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Sábado, 14 de febrero de 2009

CINE › “HAY UN NEGOCIO DE LA CRISIS”

“Hay un negocio de la crisis”

“Volví con una visión un poco más distante, menos neuróticamente comprometida”, señala el actor, que se reencontró con Norma Aleandro en el nuevo film de Rodrigo Grande y espera que otro se concrete “para disfrutar un poco más de la Argentina”.

 Por Ana Bianco

En su familia y en su ciudad natal, Ramallo, lo conocen como “Varón”. Nunca mejor puesto un apodo: Federico Luppi es un actor reconocido internacionalmente y no hace alarde. Es sanguíneo y frontal al opinar sobre temas políticos, y a la vez tiene una mirada reflexiva y aguda sobre la vida. El corralito de 2001 lo dejó muy mal parado, como a tantos argentinos, y tuvo que rearmarse de nuevo en España, no sólo profesionalmente sino en lo afectivo, al encontrar el amor con Susana Hornos, guionista y actriz española. En su departamento de Barrio Norte, remodelado a nuevo por su esposa, apronta un mate, se presta a la demanda fotográfica y juguetea con un sombrero panameño. Luppi se impone con su presencia y con su voz inconfundible se dispone a una charla en la que paseará por un amplio abanico de temas.

–¿Qué balance hace de su vida en España?

–Llegué a España después de la estafa bancaria del corralito, estaba realmente bajoneado y muy vacío de proyectos. Conseguí estabilizarme y recobré la salud. Comencé a andar por las calles, ir al cine, leer. Por suerte el trabajo no me faltó. No sentía ningún tipo de extrañamiento, de melancolía por Buenos Aires. Y eso me permitió, cuando volví a los tres años, tener una visión un poco más distante, más balconeada, menos neuróticamente comprometida. Como diciéndome “A es A y B es B, y punto”. No voy a inventar nada nuevo. Con su incorporación al Mercado Común, España atravesaba una época de bonanza y los planes personales, por mínimos que fueran, tenían posibilidad de cumplimiento. Era lo contrario de la Argentina, donde alguien decretaba algo el martes y el viernes volvía todo para atrás. Ahora pasa lo mismo con el gobierno porteño, que aprueba todo en 15 días. Períodos de prueba, es la explicación que dan. En realidad, son palos de ciego y si la pegan, la pegan. Es una irresponsabilidad política que ya vivimos duramente con el menemato. En España eso no ocurre, aun en la perversión política existe cierta seriedad para el cumplimiento de cosas mínimas de la vida cotidiana.

–Usted comentó que había empezado a leer. ¿Qué leía?

–Descubrí la nueva literatura española: Rosa Montero, Almudena Grandes, Dulce Chacón y a Javier Marías, un novelista importante en España y en el mundo. Me encontré con intelectuales que pensaban el mundo desde una zona menos coyuntural. Una España que había superado el franquismo oscuro y clerical y que veía el mundo con una actitud aguda, pero cautelosa. Empezaba un período de revisión de los triunfalismos de la conquista, que esta nueva clase de escritores cuestionaba con una visión –en términos de historieta– justiciera. Aprendí también que el 90 por ciento de los periódicos españoles encontraban su razón de ser en la agudeza, la profundidad, la extensión, lo analítico, lo complejo pero entendible en los artículos de fondo de derecha y de izquierda. Periódicos bien escritos como el ABC, monárquico; El Mundo, de derecha, y El País, de centroizquierda. El ABC, por ejemplo, a pesar de su orientación, sigue publicando uno de los mejores suplementos culturales y literarios del mundo. El País colaboró a afianzar lo que se denominó la transición y culminó con el triunfo de Felipe González. Me fui llenando de inquietudes y de un entusiasmo intelectual –valga la pretensión– para sentirme también asomándome a un mundo que desconocía y era suficientemente rico y complejo.

–¿Y en relación con el cine?

–En Madrid coincidió que se habían exhibido películas como Plata dulce, Tiempo de revancha y No habrá más penas ni olvido. En 1995 filmé por primera vez en España, Nadie hablará de nosotras cuando nos hayamos muerto, de Agustín Díaz Yáñez. Mi personaje era un asesino, una especie de Guglielminetti místico. Cuando decidí establecerme en España tenía una especie de terreno abonado. Me encontré con un cine español adulto, con medios económicos y con equipos técnicos notables, y con un grupo de directores muy jóvenes. Además del consagrado Pedro Almodóvar, se agregaban Alejandro Amenábar, valencianos, gallegos, catalanes... España había aprendido a descentralizar, el cine ya no era únicamente madrileño. En la última entrega de los Goya, las mejores películas fueron realizadas por gente muy joven. Una España que dejó atrás el quiero y no puedo y ahora quieren y pueden, con dificultades.

