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Jueves, 29 de noviembre de 2007

MUSICA › SERRAT Y SABINA, UNA VELADA INOLVIDABLE EN EL ESTADIO DE CENTRAL

Noche de canciones y stand up

Las inevitables referencias al Negro Fontanarrosa agregaron emoción, en un show que tuvo música y pasos de comedia.

 Por Karina Micheletto
desde Rosario

¿Alguien hubiera imaginado las dotes actorales de un Joan Manuel Serrat, que luce de lo más desatado, ensayando pasitos circenses, sosteniendo en equilibrio un bastón con su nariz? ¿Y a un Joaquín Sabina echando por tierra el candor posible de “Esos locos bajitos”, al cambiar la letra por “niño, deja ya de tocarme las pelotas”? La gira Dos pájaros de un tiro parece haber transformado a estos dos cantautores, que alguna vez supieron ponerse tan serios por distintos motivos, en dos comediantes de stand up dispuestos a ir cada vez un poquito más lejos. Lo de ponerse en la piel del otro e intercambiar canciones, probándoles otros vestidos vocales y armónicos, forma parte del asunto. Pero esa es sólo una parte. Ocupen su localidad, y presten todos atención: bienvenidos al show de un par de pájaros en plan de estar de vuelta. Tanto, que se permiten adaptar un tema popular de la rumba catalana, para cantar a los cuatro vientos: ¡No estamos muertos, estamos de parranda!

Lo del martes en Rosario fue el principio del fin del histórico tour que lleva seis meses de duración y más de setenta conciertos y que culminará en el estadio de Boca, los próximos 13, 14, 16 y 18 de diciembre. Antes, los españoles pasarán por Montevideo (este sábado), Córdoba (el miércoles 5) y Mendoza (el 9). El lugar elegido para el inicio del último capítulo de la gira tuvo mucho de especial, y no sólo por el cariño que los cantautores han manifestado públicamente por la ciudad: la amistad duradera de ambos con Roberto Fontanarrosa marcó este punto de la gira, a punto tal que transformó su logo.

Antes de que empezara el show, en las pantallas del estadio se vio a un tercer pájaro colado entre los dos que diseñó originalmente Fontanarrosa, con la camiseta de Rosario Central y los ojos entrecerrados. Y pronto se escucharon las cuartetas escritas por Sabina en homenaje al amigo que se fue, en recitados alternados: “Permítannos un suspiro, porque aquí donde nos ven, no somos dos sino tres, tres pájaros de un tiro (...). Hasta a la barra leprosa se le piantó un lagrimón, cuando falló el corazón, del Negro Fontanarrosa”. Fue el momento en que surgió de la multitud el “Olé, olé, olé, Negro, Negro” que hizo quedar en silencio un minuto a los dos cantautores. El lugar elegido –la cancha mundialista de Central, que albergó a unas 25 mil personas– acentuaba la sensación de presencia del tercer pájaro, ya desde el hincha dibujado con el trazo inconfundible de Fontanarrosa –el mismo que llevan los jugadores en las camisetas– que grita en la entrada “Soy canaya”.

Pero más allá del recuerdo al amigo y compañero, el espíritu del concierto, definitivamente, fue otro. El comienzo, con un noticiero apócrifo que anunciaba desde las pantallas que el recital se suspendería porque hasta el momento no se sabía nada de sus protagonistas –y un abucheo general al pobre Bebe Contepomi, el supuesto movilero apostado en la entrada del estadio–, fue apenas una muestra liviana de lo que sería el tono general del show: desde las letras cambiadas de las canciones hasta los gags intercalados entre canción y canción –con sus correspondientes pies y líneas de diálogo ajustados por kilómetros de gira–, lo de estos dos señores pasa por gastarse mutuamente y reírse, de paso, de sí mismos: de lo que queda por hacer con la edad y las enfermedades asumidas, de los vicios, las mujeres o las musas posibles con esa edad y esas enfermedades asumidas. “Los catalanes inventaron el amor para no tener que pagar por coger”, gasta, por ejemplo, el de Ubeda. “Sepan ustedes que cuando está en Cataluña, él cuenta chistes de argentinos”, retruca el otro.

