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Jueves, 14 de abril de 2011

CINE › LE QUATTRO VOLTE SOBRESALE CON BRILLO PROPIO EN LA COMPETENCIA INTERNACIONAL

Acerca de cabras, perros y hombres

Registro semidocumental de los trabajos y los días en una minúscula comunidad calabresa, la película de Michelangelo Frammartino puede llegar a constituir uno de los puntos más altos de todo el Bafici y será recordada como tal.

 Por Horacio Bernades

“No me interesa que se vea cada pelito asomando de la cabellera de la actriz”, dice el director de cine en Road to Nowhere, metalingüístico regreso del legendario Monte Hellman, que se incluye en la programación del 13º Bafici. En Le quattro volte, película del italiano Michelangelo Frammartino que forma parte de la Competencia Internacional del festival, ese pelito es esencial. Es que lo que para el director de ficción de la película de Monte Hellman es un detalle sin importancia, para el realizador italiano constituye la razón misma de su ética y estética cinematográficas. Registro semidocumental de los trabajos y los días en una minúscula comunidad calabresa, la película de Frammartino carece de sentido si no se la observa en detalle. Para el espectador que se tome el trabajo de hacerlo (que en verdad no es ningún trabajo, sino puro placer), Le quattro volte puede llegar a constituir uno de los puntos más altos de todo el Bafici. El que no pueda verla de acá al domingo, no desespere, porque esta película extraordinaria tiene estreno asegurado en Argentina.

El pueblito sin nombre de Le quattro volte (de hecho, el propio dato de que está en Calabria no surge de la película, sino del catálogo del festival) es uno de esos típicos del Medioevo italiano, que los señores construían en lo alto de la piedra para vigilar al enemigo. En ese pueblito hay un viejo pastor, cuya rutina diaria sigue la cámara, haciendo durar cada plano lo necesario para poner al espectador en modo observación. Todo es notoriamente documental –el pueblo, el pastor, su casa, sus rutinas– y sin embargo un hilo narrativo se va tejiendo, hilo por hilo. Hasta que el espectador se topa de golpe con que está ante una película tan de ficción que la muerte (una muerte de ficción) tiene lugar en ella. Como si fuera la versión documentalista de Psicosis, cuando eso sucede Le quattro volte busca otro protagonista, hallándolo en las cabras, en el perro del pastor, en un árbol, en los vecinos del pueblo, en el carbón. Hasta la hormiga que recorre el rostro del anciano pastor, en un largo plano detalle, parece a punto de volverse protagonista.

Relato circular que hace de la idea del ciclo uno de sus ejes, el opus 2 de este cineasta milanés –que no es precisamente un descubrimiento del Bafici: viene de Cannes 2010– se abre con un horno de carbón y se cierra, un año más tarde, con la construcción de un horno igual a ése, mostrada con tanto detalle como el carneo del chancho en El árbol de los zuecos, una película con la que es imposible no relacionar ésta. Por cuestión de economía narrativa, Frammartino tiende a apoyarse sobre planos fijos. Pero si la situación lo impone –Le quattro volte es la clase de película que, en lugar de imponerle una estética a la realidad, deja que ésta lo haga– puede llegar a entregar un plano secuencia de absoluta antología. No por el movimiento en sí (se trata de un simple paneo hacia un lado y hacia otro, con la cámara clavada en un punto fijo), sino por todo lo que es capaz de mostrar, de narrar en un solo plano: una procesión religiosa, un perro que no está dispuesto a dejar que le pasen por encima, un chico algo asustadizo con los animales, el mismo perro que, queriendo jugar, provoca un choque, destroza un corral, libera a unas cabras.

El día de mañana, cuando quiera evocar esta edición del Bafici, este cronista recordará un solo plano y será ése, cuyo creador da la sensación de poder manejar hasta las fuerzas de la naturaleza. Pero no lo ostenta. Frammartino logra convertir el detalle en emoción, comunica con el más puro silencio (las únicas palabras que se oyen son a lo lejos y musitadas, como en una de Tati) y llena al film de humor, sin perder jamás rigor (el del perro con la camioneta es un gag del más inspirado cine mudo). ¿Una obra maestra? Hhhmmm, el tiempo lo dirá... Por estos días, la Competencia Internacional del Bafici presenta también Os monstros, que tiene la particularidad de haber sido dirigida y actuada por un cuarteto. De Guto Parente, Pedro Diógenes (ambos nativos de Fortaleza) y los hermanos Luiz y Ricardo Pretti (ambos cariocas), el Bafici había presentado ya, en una edición anterior, Estrada para Ythaca.

Os monstros empieza con un solo de saxo alto, que uno de ellos ejecuta durante unos diez minutos, y termina con una improvisación en saxo alto y guitarra española, que dura más o menos el doble. Entre una y otra escena, la deriva de estos cuatro amigos, que durante la mayor parte del metraje son tres, como los mosqueteros. Dos de ellos son músicos. Los otros dos, sonidistas. Al ejecutante de saxo alto la mujer lo echa de la casa, tal vez por dedicarle más tiempo al saxo que al sexo. A los sonidistas los echan de la televisión, porque se niegan a cumplir órdenes. Los tres se juntan, toman unas cervejinhas y van a una fiesta, donde tienen éxito con tres chicas y aprietan largo y tendido, en escenas lindas de ver. El resto no es tan lindo, porque estos cuatro barbetas (uno de ellos sin barba) están a años luz del carisma y la locura que, en Maridos, permitía que Ben Gazzara, Peter Falk y Cassavetes se mamaran durante cuarenta minutos y pareciera poco.

* Le quattro volte se verá hoy a las 13 en el Atlas Santa Fe 2 y el domingo a las 15.45, en el Atlas Santa Fe 2. Os monstros, hoy a las 13.15 en el Hoyts 10 y mañana a las 18.30, en el Teatro 25 de Mayo.

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El opus 2 de este cineasta milanés es un relato circular que hace de la idea del ciclo uno de sus ejes.
 
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