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Jueves, 23 de julio de 2015

CINE › NYMPHOMANIAC VOL I Y II, DE LARS VON TRIER, CON CHARLOTTE GAINSBOURG

Una odisea psicosexual de cinco horas

Si la primera parte del film más reciente del controvertido director danés recuerda los hallazgos de lo mejor de su obra, que fue en sus comienzos, la segunda en cambio se inclina por el morbo, la sordidez y su habitual regodeo moralista y punitivo.

 Por Diego Brodersen

“La última locura de Lars von Trier”, podría haberla retitulado algún distribuidor pasado de listo. ¿O acaso Nymphomaniac, el último largometraje del realizador danés nacido para recibir el mote de provocateur, una odisea psicosexual de cinco horas y media de duración –en su corte más extenso y gráfico, que es el que se exhibirá en estos días en Buenos Aires–, no es precisamente eso? Como en un viejo relato erótico decimonónico, la de Joe (Charlotte Gainsbourg en su versión madura, la debutante Stacy Martin en sus años mozos, ambas notables) es la historia de una mujer consciente de su sexualidad desde muy temprana edad, aunque en sus propias palabras la descripción resulta algo más cruda y directa: “Descubrí mi concha a los dos años”. Y es precisamente en lo explícito donde el director de Contra viento y marea y Los idiotas vuelve a encontrar parte de la razón de ser de su opus eroticus, llevando a nuevas costas la idea de mezclar a los actores profesionales con los más anónimos dobles de cuerpo, recurso común y silvestre en el cine de los ’70 –años dorados del erotismo soft y hard–, aplicado aquí al territorio intelectual del autorismo a la europea.

Claro está que con nuevas tecnologías: ya no se trata del puro corte de montaje, sino de fundir digitalmente rostros de unos con genitales de otros, abriendo las puertas para un mercado que, con seguridad, casi ninguna estrella querrá pisar por miedo al estigma. Aunque sólo lo parezca pero no lo sea. Caso concreto: la escena del trío entre Joe y dos inmigrantes africanos, donde sólo un espectador enterado sabrá discernir que lo que está viendo no son realmente tres cuerpos, sino cuatro. Dicha escena, además, ilustra a la perfección el mejor perfil de Nymphomaniac, su arista lúdica e incluso humorística, donde la falta de un lenguaje en común deriva el cachondeo hacia un paso de comedia con algo del viejo toque Lubitsch. El otro lado del film, el grave y parsimonioso, el sórdido y moralista en el peor de los sentidos, compite cabeza a cabeza por ver quién se lleva la primera posición. De nuevo, para bien y para mal: Lars von Trier.

La primera secuencia, cuando Seligman (Stellan Skarsgård) encuentra a Joe tirada en un callejón, golpeada y casi inconsciente, abre los cortinados con floridos, casi amanerados movimientos de cámara, mientras la banda de sonido hace las veces de contrapunto con el “Führe mich” de la banda alemana de metal industrial Rammstein. Más tarde le llegará el turno a Bach, eclecticismo musical que tiene su correlato en otros niveles narrativos, en los cambios de tono y frecuencia de la historia. O historias, ya que a partir del encuentro entre Joe y Seligman seguirá una extensa serie de relatos orales de las desventuras de la primera, como si se tratara de una nueva versión de Las mil y una noches. O como en una extendida sesión de terapia, con diván y retorno a los traumas de la infancia incluidos. La división en capítulos segmenta y ordena la cronología: las primeras escaramuzas masturbatorias durante la infancia y pubertad, el apresurado y poco romántico debut coital junto a un muchacho algo creído de sí mismo (Shia LaBeouf), el frenesí del descubrimiento de su “poder como mujer” (Joe dixit), el activismo, la insatisfacción, la búsqueda de nuevos límites, la mutilación, el calvario, el arrepentimiento. El derrotero es, necesariamente, del placer al dolor, como lógico arco dramático (lógico según los términos del director) o, quizá, como legado consciente o inconsciente, posiblemente paródico pero no tanto, del rígido esquema protestante nórdico.

Lo cierto es que el Volumen I de Nymphomaniac, que culmina en un situación de máximo suspenso emocional, resulta de lo mejor que ha filmado von Trier en mucho tiempo. A tal punto que, por momentos, recuerda a esa Europa de los años ’90, llena de caprichos y tropezones pero también de una buena cantidad de hallazgos. Por caso, la larga escena que registra los últimos días de vida del padre de la protagonista (Christian Slater) resulta por momentos irritante, genuinamente dolorosa en otros. Uma Thurman hace propio un pequeño, pero inolvidable papel como la esposa de uno de los miles de amantes de Joe y un viejo amigo del realizador, Udo Kier, lleva a cabo un numerito como un mozo azorado por la capacidad de Joe de esconder cucharas en su cuerpo. Por su parte, Willem Dafoe (a von Trier no le faltan figuras) surge como oscura figura de poder en el último tramo antes del desenlace.

A su manera, con referencia a la magdalena y el té proustiano incluida, el film es un desfile de momentos, de recuerdos que bien pueden ser producto de la imaginación o definidamente reales. Y las filiaciones que von Trier dispara, juguetonamente, entre el sexo y la pesca con mosca o la polifonía musical –entre muchas otras–, parecen por momentos diálogos fragmentarios escuchados en una sobremesa de trasnoche. Es una pena que las últimas dos horas de Nymphomaniac se inclinen por el morbo, la sordidez y la pretenciosidad, por una lectura bochinchera y con un tajante filo exploitation de cuestiones filosóficas de toda índole, discusión sobre el aborto incluida. Von Trier termina mostrando la hilacha y se deja llevar por sus viejas mañas punitivas y culpógenas, pisando el acelerador barranca abajo hasta el choque final contra la pared.

6-NYMPHOMANIAC VOL. I y II

Dinamarca/Alemania/Bélgica/ Reino Unido/Francia, 2013

Dirección y guión: Lars von Trier.

Fotografía: Manuel Alberto Claro.

Duración: 145 minutos (Vol. I) / 180 (Vol. II)

Intérpretes: Charlotte Gainsbourg, Stellan Skarsgård, Stacy Martin, Shia LaBeouf, Christian Slater, Uma Thurman.

Estreno exclusivo en Bama Cine Arte (Av. Pte. Roque Sáenz Peña 1150).

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Charlotte Gainsbourg en la que quizá sea la escena más lúdica y lograda de Nymphomaniac.
 
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