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Viernes, 6 de abril de 2007

LITERATURA › ENTREVISTA A LA ESCRITORA LILIANA BODOC

“Necesitaba el desafío de posicionarme en otro lugar”

Acaba de publicar una nueva novela, Memorias impuras. Los padres, en la que se aleja de la épica fantástica para ingresar a un territorio más histórico que mítico. Después de haber conocido el éxito con La saga de los confines, Bodoc prefirió trabajar sin héroes ni elementos mágicos.

No quiere perder la alegría de vivir. Y se nota, cuando habla con tanto entusiasmo y pasión de su última novela, Memorias impuras. Los padres (Planeta), que a los fantasmas del éxito de La saga de los confines, si aún merodean y le endulzan los oídos, ella les sonríe con un dejo de ironía y apenas los escucha. Sólo un poco, acaso para confirmar que lo que le sucedió no es un sueño que se va a terminar cuando despierte. Quizá los últimos siete años de la vida de Liliana Bodoc sean un correlato de esa épica fantástica que supo concebir cuando vivía en Mendoza. De ser una autora desconocida e inédita –aunque no perteneciera a esa extraña estirpe de las que guardan o esconden sus manuscritos por una mezcla de pudor e inseguridad–, que se largó a buscar las editoriales que le sonaban más conocidas para acercarles una copia de su primera novela, Los días del venado, pasó a ser una de las escritoras argentinas más leídas y celebradas por la crítica. Hasta la norteamericana Ursula K. Le Guin le envió un mail en el que, además de elogiarla, se lamentaba por no poder tener el tiempo ni la salud para traducir el libro. “Esto me rebasó por todos lados”, confiesa, con más de 120 mil ejemplares vendidos de la saga. “Siempre me digo y me repito: ‘Liliana, no pidas más, está bien, suficiente, ya conseguiste más de lo que soñaste. Ahora seguí escribiendo, aunque te lean tres locos’. Creo que uno tiene que saber ponerse los límites porque si no te confundís y sufrís mucho.”

Ese éxito –palabra que ella nunca mencionará durante la entrevista con Página/12– no agrietó sus convicciones literarias. Pero su vida cambió. “Yo daba unas pocas horas de clase en Mendoza y hoy vivo con cierta tranquilidad de la literatura, por lo menos hasta el momento, con lo cual no puedo dejar de estar agradecida por lo que pasó”, dice Bodoc. “Pero me da mucho miedo y estoy muy atenta... Sé lo que es sufrir ataques de pánico y no poder controlar determinadas situaciones. No quiero perder la alegría de vivir con lo que tengo, poco y chiquito, si después me va mal. Sé que todo es tan azaroso y tan lábil que quiero preservar la alegría de vivir, aunque tenga que volver a dar clases.” Tal vez por eso en Memorias impuras, la escritora asumió varios riesgos. El principal, el que ella admite que puede generar más reproches para los que esperan “más de lo mismo”, es haberse desplazado del espacio “purista” de la épica fantástica hacia un territorio que se aproxima más a lo histórico que a lo mítico. No hay héroes –como Dulkancellin, del que ha confesado estar “casi enamorada”–, no hay batallas, no hay una posición categórica del narrador frente al bien o al mal. Y tampoco hay magia, ni seres maravillosos.

En un período de espasmos revolucionarios, los habitantes de Albora –capital del virreinato en la que conviven tres razas: los crudos (los blancos), los mitimaes (aborígenes) y los cue cués (negros)– anhelan sublevarse, amparados por una profecía, bajo la conducción de los maestros de la Logia Bagual. Pero “si las revoluciones son como los barcos”, según informa el cronista que cuenta la historia –porque su abuelo le adjudicó esa desmesurada responsabilidad–, el rumbo de esta rebelión, que se desata cuando el virrey Crispino está agonizando, se verá acechado por oleadas internas y externas: el terror administrado que la virreina, Junia, y su consejero, Cayo Catarina, propagan por las calles de Albora, pero también los hacendados, prestamistas y el Protomedicato que se disputarán el poder.

