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Jueves, 6 de septiembre de 2012

CINE › SAL, OPERA PRIMA DEL DIRECTOR Y GUIONISTA DIEGO ROUGIER

El grado cero de la cinefilia

 Por Horacio Bernades

Sea profundísima o trivial, tenga las más altas ambiciones o aspire al más puro y simple pasatismo, se caracterice por su intensidad o absoluta levedad, toda película –toda narración, toda manifestación artística– debe experimentarse como necesaria. No es lo que sucede con Sal, coproducción argentino-chilena y ópera prima del realizador y guionista argentino –radicado en Chile– Diego Rougier. Esta historia de un director de cine principiante, que quiere filmar un western en el desierto y termina viviendo allí una historia de western, no se experimenta como necesaria sino como gratuita, forzada. Innecesaria.

Después de que un par de productores de su país se interesan en saber si el western que escribió incluye camellos o le sugieren que ponga “algunas mulatas bailando salsa”, Sergio (el español Fele Martínez, recordado sobre todo por el protagónico de Tesis) decide trasladarse a Atacama, atendiendo otro consejo: que su película difícilmente resultará creíble si él no experimenta primero aquello que quiere narrar. Tal vez Sergio no sepa que en el siglo XIX Emilio Salgari escribió sobre piratas malayos sin mover un pie de Italia, y que otro tanto sucedió con las aventuras exóticas de Josef Von Sternberg o las de Tintín. Como no lo sabe, presta atención al consejo, y no bien ponga el pie en Chile “los fantasmas saldrán a su encuentro”, como decía un intertítulo de Nosferatu, de Murnau. Fantasmas bien corpóreos, como que se trata del “hombre fuerte” de la zona (Víctor), sus laderos (entre ellos, Gonzalo Valenzuela), su –se supone– seductora esposa (Javiera Contador, más expresiva que el pedregullo que la rodea) y un ermitaño muy poco amigable, llamado Viejo Vizcacha.

Sal es algo así como el grado cero de la cinefilia: la ópera prima de quien vio las películas de Sergio Leone, Sam Peckinpah y otros y, convencido de su carácter atemporal, decidió trasponer literalmente sus tropos más básicos, sus clichés más consabidos (incluyendo el de “hacerse hombre” en la acción), sin otra vuelta de tuerca que el truco metalingüístico que la época parecería imponer, aprovechando así un marco imponente, el del interminable desierto salino del extremo norte de Chile. Allí mismo, el notable documentalista chileno Patricio Guzmán filmó, un par de años atrás, una obra maestra absoluta llamada Nostalgia de la luz, donde relaciona, con asombrosa continuidad, el desierto, el universo, la observación de las estrellas más distantes, la reciente historia chilena, los desaparecidos de ese país y la mágica cualidad lumínica de la zona, única en la Tierra. Para no desperdiciar enteramente este espacio se recomienda verla, por los medios que sean.

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