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Viernes, 13 de junio de 2008

TELEVISION › AL JAZEERA, MAS ALLA DE LOS PREJUICIOS SOBRE LO ISLAMICO

Cómo buscar al otro público

Con algo del espíritu antropológico de National Geographic, en inglés británico y marcando a Asia como nodo a considerar, la cadena busca explotar la persecución que sufrió en Estados Unidos.

 Por Julián Gorodischer

Mirar Al Jazeera es recuperar otra escala posible: su marketing global propone las world news como un paralelo de otras versiones de “la pluralidad sobreactuada” como la world music o la cocina étnica. Una lectura benévola elogiaría la vocación de abrir el espectro de voces, pero otra lo ligaría a las peores vertientes del turismo planificado, los cruceros, que aportan a un cosmopolitismo frívolo de tan superficial. Desde noviembre de 2006, cuando se creó la división hablada en inglés británico, la señal contrasta directamente con la arenga republicana explícita de Fox News y el presunto interés nacional detrás de ciertas omisiones (ni un rastro de sangre durante la guerra) de la CNN.

Al Jazeera recupera el espíritu antropológico de los informes de National Geographic. El in situ es prolongado, con presencia constante de una voz en off monocorde y documentada que comenta sobre la imagen de las zonas aludidas. Se enciende la TV al azar, y se comprueba la agenda insistente sobre catástrofes naturales o producidas por el hombre, siempre de alcance masivo, como las sendas explosiones en Pakistán e India de una semana cualquiera.

El marketing de lo global prevé que hasta un programa (101 Este) demarque territorio asiático ya desde el título. Fue la estrategia para “llenar –se dijo– una necesidad de un sector del público norteamericano” que reclamaría que se le mostrase la tan mentada invasión a Irak sin los filtros de la CNN, ni la proclama militarista de Fox News (no casualmente la señal siempre clavada en los monitores de la Unidad Antiterrorista de la serie 24). Por el momento, Estados Unidos es la cuenta pendiente para Al Jazeera, que monitoreó las intervenciones de campaña de Barack Obama con especial interés y amplio espacio. En Al Jazeera, la grilla se organiza según bloques “humanos” (hay historias de vida de ciudadanos comunes en Every Woman, Witness y People & Power, por ejemplo) que reivindican el punto de vista individual para entender la actualidad y son narrados mediante relatos neutros, sin exhibir la pregunta del cronista, con tendencia a exotizar en sentido opuesto a las cadenas estadounidenses, donde el iraquí es “el raro”. Un “raro”, para Al Jazeera, puede ser el granjero de Texas que no puede pagarse la canasta básica alimentaria, recuperando el área asiática, sobre todo Medio Oriente, como espacio nodal.

Puede que en Estados Unidos todavía esté fresco el bombardeo “accidental” a sus oficinas en Bagdad y la sospecha de que Bush le habría propuesto a Tony Blair apuntar a la central internacional de Qatar. Al menos, Donald Rumsfeld los definió una vez como “voceros de Al Qaida”. Según un informe del diario El País, “los estadounidenses consideran que está hecho por y para terroristas”. Las empresas que controlan el negocio del cable (Time Warner y Comcast) se negaron a incluirlo en sus grillas. Por ende, los directivos de Al Jazeera apuestan modestamente al poder de las transmisiones en YouTube para conseguir una campaña desde el público como la de I want my MTV que alguna vez logró que se incluyera en los paquetes básicos a la señal musical.

En América latina, Al Jazeera tiene sólo dos corresponsalías, una en Caracas y otra en Buenos Aires, ésta última conducida por la periodista Lucía Newman, que estuvo más de una década en la CNN. En sus informes cambian los tiempos de la narración y se prioriza el registro testimonial a la presencia no estelar. La moderación es la constante, también para las figuras centrales desde Riz Khan hasta Josh Rushing: la programación nunca se distiende; Khan no afloja por los noches sino que mantiene el formato de presentación de informes alternados por breves comentarios en piso. La pantalla ultradividida, al estilo de los canales económicos, prevé hasta cinco subtítulos de noticias diferenciadas, una pantalla menor para un segundo tema y recuadros con datos básicos desde climas hasta acciones en bolsas, todo en plural, claro.

Al Jazeera cuenta el mundo mediante barridas; su mundo vasto y en tránsito es lo opuesto a las “campañas monotemáticas” de Fox News, que arenga con sus placas y su voz en off sobre los mismos puntos, buscando la apropiación de temas. La barrida, en cambio, es recursiva a lo largo del día; cada bloque empieza con los mismos temas, y el fin de semana pasado les tocó al campo y la Argentina. Pero luego el tema se abandona y la crisis de corrupción en Afganistán se merece el otro día. La barrida genera menos encuentros esperados (por imprevisibilidad, sobre todo en momentos de tensión planetaria), pero suma reflexión, variedad de matices y, tal vez lo más importante, nuevas y necesarias voces como las de las organizaciones civiles y humanitarias, los médicos en zonas de catástrofes, los mediadores y observadores de Naciones Unidas, todos ellos una presencia constante como testimonios de Al Jazeera, mechados en los largos informes en reemplazo de oradores que reinan en las cadenas estadounidenses: columnistas fijos y funcionarios.

Casi se podría pensar a Al Jazeera en inglés, la que se ve, como un único segmento de noticias internacionales, porque incluso sus bloques especializados de deportes (Sportsworld) y suplemento femenino (Everywoman), subtitulados como “El mundo del deporte” y “Toda mujer”, se apuran a proclamar su diversidad a través de historias multiétnicas. El marketing global llega a tal extremo que hasta previó en Al Jazeera un Punto de escucha, para analizar “cómo lo hacen los medios de comunicación internacionales”, llegando quizás a la sobreactuación de “una marca” que en Estados Unidos no logra vencer barreras.

“Vamos a triunfar en América –dijo a El País David Barash, un ex ABC que ahora es una cara visible de Al Jazeera–. Al público estadounidense le toca el corazón la idea de esa pequeña cadena que no quieren que se vea.” No se comprueba la mitología asociada a la versión hablada en árabe, la original, donde se pasaron los mensajes de conductores de Al Qaida y abundan los velos y la tribuna libre para líderes musulmanes. El marketing global prevé en la versión en inglés conductores rubicundos (a excepción del moreno Khan y un par más), un inglés neutro que peca de hipercorrección en la pronunciación y superpoblación de trajes azules y tailleurs negros.

Los minutos de más de los informes siempre consiguen dar efecto de “profundidad”, la que en la gráfica se atribuye a un segundo diario y aquí, por la definición tan terminante de un perfil internacionalista y un tono sosegado, se daría como “segundo canal”. De tan global y “diversa”, la transmisión in situ desde cualquier confín se va homogeneizando en una única corriente de imagen caracterizada por los cielos nublados del cambio climático, los humos de explosiones y los llantos de niños en terremotos y tsunamis, todo de corrido, como en lento y muy hablado videoclip.

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En todos sus segmentos, Al Jazeera proclama su diversidad a través de historias multiétnicas.
 
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