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Sábado, 16 de junio de 2007

MUSICA › LA ACTUACION DE ALICE COOPER EN BUENOS AIRES

Buena música y mal circo

 Por Cristian Vitale

“Importante, el espectáculo comienza puntualmente: 22 horas.” Media hora después, desoyendo la advertencia del ticket, una pléyade heterogénea de seguidores de Alice Cooper atiborra Corrientes, desde el Gran Rex hasta Maipú, e incluso sigue hacia la vuelta. Es un piquete de vereda, relleno y rarísimo. Hay personajes adultos disfrazados con estrellas pintadas en los ojos, hay heavies llanos, nostálgicos glam y cortes a lo Poison. Hay chicas de negro con cruces enormes y hasta viejos hippies. Todos mancomunados ante un mismo fin: no perderse la tercera visita al país del viejo provocador.

A las 11 de la noche, puntualmente, el teatro, repletísimo, luce como un hervidero. Parece un circo romano. Arengas, cuernitos en alto y cierta impaciencia. Cooper, el hombre que le robó el nombre a una hechicera del siglo XVII asesinada en Salem, no aparece. La voz en off de quién sabe quién advierte que se atrasó la llegada de los equipos (efecto niebla-aviones-paro), pero tranquiliza: en breve, el “padre” de Marilyn Manson pisará los pollitos imaginarios del tablado. Media hora después, puntualmente, cumple la promesa.

Primera impresión, innegable. Cooper representa, identifica y aúna a la diversidad de su fauna. Le pertenece. “It’s Hot Tonight” (del disco Lace and Whisky, 1977), “No More Mister Nice Guy” (de Billion Dollar Babies, 1973) y “Under my Wheels” (de Killer, 1971), los primeros tres temas, son un guiño a los más musicales. Música dura, exacta y estribillera. El pie para descentralizar la figura del frontman y focalizar en su banda con precisión de reloj. La potencia del ex Kiss y Black Sabbath, Eric Singer, en su batería adornada con el símbolo anarquista, la pirotecnia de Chuck Garric en bajo y un dúo de guitarras demoledor (Keri Kelli y Jason Hook) que de a ratos suena como una especie de rock sureño más compacto y mucho más veloz. El primer mini-bloque –la tríada mencionada más “Is it my Body” (de Love it to Death)– determina una declaración tácita: “Yo, Cooper, hago música”. Pero también circo. En “Lost in America” (de The Last Temptation, 1994), don Vincent Furnier de Arizona hecha mano a uno de sus recursos extramusicales: se pone un chaleco con una enorme bandera yanqui en la espalda, clava otra del mismo color en el sombrero e ironiza sobre las miserias de su país.

Segunda impresión: las estrellitas de los adultos disfrazados de jóvenes se encienden, las chicas de las cruces se empiezan a excitar y los viejos hippies se ríen. Es el momento del Cooper glam. El “maestro” de Kiss, Mötley Crüe, T. Rex y Twisted Sister. El de las guillotinas y las serpientes que nunca aparecen. Simula asesinar a un maniquí con cara de mujer, dirige a sus músicos con una varita mágica enorme, y una bailarina rubia –apodada Calico Cooper– convierte una espada en instrumento fálico. Y baila, sensual, con unas calzas negras agujereadas. Es el momento del proto-glam-rudo y suenan “Muscle of Love” (del disco homónimo grabado en 1973), “Welcome to my Nightmare” (1975) y “Only Women Bleed”, del mismo disco. Tercera impresión: el momento más teatralizado resulta bizarro, bastante cómico. El Cooper le pega a la Cooper (¿esto será el shock rock?). Tienen un bebé al que Alice simula matar con un martillo y un cortafierro –¡qué satánico!– y todo termina en un chaleco de fuerza. Momento superfluo y anacrónico. Conviene focalizar la atención en tres temas que la banda sintetiza en uno (“Devil Fools”, “Killer”, “The Dead”), que, junto al clasiquísimo “School’s Out”, resultan lo más inspirado de la noche. Una atmósfera que recuerda a Tommy, de The Who, con el lógico plus pesado y todas las tribus contentas. Impresión final, ambivalente: música para el disfrute –banda impecable, sonido descomunal– y una puesta en escena para el descarte.

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