de dejar de pensar en quién soy. Trato de fluir con la canción, que para mí es la única manera de hacer música. No lo pienso en términos esotéricos, sino como un tobogán largo en el que te largás y, bueno, no es mucho lo que podés hacer vos para esquivar lo que pasa.

Moreira se formó entre las técnicas de guitarra de Fernando Goin, el jazz de Juan “Pollo” Raffo y el canto de Roxana Valente. Hace siete años integra el staff noctámbulo de La venganza será terrible como coequiper de Dolina, con quien cruza talentos desde el estreno de la opereta criolla Lo que me costó el amor de Laura. Es, además, compositor, arreglador y cantante del sexteto vocal Cabernet y profesor de canto en la Escuela de Música de Buenos Aires. “Toda gente con buena energía”, resuelve él, sobre sus eclécticas yuntas. “Goin me metió en todo el folk norteamericano, Mississippi John Hurt, música de preguerra; en ese momento, yo escuchaba a Metallica o Guns N’Roses. El Pollo me mostró arreglos de jazz, que después terminé volcando en Cabernet... En fin, hay mucha gente que da, y uno tiene que saber recibir eso. Lo que veo en común en todos ellos es la intención de hacer la mejor música posible, dejando de lado el género, porque éste existe después de la canción, de la obra artística. Nadie dijo ‘esto se va a llamar zamba o huayno, eso ya existía’.”

–¿Y Dolina?

–Fundamental, claro. Cuando ingresé en La venganza..., lo que dijimos fue claro: si funciona, funciona, y si no, no. Tenemos una relación tajante en ese sentido, y no dejamos que nuestra amistad corrompa ese vínculo.

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“Siempre tengo en cuenta el lado oscuro de la Luna, la parte que no se ve”, afirma Moreira.
 
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