Bodoc plantea que Memorias impuras está concebido como un díptico: Los padres, que acaba de publicar, y Los huérfanos, que ya está escribiendo. “Después de terminar la saga no sabía cómo continuar. En el medio se coló la escritura de una novela muy breve, El linchamiento (aún no editada), una historia realista y urbana de un yuyero boliviano maltratado por la sociedad, por la policía, por ‘las vecinas honestas’”, explica la escritora. “Pero otra vez me atraparon esas ganas de escribir historias más desplegadas.” Y lo primero que apareció, cuenta Bodoc, de esta historia desplegada fue lo que ella llama un error. “Intenté escribir una novela situada en la Edad Media europea, pero por suerte apenas había avanzado con la lectura de un par de libros y me di cuenta de que iba a ser un mal remedo de algo que no terminaba de entender; me resultaba extraña, ajena a mis intereses, entonces crucé el océano de vuelta y me planté en el virreinato.” Admite que en cierto sentido, Memorias impuras podría interpretarse como la continuación de La saga de los confines. “Si en aquélla prevalece el plano de lo mítico, en ésta cobra relevancia lo histórico”, subraya la escritora. Y en esta historia, precisa la autora, aparecen más las influencias de Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier –“con esa prosa más densa, esas frases más largas que tanto me gustan de la prosa barroca”– y Leopoldo Brizuela con Inglaterra, “uno de mis libros de cabecera”, reconoce Bodoc.

La novela comienza con una cita de Alvaro Cunqueiro: “Quizá sea verdad que el fin último de toda cultura es la invención y la melancolía”. Sin ser una literatura del fracaso ni de la desesperanza, el relato está impregnado de melancolía. “Cunqueiro me permitió condensar la idea que un cronista tiene de la historia, que todo está pegado a la ficción”, añade Bodoc.

–Por momentos, parecería que ciertos sentimientos de ese cronista están relacionados con lo que usted sintió cuando escribió esta novela...

–El cronista me sirvió para estructurar la novela, que es una crónica llevada a cabo a regañadientes, y también para distanciarme de la posición purista y maniquea del narrador de La saga de los confines, para quien todo estaba bien o mal y que tenía muy claro lo que quería que fuese alguna vez el mundo. Este cronista, en cambio, está extremadamente confundido. No es que adhiera ciento por ciento a la postura del cronista, que va modificándose a lo largo de la historia. Más bien, necesitaba el desafío de posicionarme en un lugar diferente. Me interesaba trabajar con la duda, con la ambigüedad, con los vacíos, con lo que no se sabe; prefería desarrollar un poco más al individuo puesto en situación de combate, pero desde su soledad y no desde lo colectivo.

–¿Investigó mucho como cuando escribió La saga de los confines?

–Sí, es un método al que no quiero renunciar porque me da mucha riqueza, sobre todo a la hora de armar, como en este caso, una novela de culturas con un imaginario macro. Creo que el trabajo bibliográfico fue menor en esta novela, si bien leí mucho sobre el virreinato y sus costumbres, y básicamente me centré en el virreinato del Perú.

–¿Por qué?

–Cuando empecé a leer, me guié por lo que intuitivamente me era más cercano y familiar. Me pareció que en el virreinato del Perú, la fuerza de los negros era más poderosa, y quería trabajar con estos cue cués que sueñan en cadena y que de alguna manera presentan una alternativa al poder político de los crudos y de la revolución, que es más racionalista.

–¿Qué escritores, pensadores y filósofos le sirvieron para construir ese diario apócrifo sobre el poder de Cayo Catarina que se va intercalando en la historia?

–Aunque no hay citas textuales, están presentes desde Maquiavelo, más serio y acabado, el mismísimo Nietzsche, en ciertos fragmentos, hasta la cosa más vil e infame del consejero “susurrador”, como López Rega.

–El cronista se pregunta si el terror también requiere una administración diligente. ¿Cuál sería su respuesta después de haber escrito esta novela?

–El terror para servir a sus fines atroces necesita método, constancia, permanencia, trabajo, y para combatirlo también necesitamos de todo eso, pero también de mucha inteligencia. A veces parece ser, lamentablemente, que quienes van a detentar el poder son más inteligentes que quienes lo vamos a sufrir.

