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Miércoles, 16 de julio de 2014

CINE › SERGIO WOLF HABLA DE SU NUEVA PELíCULA, EL COLOR QUE CAYó DEL CIELO

“Creo que la carencia funciona como detonador”

La leyenda alrededor de una bola de fuego bautizada Mesón de Fierro fue el disparador de un documental atípico: “No soy una persona vinculada con la astronomía, siempre me interesó más lo que las personas hacen con las cosas que las cosas en sí mismas”.

 Por Diego Brodersen

El primer largometraje en solitario de Sergio Wolf –crítico de cine, docente, documentalista y ex director del Bafici– tiene un título que remite a la ciencia ficción y el horror, un eje temático que puede hacer pensar en alguna serie documental de divulgación astronómica y un tono que oscila entre el relato mitológico, el film de suspenso y, por momentos, la comedia. Si El color que cayó del cielo –cuyo estreno está previsto para mañana en las salas del Arte Multiplex de Belgrano y en el céntrico BAMA Cine– es todo eso, es precisamente por la libertad con la cual enfrenta las dificultades a la hora de dar cuenta de una obsesión que puede tomar muchas formas: la investigación científica, la caza y venta de piedras llegadas del espacio, el misterio que envuelve a los relatos seminales de los aborígenes de Campo del Cielo, ubicado en la región limítrofe entre el Chaco y Santiago del Estero. Se dice que en esa zona, hace miles de años, cayó una enorme bola de fuego con forma de mesa rectangular, el Mesón de Fierro. Desde ese entonces, no han sido pocos los aventureros, científicos y curiosos que han recorrido la zona en busca de los vestigios de esa enorme piedra extraterrestre.

“No soy una persona vinculada ni con la astronomía ni con el cielo ni con las estrellas, y siempre me interesó más lo que las personas hacen con las cosas que las cosas en sí mismas”, afirma Wolf, casi como una declaración de principios. “Pero cuando me contaron la historia de Campo del Cielo me pareció que había allí una posible saga casi ficcional. Siempre me interesó del documental su potencial narrativo y también el tema de lo oculto, las historias que no se conocen o nunca se contaron. En ese sentido me reconozco muy cozarinskyano, me interesan las historias que están a la vera del mainstream de la información. En el caso de Campo del Cielo había información muy dispersa y fraccionada, y eso era un desafío desde el punto de vista de la realización.” Su film anterior, Yo no sé qué me han hecho tus ojos, codirigido junto a Lorena Muñoz, también tenía como material esencial para la construcción del relato documental algo elusivo: la cantante Ada Falcón, desaparecida de la esfera pública durante décadas. Al respecto, el realizador dice que “no era sencillo salir de la película de Ada, pero sentía que debía apuntar hacia otro lado”.

–¿Cómo arribó a la forma final del documental, que parece entrelazar varios territorios: el mito, la investigación científica, el comercio alrededor de los meteoritos?

–El mayor desafío era cómo contar la saga, una cuestión temporal pero también un desafío de representación, sumado al hecho de no tener un protagónico que, de alguna manera, “llevara” la película. En sus inicios el film tuvo una estructura capitular y esa fue una de las luchas de construcción más difíciles –en la escritura y también en el montaje–, porque precisamente quería evitarla. ¿Cómo narrar una saga temporal de tantos años, cómo construir las elipsis narrativas, cómo transformar esos meteoritos en algo que tuviera que ver con la Argentina? Son cuestiones de construcción y de representación que, en el caso de la primera parte del documental, pueden resumirse en la siguiente pregunta: ¿cómo representar el pasado? Porque por un lado están los mitos indígenas, por otro la leyenda del Mesón de Fierro, finalmente el relato de bitácora del expedicionario español Miguel Rubín de Celis. Cada segmento temporal de la película suponía un problema de representación diferente. A ello hay que sumarle el tema de la inexistencia de ciertas cosas: los relatos de los indios son intangibles, el Mesón de Fierro nunca apareció, el video del robo del meteorito chaqueño en los años ’90... bueno, mejor no adelantar demasiado sobre ese tema. Creo que la carencia, al menos en mi caso, funciona como un detonador para tratar de resolver problemas. Además, el documental tiene una zona dura –que es, de alguna manera, como una roca–, y el tiempo de maduración hace que se encuentren soluciones a los problemas. Me parece que la dimensión temporal tiene que quedar inscripta en el film, la dificultad misma de encontrar la forma de la película.

