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Martes, 23 de julio de 2013

CINE › MARCIA PARADISO Y LUNAS CAUTIVAS. HISTORIAS DE POETAS PRESAS

Una mirada transformadora

Un taller de poesía en el penal de mujeres de Ezeiza es el eje de este documental que no sólo testimonia el valor integrador del proyecto sino que se pregunta hasta qué punto es posible alcanzar la libertad interior a partir de la escritura.

 Por Oscar Ranzani

Desde hace diez años, la Asociación Civil y Cultural Yo No Fui desarrolla proyectos artísticos en los penales de mujeres de Ezeiza, sin fines de lucro. La modalidad de trabajo es dentro de las unidades carcelarias y también con “el afuera”, ya que sus docentes brindan talleres artísticos y de oficios para las mujeres que tienen salidas transitorias y para las que están en la primera etapa de la libertad. Uno de esos talleres es el de poesía: a través de éste, las mujeres privadas de su libertad pueden volcar su capacidad creadora en el papel. La comunicadora y documentalista Marcia Paradiso conoció el proyecto “a partir de una muestra que hicieron en el Centro Cultural Rojas”, según comenta en la entrevista con Página/12. Como resultado de esa experiencia, Paradiso realizó el documental Lunas cautivas. Historias de poetas presas, que se estrenará pasado mañana.

El film no tiene entrevistas a cámara sino que muestra a las protagonistas del taller de poesía charlando y disfrutando de un momento de inspiración literaria. A través de las imágenes y de los comentarios de quienes lo brindan y de quienes asisten a las clases, puede entenderse la fuerza del arte dentro de un espacio de encierro, pero también la creatividad de quienes pasan sus días intramuros. Básicamente, Lunas cautivas... se centra en el trabajo de tres mujeres: Lidia, madre de Abril (nacida en prisión); Liliana, que cumple una larga condena, pero logra publicar su primer libro; y Majo, una mujer española, madre de cinco niños, que siente la distancia que los separa.

La primera parte del documental aborda el funcionamiento del taller desde su aspecto colectivo, mientras que la segunda está más centrada en las actividades de las tres protagonistas. Paradiso lo planteó de este modo porque “el taller es una actividad colectiva, pero yo sentía la necesidad de contarlo en primera persona, o que hubiera primeras personas y que éstas tuvieran que ver con ese colectivo, donde había muchas chicas extranjeras”, explica la directora. Debido a la cantidad de mujeres de otra nacionalidad, eligió a la ciudadana española como una de las protagonistas. También estaba el sector destinado a las madres, y por eso enfocó también en Lidia. “Y Lili cumplía su fajina como bibliotecaria dentro de la Unidad. Y eso me pareció fabuloso: ella estaba trabajando de bibliotecaria en una cárcel y tenía un contacto con la literatura y con la escritura, potenciado desde sus intereses y desde su trabajo”, agrega Paradiso.

–Si bien tiene algunos datos sobre ellas, usted no quiso que el documental se convirtiera en un film de historias de vida, ¿no?

–Claro. En parte me parecía importante descartar de entrada toda la cuestión que tuviera que ver con lo penal. Lo penal no está incluido porque fue una decisión. Ya habían sido juzgadas y por eso estaban ahí adentro. Lo importante era cómo eran y qué pensaban ellas, cómo veían el mundo y su historia a partir de ese momento.

–Tampoco utilizó el modelo “cabeza parlante” y puede observarse, en cambio, cómo se emocionan al leer sus poesías...

–La idea, en principio, era que no hubiera entrevistas, y que esos diálogos que se daban de esa manera tan fluida mostraran la cotidianidad de los talleres de todos los lunes. Y me parecía que si yo podía reflotar ese ambiente de charlas cotidianas y de reflexiones que iban a puntos muy lejanos de donde estábamos sentadas, podía contarlo de esa manera. Si lo hacía de otra, iba a haber un distanciamiento.

–Las poesías son muy autorreferenciales. ¿Ellas escriben poemas como algo terapéutico o más bien como una actividad artística?

–Yo creo que escriben como una actividad artística. Obviamente, el encierro y las circunstancias de vida están jugadas muy en la primera persona; es decir, el yo poético está puesto en la situación que está transcurriendo. Tiene una preeminencia que quizás otros poetas o ellas mismas en otras circunstancias escribirían de otra manera. Si bien tiene, en algún punto, una función de hacer catarsis, no es la finalidad principal del taller ni del documental. Ellas escriben de mundos reales e irreales y sus visiones de mundo trascienden la situación particular del encierro y de sus propias historias, al margen que, por supuesto, estén presentes. Había mucho trabajo sobre lo literario.

–¿Cree en el poder liberador del arte?

–Sí, absolutamente creo en eso. Inicialmente, antes de conocer el taller, yo me preguntaba, si es que era posible, ¿cómo era posible ser libre dentro de una cárcel? Por lo que había leído antes de las escrituras de ellas, entendía que sí. Pero ese proceso me resultaba muy rico y muy complejo, sobre el cual me interesaba indagar. Es decir, cómo se iba construyendo, porque, por ahí, uno lee una poesía y es una instantánea de un momento. Pero todo ese proceso es algo muy contradictorio, que viene de cuestiones de mucho intercambio grupal. La película tiene que ver con lo colectivo y, además, hay muchos lazos que se van tejiendo a partir del taller, pero a su vez era necesario que se contara de esta manera coral para que el espectador también pueda seguir sus historias y que no terminara siendo sobre un grupo sino sobre determinadas protagonistas dentro de un grupo.

–¿Considera que estas mujeres que están privadas de su libertad se encuentran con su capacidad creadora en este taller y, en consecuencia, con parte de lo mejor de sí mismas?

–Coincido absolutamente. Hay muchos momentos, muchos altibajos, muchas situaciones; es decir, no es todo una cuestión lineal ni simple, mecánica y perfecta. Hay muchas situaciones muy complejas, pero pienso que la escritura, en algún punto, les ayudó mucho a repensarse. Digo: a repensarse a ellas, a sus historias, al afuera, a lo que pensaban que era el afuera. Había una mirada que era introspectiva, transformadora y, a la vez, pensaban cómo eran pensadas por el afuera. Y eso también les pesaba. Y pienso que hacer el documental era una manera de transformar eso que ellas suponían que era la representación de ellas.

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Marcia Paradiso conoció el proyecto a partir de una muestra en el Centro Cultural Rojas.
Imagen: Daniela Gussoni
 
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