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Viernes, 13 de junio de 2008

CINE › LAS CRONICAS DE NARNIA: EL PRINCIPE CASPIAN, DIRIGIDA POR ANDREW ADAMSON

Un largo trámite dirigido desde una silla

 Por Horacio Bernades

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LAS CRONICAS DE NARNIA:
EL PRINCIPE CASPIAN

EE.UU., 2008.

Dirección: Andrew Adamson.
Guión: A. Adamson, Ch. Markus y S. McFeely, sobre novela de C.S. Lewis.
Intérpretes: Ben Barnes, Georgie Henley, Skandar Keynes, William Moseley, Sergio Castellito, Peter Dinklage y Damián Alcázar.

Las crónicas de Narnia se ponen medievales. En la primera entrega, los cuatro protagonistas, huérfanos de padre y con un profesor bonachón por padre sustituto, accedían al reino de la aventura con el simple expediente de meterse en un placard. Ahora basta con pararse en el andén del subte londinense, en tiempos de Primera Guerra, para que el ventarrón de la fantasía los arrastre, depositándolos en una playa que parece del Pacífico, pero es de Nueva Zelanda. Allí, en la patria del kiwi, nació Andrew Adamson, uno de los corresponsables de Shrek, que, como en la primera Narnia, vuelve a ocupar la silla de director. Como El león, la bruja y el ropero, justamente eso es lo que parece El príncipe Caspian: una película dirigida desde una silla. Como quien cumplimenta un trámite y pasa por caja, tratando de mantener el puestito para ver si sigue en las cinco que faltan.

Como en una tragedia de Shakespeare, Miraz, rey de los telmarinos (el italiano Sergio Castellito) manda a asesinar al príncipe heredero, la misma noche en que su mujer le da un hijo varón. Avisado a tiempo, el joven Caspian (Ben Barnes) zafa de las espadas de Miraz y huye raudamente, siendo capturado en el bosque por un par de enanos, nativos del reino fantástico de Narnia, que los telmarinos creían extinguido para siempre (uno de ellos es Peter Dinklage, el chiquito genial de Muerte en un funeral). En el momento de ser atrapado, Caspian atina a hacer sonar el cuerno para llamar al rey (¿?) y es a ese llamado al que responden los cuatro hermanos Pevensie. Que, como se recordará, al final de la primera parte eran ungidos monarcas de Narnia, con la anuencia de ese rey sin corona que es el león Aslan. De allí en más, Peter, Edmund, Lucy y Susan Pevensie, aliados con el príncipe, les harán sentir su bravura a los esbirros de Miraz, contando con el apoyo de todo el bestiario narniano (faunos, centauros, minotauros, tejones parlantes y hasta un ratoncito como de dibujo animado), trenzándose en mil batallas a campo abierto, hasta restaurar el reino de Aslan sobre la tierra. Con la muy británica dicción de Liam Neeson, el digitalizado felino vuelve a hacer tronar el escarmiento, frente a la corrupta nobleza de la vecina Telmar.

Queda dicho: El príncipe Caspian se sigue como un largo trámite de 2 horas y 20, una obligación que hay que cumplir. Si ya de por sí ninguno de los cuatro protagonistas abunda en color o personalidad, qué decir del nuevo héroe, a cuyo lado el estólido Orlando Bloom de El señor de los anillos o Piratas del Caribe puede llegar a parecer Errol Flynn o Douglas Fairbanks. En estos casos, lo menos que puede pedirse es que la técnica sea de punta. No es lo que sucede con la digitalización aquí, dando por resultado unos centauros, tigres y osos más torpes que el burro de Shrek. El burro de la primera Shrek, ya que en las dos siguientes se lo veía más ágil.

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La segunda Narnia ni siquiera se luce por sus efectos.
 
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