–Hay algo herzogiano en El color que cayó del cielo, no tanto como relación formal, sino temática, ligada en gran medida a las diferentes búsquedas de los personajes.

–Indudablemente. Aunque ojalá me saliera medio plano a lo Werner Herzog (risas). Todos los personajes parecen tener una suerte de chip loco, delirante. Eso también se relaciona con el estilo del documental: no filmo especialistas, historiadores o antropólogos. Es cierto que hay un geólogo en la película, el norteamericano William Cassidy, quien investigó meteoritos en nuestro país a fines de los años ’60, pero él habla desde su experiencia personal y no desde el lugar de científico, brindando información. Es decir, se trata de gente que está implicada en las diversas historias que narra el film. Si algo no queríamos era que la película se transformara en una especie de clase didáctica. Por otro lado está el meteorito. Si uno lo mira sin pensar demasiado es una roca, una piedra metálica colorada. Pero al mismo tiempo hay otra cosa, algo que uno de los camarógrafos de la película, Guido de Paula, me hizo notar (aclaro que De Paula hizo cámara durante la última sesión de rodaje; el camarógrafo principal fue Fernando Lockett). Parado frente al meteorito, Guido me dijo: “Es la primera vez que estoy frente a algo que no es de este mundo”. Es muy interesante, porque esa piedra va mutando de sentido, se convierte en distintas cosas a partir de la construcción de sentido que le dan las personas: para los indios era una piedra mágica, para De Celis el dato que hacía pensar en una posible mina de oro, para Cassidy una forma de inaugurar un frente de investigación frente a la NASA. Finalmente, para el traficante de meteoritos Robert Haag, una forma de comercio.

–Haag es, precisamente, uno de los personajes más recordables de la película, un tipo sin dudas carismático, capaz de generar atracción y rechazo en partes iguales. Alguien que se hizo famoso en nuestro país y en el mundo luego de su arresto, a comienzos de los años ’90, cuando intentó sacar del Chaco el segundo meteorito más grande del mundo. Generando, de paso, un importante cambio en las leyes de protección del patrimonio natural de la provincia del Chaco.

–Es una zona muy interesante y es algo que discutimos mucho con el montajista, Alejandro Penovi, una persona muy progresista que odiaba a Haag. En cambio, yo creo que el tipo quiso ser otra cosa y se convirtió en eso que es, un comerciante de meteoritos. Sin embargo, hay un momento en la película en el cual me muestra una piedra y me dice “a ésta no la vendo”. ¿Por qué no la vende, si es un simple traficante al cual lo único que le importa es la plata? Hay un potencial mítico en esa región, que continúa hasta territorio paraguayo, que va más allá de los meteoritos y que se relaciona, por ejemplo, con los famosos tesoros jesuitas del litoral. En algún punto los meteoritos condensan la pasión y la locura. ¿Existen esos tesoros, existe el Mesón de Fierro? Realmente no me interesa la verdad. Para mí lo importante es la verdad de la representación y no la representación de la verdad. Creo que eso es lo que hace interesante al cine documental.

–Hablando de locura, allí es donde aparece la figura de H. P. Lovecraft, de quien tomó el título de uno de sus textos más famosos para, a su vez, darle título a la película.

–Hay algo muy loco y es que no se puede hacer un plano del meteorito de cerca sin que alguna parte esté fuera de foco. Tiene que ver con la irregularidad de su superficie, por supuesto, pero me gusta creer que hay cierta resistencia por parte del material a ser filmado en un sentido tradicional. Debe ser mi costado místico o esotérico.

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“Todos los personajes que aparecen en la película parecen tener una suerte de chip loco, delirante”, detalla Wolf.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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