–¿Qué diferencias encuentra al trabajar con directores españoles?

–No hay diferencias. La gente cree que hay cierta metodología y forma distinta de abordar el trabajo. Los directores nos agradecen a Héctor Alterio en su momento, después a Miguel Angel Solá, a Leonardo Sbaraglia y después a Darío Grandinetti, la disponibilidad cotidiana al trabajo, una especie de alerta constante, de preocupación por la continuidad. Nos ven siempre muy enchufados y comprometidos con los proyectos y en ese sentido nos demuestran una gran estima. Es gratificante por el hecho de que descubren algo que acá no te lo hacen notar. Es esto de ¿cómo se va a destacar, si vive al lado de casa? Existe una suerte de respeto y de camaradería con los argentinos, no de pleitesía.

–¿Cómo evalúa la política cultural de José Luis Zapatero, y cómo se verá perjudicada la producción cultural por la crisis?

–Después del horrendo período cultural socavado hasta sus cimientos por Aznar, Zapatero pertenece a una generación joven que asumió profundamente hechos puntuales, que de tan puntuales son irreversibles: la ley de Memoria Histórica por la que reconocen a los muertos del franquismo. Abordó además el tema de la inclusión de las mujeres en los cargos públicos, la aplicación de los aranceles –que hemos conseguido acá, ahora– y que tiene que ver con la transmisión de imágenes y las copias privadas. El ha planteado un tema importante: la inmigración. La derecha tiene un doble discurso, afirma que no se puede recibir a tanta gente, pero a su vez los necesita para hacerlos trabajar bajo cuerda, en negro, y que después se vayan. Zapatero propone la legalización, el blanqueo del inmigrante desde una posición humanitaria. No hay que negar que provengan del norte de Africa a un país ubérrimo y, frente a un banquete fabuloso, un famélico vea eso y quiera estar ahí. Los inmigrantes son los que aportan a las cajas de jubilaciones, pensiones y retiros: sin ellos, las cajas en Europa colapsarían. El español, el italiano, no quieren trabajar más en el campo. Entiendo a la cultura como elemento de cultivo de la mente humana. No estoy allá, pero hablo todos los días con Susana, mi esposa, y me cuenta que hay un negocio de la crisis. El mundo mediático hace de la A una bolsa de aes; para decirlo en términos clásicos, se magnifica hasta tal punto para dar cumplimiento a una profecía autocumplida: crisis, crisis, crisis... y entonces aparece la crisis. No es que desaparezcan los elementos económicos controvertidos y viciados, sino que hay una suerte de deleitación en el negocio de la crisis. La cultura es el pariente pobre de la sociedad y siempre ha sido subsidiada por el entusiasmo de los que la realizan. Hay crisis, pero teatro y cine siempre se hacen. Uno no dice “voy a hacer una película para ganar tal cantidad de euros”. Dice “voy a conseguir unos euros para hacer una película”.

–Se lo nota más atento a las cuestiones de género, ¿a qué se debe?

–Me aterra la pasividad de la sociedad tanto en España como acá, fogoneada por la jerarquía eclesiástica, impiadosa con las chicas que abortan jóvenes, con las embarazadas y las mujeres golpeadas. La constante descalificación de lo femenino. Un machismo institucionalizado: Iglesia, fiscales, jueces que se hacen los burros y forman parte de ese oscuro andarivel de desechos morales de la dictadura. Son los que demoran los juicios, meten palos en la rueda y permiten que los torturadores se escapen. No atienden a la real situación de una chica violada por su padrastro, le impiden abortar y la meten en cana por eso. Es un nivel de perversión sádica, que proviene de gente supuestamente letrada, pero que son una mierda. Un ejemplo simplista y un poco esquemático: no me abruma la existencia de Menem, aunque me joda la vida. Lo que me aterra es que lo hayamos votado dos veces. No me aterra el discurso de Carrió, ya lo conozco, con todos los desechos de la derecha del mundo se hace un discurso aparentemente nuevo. Lo que me aterra es que está convencida de que los bolazos de marca mayor que dice, nosotros se los creemos. Habla como una futura presidenta de la Argentina. Lo cual en términos apocalípticos puede ser verdad. Al kirchnerismo lo veo con dificultades en la implementación de una política más unitaria y con graves defectos en la elección de sus pares. Sigue siendo inconcebible que lo hayan ido a buscar a Cobos. No lo entiendo. Los mismos que critican la violencia de los piqueteros son los que atacan a huevazos a Agustín Rossi en Laguna Paiva, en Santa Fe. Cuando la derecha utiliza la violencia está bien porque es en nombre de la Patria.