Con el sostén musical de Ricardo Miralles y Antonio García de Diego, las canciones de Sabina y Serrat pueden transformarse en rumba flamenca o ganar filas de caños mariachis, pero sobre todo van y vienen entre ambos ajustadamente, con el consiguiente esfuerzo vocal para encontrar el punto posible de encuentro. Así es como las diferencias de voces y de estilos se zanjan a favor de las canciones, que son todos grandes clásicos revisitados por sus propios autores, desde “Penélope” a “Princesa”, desde “Mediterráneo” hasta “19 días y 500 noches”.

“Unamos mi voz de grajo con tu dulce gorgorito, para amasar este grito: ¡Viva Rosario, carajo!”, fue la primera de una serie de halagos a la localía. Sólo falló Serrat en un detalle, cuando saludó “a Santa Fe”. Y se sabe que el orgullo de los rosarinos –que se transforma en fanatismo exacerbado cuando coinciden más de dos dispuestos a alabar a su ciudad– no les permite ser considerados parte de una provincia. Fue una suerte de desliz que buscaba quizá la inclusión del posible público arribado de localidades vecinas. Mientras algún caballero presente mascullaba por lo bajo criticando el alto nivel de demagogia de este dúo –que no perdió ocasión para halagar al público en general, y a las rosarinas en particular–, la hinchada femenina, numéricamente superior, agradecía con aplausos y ovaciones cada caricia verbal. El público femenino, de treinta para arriba y bien distribuido en grupos de señoras autoexaltadas, hizo sentir su presencia. A ellas iba dedicado el merchandising oficial: remeras a 30 pesos y las bombachas a 20, con la honesta aclaración de la vendedora: “Vienen sin Sabina ni Serrat”.

Serrat y Sabina habían llegado a la ciudad de Rosario cada uno por su lado. La noche anterior al concierto lo hizo el catalán, quien voló en un jet privado y se hizo tiempo para cenar con la última esposa de Fontanarrosa y para almorzar al día siguiente con su primera mujer. Sabina llegó la misma tarde del martes, en una combi. Después del concierto, partieron raudamente a Buenos Aires en el jet privado, echando por tierra las falsas expectativas que circulaban por Rosario desde el día anterior. El lunes era el cumpleaños 63 de Roberto Fontanarrosa y la fecha coincidía además con el aniversario de El Cairo. En el bar se inauguró un mural dominado por las imágenes de Inodoro Pereyra y Fontanarrosa y se organizó un encuentro informal donde no faltaron los integrantes de la Mesa de los Galanes y las viudas de Fontanarrosa. “Se juntaban el aniversario de El Cairo y el cumpleaños del Negro, hacer una fiesta no daba, pero tampoco lo podíamos dejar pasar inadvertido. No sé cómo se corrió la bola de que venían Serrat y Sabina. Ellos saben que están invitados, pero ya no les es tan fácil aparecer en lugares públicos”, explicó a Página/12 Ricardo “Negro” Centurión, encargado de las relaciones públicas de El Cairo y uno de los “galanes” de la histórica mesa. Desde la muerte de Fontanarrosa, el bar tiene una mesa invariable que sólo se aparta los lunes, para dar lugar al escenario donde se desarrolla un ciclo de música: es la que está junto a un retrato de Fontanarrosa, con un pocillo siempre servido. Allí la gente va a sacarse fotos, como lo hace con la estatua de Olmedo en un banco de plaza, o simplemente se queda mirando la mesa con respeto. Hay quienes siguen ejerciendo su presencia cierta, de una manera u otra, porque siguen siendo necesarios para muchos otros. Por eso, en la escala rosarina de la gira de los españoles, los pájaros de un tiro fueron definitivamente tres.

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“Unamos mi voz de grajo con tu dulce gorgorito, para amasar este grito: ¡Viva Rosario, carajo!”
 
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