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Jueves, 10 de septiembre de 2015

CINE › RICKI AND THE FLASH, DIRIGIDA POR JONATHAN DEMME Y ESCRITA POR DIABLO CODY

La salvación a través del rock and roll

Aunque cuesta olvidar que se está ante una de las actrices más conocidas de Hollywood, Meryl Streep consigue imprimirle credibilidad a su pintura de una cajera que por las noches sube al escenario y que, a través de la música, consigue ordenar sus desajustes familiares.

 Por Horacio Bernades

¿Meryl Streep como rocker? Ese es el gancho de Ricki and the Flash. La razón por la cual seguramente la película llegó a realizarse y que permitió el regreso al primer plano de Jonathan Demme, el realizador de El silencio de los inocentes y Filadelfia, quien para los cánones de Hollywood es algo peor que un rocker sesentón: un director de cine setentón. ¿Qué tal está Meryl Streep como rocker? Bien, como siempre. Aunque tal vez no tanto, porque nunca deja de sentirse que es Meryl Streep haciendo de rocker. ¿Y Jonathan Demme? Ni tan bien ni tan mal. Tratando de remar un guión convencional, lográndolo en ocasiones y haciendo la plancha en otras.

Desde los comienzos de su carrera, Demme alterna entre rockumentales (Stop Making Sense, Neil Young: Heart of Gold, Storefront Hitchcock), películas más personales (Totalmente salvaje) y otras menos (Beloved, la propia Filadelfia, su remake de Charada). De modo semejante pero a escala, la guionista de Ricki and the Flash, Diablo Cody, pasó de la indie La doble vida de Juno a un pequeño engendro llamado Diabólica tentación, que flotaba a media agua entre lo camp, la exploitation y la rutina. Ricki and the Flash expresa esas tensiones constitutivas de Demme & Cody mediante la oposición entre la cultura rock y el establishment. Lo que en Escuela de rock llamarían The Man, pero sin un gramo de la autoconciencia paródica de aquélla.

Con mechón lacio de un lado y trenzas del otro, Linda Brummel luce como –y tiene la personalidad de– una teen de la tercera edad. La piel sin cirugías de Meryl Streep y el maquillaje darkie alrededor de los ojos llevan esa condición al extremo. Como el chico que se va de casa de sus padres, un cuarto de siglo atrás Linda abandonó a esposo e hijos y se mudó a Los Angeles. Desde ese momento lleva una doble vida. Cajera de súper orgánico de día, rocker de noche, Linda –física y musicalmente emparentable con Bonnie Raitt– hace covers de Tom Petty, The Electric Light Orchestra y U2 en boliche estilo The Hard Rock Café, con el nombre artístico de Ricki Rendazzo (así, con “e”) y al frente de su grupo The Flash. Que no serán la octava maravilla universal pero, liderados musicalmente por un Rick Springfield ducho en cortes y punteos, no suenan nada mal.

A partir del momento en que Ricki recibe un llamado de su ex (Kevin Kline), todo se organiza al estilo línea de puntos. El ex le pide que acuda en ayuda de su hija Julie (Mamie Gummer, hija de Streep en la vida real), hundida en la depresión tras ser abandonada por el marido. El resentimiento inicial de Julie, que no perdona a mamá no haber ido a su boda, da paso rápido a la identificación madre/hija, sector “rebelde” de una familia de lo más formal. De acuerdo al canon conservador del mainstream, en Ricki and the Flash los extremos se licúan en la conciliación, las segundas oportunidades no podrían ser más literales: mamá no sólo será invitada a la boda del hijo, sino que convertirá a todos los invitados a la religión del rock and roll. Invitados que, ante el mero anuncio de un tema de Bruce Springsteen, abren los ojos como si Madonna, Britney Spears, Miley Cyrus y Lindsay Lohan estuvieran por iniciar una orgía de a cuatro.

¿Por qué Escuela de rock, basada en una premisa parecida, era una maravilla, y ésta está apenas por sobre la línea de flotación de lo convencional? Por obra del realizador y los actores, la película de Richard Linklater contagiaba al espectador el virus del rock como salvación universal y locura compartida. Tras permitirse sugerir que la protagonista se quedó en el tiempo (tiempo personal, tiempo musical), Ricki and the Flash termina haciendo de ella la sacerdotisa de una conversión final supercoreografiada, pero de modo deliberadamente desprolijo. Como un musical de los de antes, pero desprolijamente indie: así materializa Ricki and the Flash su propia conciliación entre extremos.

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Demme y los actores consiguen mantener a Ricki and The Flash por encima de la línea de la flotación.
 
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