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Miércoles, 12 de noviembre de 2014

CINE › JOSé SACRISTáN PROTAGONIZA EL FILM EL MUERTO Y SER FELIZ

“A los 77, sería inconsciente si no pensara en la muerte”

En el drama con toques humorísticos dirigido por Javier Rebollo –que se estrenará aquí mañana–, el protagonista de Solos en la madrugada encarna a un asesino a sueldo que, tras descubrir que tiene cáncer, se lanza en un viaje sin rumbo fijo por suelo argentino.

 Por Oscar Ranzani

Hablar telefónicamente con José Sacristán permite borrar las barreras de la distancia. Es que él, uno de los mayores actores de la historia del cine español, tiene un humor que contagia. Y rápidamente se puede entrar en sintonía con su estado de ánimo a pesar de no tenerlo enfrente. Se sabe que Sacristán siempre se consideró un cómico. Lo fue en sus inicios, hasta que, gracias a la versatilidad que lo caracteriza, también se orientó hacia el drama y otros géneros. Pero ese humor es natural en su personalidad. Surge a borbotones, como la calidad de las interpretaciones que realiza. Aunque en cada respuesta también transita por la profundidad de su pensamiento y pasa de la chispa a la reflexión con la misma velocidad con la que en algunas de sus películas salta del humor al drama. Su última composición para el cine no es necesariamente una comedia, aunque tiene ciertos pasajes de humor en medio de un drama, como es la proximidad de la muerte. El muerto y ser feliz, del español Javier Rebollo (Lo que sé de Lola, La mujer sin piano), se estrenará mañana en la cartelera porteña. “Es un papel que fue escrito especialmente para mí. Se notaba muchísimo”, comenta el actor, mientras reconoce que el rol que tiene en el tercer largometraje de ficción de Rebollo “fue un regalo maravilloso de Javier”. Y también destaca que, incluso, tuvo la libertad de poder aportar sus propias ideas y sus maneras de entender el personaje.

¿Quién es el personaje? Se llama Santos y es un asesino a sueldo que está internado en un hospital de Buenos Aires, donde lo tratan por los tres tumores que le aparecieron. Pero Santos es un hombre de pocas pulgas y decide escaparse del hospital. Gracias a la ayuda de una enfermera, consigue morfina para aplacar los dolores durante su libertad. Cuando sale, le ofrecen un nuevo “trabajo” y le dan una abultada suma de dinero, pero no cumple con el acuerdo y se embarca en un viaje sin rumbo en una Ford rural como las que solían verse en los ’70. Cuando para a cargar nafta, ve a una pareja discutiendo. Después de un entredicho con los dos, Santos le ofrece a la mujer (Roxana Blanco) subir a su coche. Desde entonces, Erika es la compañía perfecta de este hombre que viaja hacia el norte de la Argentina, tal vez buscando la felicidad o la muerte: eso no se sabe.

Sacristán es un histórico visitante de la Argentina. Por eso, para él realizar esta película –por la que ganó la Concha de Plata al Mejor Actor en el Festival de San Sebastián 2012 y el Goy– implicaba un plus por la posibilidad de volver al país que tanto ama y donde también es tan querido. El actor sostiene que encuentra elementos en común con su personaje. “Le añadí cosas que tenían que ver con una película que escribí y dirigí, titulada Cara de acelga.” En ese film, Sacristán también interpretaba al protagonista, Antonio, un hombre errante que vagaba por una ruta con poco equipaje y que, sin importarle su destino, aguardaba a que alguien lo condujera a alguna parte. De este modo, Antonio terminaba en una ciudad pequeña, poblada por personas con las que se identificaba en sus sueños y derrotas. “Este personaje, Santos, no sabe bien dónde va, pero sí sabe bien de dónde viene. Hay una memoria de una cierta nostalgia y, por ahí, yo me siento identificado. Al margen que la actividad de este señor...”

–No tiene nada ver con la suya...

–(Risas.) No, desde luego. Pero también cabe la posibilidad de que todo eso pasó o no pasó, si este hombre se movió o no de la habitación del hospital.

–La historia gira en torno de la proximidad de la muerte del personaje. ¿Cuál es su visión sobre la muerte? ¿Suele pensar en ella?

–Hombre, tengo 77 años, sería bastante inconsciente no pensar en la muerte. No lo hago de una manera obsesiva, pero sé que ha de llegar. Y confío en que llegue la mujer jodiendo lo menos posible.

–En relación con el título, ¿usted cree que se puede ser feliz con la idea permanente de la muerte?