–¿Hasta qué punto la realidad del poder político argentino o latinoamericano nutre la ficción?

–No puedo ni quise sacar de mi intención literaria ni ideológica referenciar el presente. Todo el tiempo está la lucha de nuestra dolorida izquierda, los poderosos que hoy siguen determinando nuestros destinos, los Maquiavelos que seguimos padeciendo... Todo eso estuvo al menos presente en mi trabajo y espero que esté en el resultado.

–¿En qué o en quiénes se inspiró para inventar la logia de los Bagualas?

–Por un lado puede remitir a la logia masónica que peleó –con todo lo que se puede decir, para bien y para mal, por las independencias latinoamericanas–, con esa conformación particular de las logias, con sus maestros, sus discípulos, sus allegados, sus círculos. Trayéndola al presente, a mí nunca se me fueron de la cabeza las luchas de la izquierda y de los revolucionarios latinoamericanos, muchas veces malogradas por miserias, por divisiones intestinas, por desentendimientos que no se terminan de comprender.

–¿Por qué no hay héroes en esta novela?

–Quería pintar el costado más humano, más ambiguo, más político, y hasta más económico de esta revolución que hasta el momento, al menos en Los padres, ha fracasado, excepto por algunos chispazos de futuro. En realidad, es una revolución malograda por sus propios hacedores y, obviamente, por esta enorme inteligencia del poder para manipularlos, entramparlos, para manejar al pueblo dándole o quitándole, enfrentando a “piojosos contra piojosos”, como dice el cronista, estrategia que el poder lleva a cabo todo el tiempo.

–¿Se cansó de la épica?

–Quiero mucho a La saga de los confines, pero quiero más a mi persona y a mi posibilidad de continuar escribiendo. Sé que es difícil y que puedo quedar un poco estigmatizada, pero es el riesgo que tengo que correr. A pesar de que es un relato macro, busqué hasta donde me fue posible alejarme de la épica, algo que a algunos enoja y a otros no. Cuando uno ha tenido la suerte de que una primera obra haya sido leída por una cantidad importante de lectores, el segundo paso puede ser muy complicado porque hay lecturas ya prevenidas, porque esperan lo mismo o porque no esperan lo mismo. Sé que Memorias impuras, si puede, tendrá que remar contra esas prevenciones.

–¿Por qué fracasan las revoluciones en América latina?

–Un poco por lo que dice Silvio Rodríguez: “Arar el porvenir con viejos bueyes es una cosa extremadamente complicada”. Ir hacia un futuro diferente, con todo el acervo que nos ha dejado el capitalismo y el imperialismo, es realmente una tarea exageradamente compleja. Mi sensación es que las revoluciones difícilmente se van a dar de una vez y para siempre. Las revoluciones son procesos, círculos en los que se van logrando cosas y se pierden otras. Ya no creo en un estallido triunfal. De hecho venimos de muchos, desde la revolución de mayo a esta parte.

–A propósito de la melancolía, un sentimiento que impregna toda la novela, ¿por qué cuando se avecinan grandes cambios, estallidos o revoluciones, irrumpe o aflora más la melancolía en el ánimo de los protagonistas?

–Nunca lo pensé... pero en definitiva hay algo que se pierde, un mundo que en la teoría podemos considerar mezquino, doloroso, injusto y que de hecho lo es, pero es nuestro mundo, el que conocemos. Ahora me acuerdo de un verso de Neruda en el que dice que los poetas peleamos por un mundo que acaso nos resulta inhabitable. Esta cuestión de pelear por algo que no vamos a entender o en donde no vamos a estar cómodos. Quizá por eso aparece esa sensación de melancolía y de miedo a lo desconocido que es la revolución. Aunque sepamos que lo desconocido puede ser mejor, dejar un hombre que nos golpea a veces es doloroso, porque no sabemos qué hay más allá de eso. Conocemos al que nos golpea, es horrendo y terrible, pero lo conocemos.

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En Memorias impuras, Bodoc deja surgir la influencia de García Márquez, Alejo Carpentier y Leopoldo Brizuela.
 
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