–¿De dónde surge su compromiso social?

–No lo sé, mi padre era conservador, un gaucho gringo. Me parece que fue por lo que vi de pequeño. Contrario al campo bucólico con tanta literatura basada en un cierto lirismo aristocratizante, como en el caso de Ricardo Güiraldes. Hay una parte del campo que encierra una historia de enormes injusticias y perversiones de todo tipo, con la peonada, con la falta de legislación, con la omnipotencia de los que tienen y la propensión a tener mucho y a ganar más. Una especie de patronazgo de caballo y de fusta, que se extendía a todos los rincones de la comunidad: a las mujeres, las sirvientas, los peones y los puesteros. He visto tanta gente trabajando como animales... la siembra en el campo es un trabajo descomunal. El dueño de la tierra sufre las inclemencias del tiempo, la ausencia de precios, pero tiene su propiedad. El campesino sufre igual, pero siempre recibe poco. Mi papá era carnicero y abastecía a los campos de los alrededores en el verano, durante la época de la cosecha. En un pequeño campo de su propiedad juntaba el ganado que compraba. Yo recuerdo que el mundo de los adultos del campo era bastante cruel, visto con mis ojos de pequeño, con una permanente competencia por ganar, impregnado de machismo, como decía el personaje de Don Segundo Sombra: “Sos muy chico para mear entre perros grandes”. Uno era siempre muy chico para los adultos. Era un mundo en el que costaba entrar, no por el crecimiento lógico, había que poner un pie en la puerta para que no la cerraran. Cuando murió mi padre yo tenía 15 años y con un tío que era maestro hicimos cuentas y nos debían un montón. ¡Lo que me costó cobrar! Ahí aprendí el significado de la deslealtad y la falta de palabra, porque muchos no me pagaron jamás en su vida.

–¿Sigue con la costumbre de ir a un restaurante con su propio cuchillo?

–En los crudos inviernos de mi infancia se mataban chanchos, la famosa factura de invierno, jamón, paleta, hueso, grasa, se aprovechaba todo. Papá comenzaba a hacer chorizos a las 6 de la mañana, la carne mezclada y picada estaba del día anterior. Yo iba a eso de las 9 a la carnicería y estaban terminando la factura de cerdo. En una parrilla habían colocado varios chorizos recién hechos, frescos y maravillosos. Recuerdo a mi padre cortar el chorizo con el cuchillo filoso de carnicero, limpito como el de un cirujano. Y a mí me gusta hacer eso de cortar el choricito limpito y perfecto, y por eso llevo el mío. Tengo una colección de cuchillos y de navajas. Mi papá me hacía trabajar en la carnicería durante las vacaciones de verano, me mandaba a hacer el reparto en bicicleta. Me llevaba al matadero y cuando volvíamos con el sulky parábamos en el arroyo y nos bañábamos en pelotas. Era una especie de aventura. Mi viejo tenía esa buena costumbre de incluirme en el trabajo y los paseos. Aprendí a andar en mi caballo y a nadar antes de ir a la escuela. He tenido una infancia absolutamente irrepetible y presumo que nadie la ha pasado mejor que yo...

–¿Cómo se siente frente a la ausencia de Ulises Dumont?

–Estuvimos cenando hace tres años en el Chacarerean Theatre con mi hijo Gustavo y con Ulises, y ocurrió un hecho que me impresionó y me aterró personalmente. Eran las 2 de la mañana, habíamos disfrutado una cena muy linda y cuando salíamos Ulises tuvo una leve palpitación y le pregunté si se sentía mal, y me dijo: “No, Fede, estoy viejo”. Y esa visión suya tan en sordina, serena y tan admitida, como si tuviera la sensación de que algo le iba a pasar. Era una persona de una profunda libertad interior, vivió como quiso. Pocas veces he visto a una persona tan poco atada a ideologismos, a boberías, a andares preconcebidos, a maneras y modos según lo marca el mundo. Yo creo que era uno de los pocos individuos que podían hacer honor a esa famosa frase de William Blake: “El exceso es belleza”. Tenía el particular don de convertir en verdad lo que hacía. Parecía una persona nacida para el oficio de actor.

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“La cultura es el pariente pobre de la sociedad, siempre fue subsidiada por el entusiasmo de los que la realizan.”
Imagen: Leandro Teysseire
 
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