–No, pero lo del título fue una idea de Javier, tan singular, particular y genial. En principio, la película se llamaba El muerto. Y yo dije: “No hago una película que se llame El muerto”. Entonces, se le ocurrió añadir eso y ya está. Pero, bueno, ¿por qué no pensar que la idea de la muerte puede aportar o conllevar una forma de felicidad? Ya que hay que morirse, mejor es morirse feliz.

–¿Comparte, entonces, la visión que tiene su personaje de vivir cada instante como si fuera el último?

–No, no tengo ese arrojo. En ese sentido, soy un poco más conservador. Procuro transitar por la vida disfrutando de mi trabajo, de mi matrimonio, de mis amigos y de un montón de cosas dentro de una flexibilidad.

–¿Cómo fue la construcción de un personaje más bien lacónico y, en consecuencia, alejado de la verborragia que suele caracterizarlo?

–Bueno, uno es un actor y se hace cargo de los personajes que hablan mucho, como de los que hablan poco y como de los que no hablan. Precisamente, ahora estoy rodando una película en la provincia de Alicante que hablo menos todavía que en El muerto y ser feliz. Y estoy en toda la película. Se llama Camino a casa.

–¿Cómo vivió el viaje de Buenos Aires a La Quiaca para filmar El muerto y ser feliz? ¿Fue como vivir una aventura de las que se suelen ver en las películas?

–Sí, fue formidable. El cuidado de producción fue ejemplar. El rodaje podría haber sido duro, pero fue una aventura. Y también fue una aventura conocer este país inmenso y cojonudo que tenéis.

–Por El muerto y ser feliz usted ganó el premio al Mejor Actor en San Sebastián y el Goya. En el festival donostiarra ya había ganado en 1978 por Un hombre llamado Flor de Otoño, pero el Goya fue la primera vez e, incluso, antes nunca había sido nominado. ¿No cree que el premio de la Academia de Cine de España fue tardío?

–No, cuando los premios vienen, bienvenidos sean. Si no vienen, el actor tiene que seguir trabajando. Pobre de aquel que viva pendiente de los premios. Es suicida.

–¿Por qué?

–Porque en este oficio siempre van a ser más las veces que no te van a premiar que las que sí. Y luego porque sé que me dedico a algo que no es competitivo. Se puede saber quién mete más goles, quién llega primero a la meta, quién salta más alto. Pero, ¿quién es el mejor en esto? Es que hay unos señores que se reúnen de vez en cuando y deciden que soy yo. Pues, cojonudo. Y si no, a seguir pa’delante.

–Asignatura pendiente fue uno de los grandes éxitos de la etapa de la transición española. ¿Cree que desde aquella época el cine español se ha ocupado lo suficiente de revisar la historia trágica de su país?

–Hombre, nunca es suficiente. Aparte, que no se trata de hacer películas, sino de hacerlas bien. Todo el proceso de la Guerra Civil y de la posguerra es material casi inagotable. Aunque se han hecho muchas películas, pueden quedar muchas más por hacer, siempre que se hagan bien.

–De la misma época que Asignatura pendiente es Solos en la madrugada, una de sus películas que más recuerdan y admiran los argentinos. ¿A qué lo atribuye?

–Creo que se hizo una lectura en clave política del final de Solos en la madrugada, dado el momento tan doloroso, sangriento y jodido que atravesaban los argentinos en aquel entonces. De las mejores cosas que me han pasado en mi carrera es haber conseguido un lugar en el mundo entre vosotros.

–Dijo “un lugar en el mundo”, justo el título de la película argentina que tal vez usted más disfrutó de participar. ¿Es así?

–Por supuesto, es una de las películas más hermosas que se han hecho en toda la historia del cine universal.

–¿Qué es lo que más ama de la Argentina que cada tanto filma en el país?

–La radicheta (risas). No hay nada como la radicheta. La echo de menos, pero me la pongo en las venas cuando estoy allí. No, son muchas cosas las que amo de la Argentina. Sobre todo, los amigos y la gente maravillosa que hay aquí. Al menos, yo he tenido la suerte de conocerla.

–¿Es cierto que la Argentina le hace acordar a la España de su infancia?

–En ocasiones sí, pero eso me pasa con la Argentina y con muchos otros lugares, porque hay circunstancias que son muy parecidas.

–Usted, que es hijo de campesinos, que nació en plena Guerra Civil y que su padre fue encarcelado, ¿tuvo, sin embargo, una infancia feliz?

–Bueno, la idea de la felicidad por entonces era bastante resignada, porque todo lo que tenía alrededor no invitaba en absoluto a la felicidad. Había que acomodarse a una idea de la felicidad que era lo que tenías, por un problema de supervivencia. Y en eso me ayudó mucho el cine, ver las películas cuando tenía dinero para ir. Y no siempre lo tenía.

–¿Y el trabajar siete años como mecánico fue el motivo que le hizo sentir que la tornería no era lo suyo, sino la actuación?

–No, ya sabía antes de entrar a trabajar como mecánico que quería ser actor. Lo que ocurrió fue que tenía que ayudar a la economía familiar y mi padre me metió de aprendiz en un taller. Pero yo hacía el trabajo en el taller y también el teatro aficionado.

–¿Cómo tomó su padre su decisión de ser actor, una profesión de la cual por entonces era difícil vivir?

–No, pobrecito... Mi padre y mi madre eran gente del campo. Ni se lo tomaron ni se lo dejaron de tomar. Hay que decir que era una marcianada para ellos (risas).

–¿Cómo llegó la oportunidad de lo que más deseaba?

–Aunque parezca una locura, la oportunidad llegó cuando me tocó hacer el servicio militar en Africa, porque supuso dieciocho meses de rompimiento con el ámbito familiar. Le dije a mi padre que a la vuelta de la milicia ya no volvería al taller, que ya me las apañaría. Fueron dieciocho meses que utilicé para preparar lo que pensaba que serían las cosas que necesitaba para ser actor. Y las cosas se fueron dando.

–¿Qué sintió cuando se vio al lado de Alberto Closas en La familia y uno más, la película con la que debutó en el cine?

–Pues no he vuelto a sentir una cosa igual en toda mi carrera. Era la primera vez que me levantaba para ir a rodar una película, tenía una cámara delante y, además, tenía a Closas al lado. Luego tuve la suerte de disfrutar su amistad y sus consejos.

–¿Y qué significó Fernando Fernán Gómez en su formación como actor?

–Fue definitivo, como compañero y como amigo. Es el ejemplo que siempre he procurado seguir. Digo en broma que ando en segundo de Fernán Gómez todavía (risas).

–¿Y para cuándo se recibe?

–No, no, recibirse de Fernán Gómez es imposible. No se puede alcanzar ese nivel de talento.

–A esta altura de su trayectoria, ¿sigue pensando en modelos o referencias antes de cada composición o ya no?

–No, modelos no. A esta altura, el modelo soy yo. Aunque es un poco pedante, tengo datos suficientes como para enfrentarme a los trabajos con el material del que dispongo.

–¿Sigue sintiendo riesgo al subir a un escenario o al posar frente a una cámara?

–No, riesgo no a ese punto. Lo que tiene este oficio es que en cada trabajo empiezas otra vez. Pobre de aquel que piense que lo sabe todo y que ya lo ha andado todo.

–La inseguridad no es buena compañera de la actuación, ¿no?

–No. El oficio al que me dedico tiene un poco de salto al vacío. El encuentro con el personaje tiene algo como de cita amorosa: ¿Qué va a pasar? ¿La vas a conseguir? ¿No la vas a conseguir? No diría inseguridad... Es el punto de perplejidad respecto de qué va a pasar. Vaya usted a saber.

–Usted señaló una vez que “el enfrentarse a la cámara resulta muchas veces más sincero que el trabajo sobre las tablas”. ¿Por qué cree eso?

–No creo que sea más sincero, sino que la cámara permite la posibilidad de que te veas. En el teatro no te ves, te ven los demás, mientras que a la cámara no se la puede engañar. Pero no porque uno se relacione con más sinceridad en un medio que en otro. Eso no.

–¿Quién lo ha querido más y usted a quién más quiere: cine o teatro?

–Ni cine ni teatro ni televisión. Yo quiero más un buen personaje, una buena historia y unos buenos compañeros. Y el medio para mí es secundario.

–¿Y se sintió reconocido en ambos?

–Sí, sí.

–Usted señaló en un documental que rescata su historia: “Quiero seguir jugando a ser el que no soy”. ¿Eso es ser actor?

–Sí. Fundamentalmente y por encima de todo, esto es un juego: el juego de niños de querer ser el pirata, un gangster o no sé qué. Si por añadidura, los textos sobre los que trabajas tienen que ver con la cultura, el arte y con la historia, mejor que mejor. Pero por encima de todo, el juego.

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“¿Por qué no pensar que la idea de la muerte puede aportar o conllevar una forma de felicidad?”, plantea José Sacristán.
 
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