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Martes, 30 de noviembre de 2010

PLASTICA › OPINIóN

Desconcierto en el Centro Recoleta

 Por Alina Tortosa *

¿Cuáles son las reglas que rigen las decisiones curatoriales del Centro Cultural Recoleta? ¿Quiénes las toman? ¿Cuáles son los valores que rigen a la hora de elegir obra, otorgar salas o diseñar un organigrama? ¿Cuál es su compromiso con el arte, con los artistas y con los curadores?

Estas y otras preguntas surgen continuamente a raíz de una gestión desconcertante, en la que las salas de exhibición de este organismo de la Ciudad de Buenos Aires se ven opacadas por decisiones arbitrarias y por elecciones poco felices.

A fines del año pasado, la jefa de programación me otorgó los espacios para una muestra sobre el paisaje a llevarse a cabo entre el 21 de octubre y el 21 de noviembre de 2010, en mérito a la lista de artistas que presenté y a mi trayectoria como curadora. “Paisaje y memoria”, como llamé la muestra, citando el título del libro de Simon Schama sobre la historia del paisaje de Occidente, se inauguró el martes 26 de octubre. El jueves 21, viernes 22 y lunes 25 los dedicamos a montar la muestra. La preparación de la exposición llevó un año: entrevistas con los artistas, intercambio de ideas, sucesivas visitas al Centro pensando la obra en función de los espacios y los espacios en función de la obra. Los artistas invitados que participaron fueron José Luis Anzizar, Irene Banchero, Juan José Cambre, Laura Códega, Joaquín Fargas, Miguel Harte, Emma Herbin, Daniel Joglar, Bárbara Kaplán, Ana Livingston, Emma Livingston, Edgardo Madanes, Julia Masvernat, Esteban Pastorino, Liliana Porter, Silvia Rivas, Laura Sanjurjo, Paula Senderowicz, Alejandra Seeber, Eduardo Stupía, Carlos Trilnick, Román Vitali y Alvaro Zamora.

El 17 de noviembre fue la fecha asignada para una mesa redonda coordinada por Juan José Cambre, Eduardo Stupía y por mí. El 15 de noviembre, cuando me preparaba para venir a Buenos Aires para la mesa redonda –vivo en Uruguay–, recibo un correo electrónico de la asistente de producción diciendo que habían levantado la muestra porque en mayo pasado habían otorgado los mismos espacios, el 14 de noviembre, a otros dos artistas y ella no lo sabía. La jefa de producción, quien había hecho el cambio, se olvidó de comunicármelo. Ambas pidieron disculpas explicando que “son tantas las muestras y tantos los movimientos...”. Ni ellas, ni el director, quien aún no se comunicó con nosotros, tuvieron en cuenta nuestro trabajo a la hora de acortar la muestra una semana. Esta falta de respeto y consideración es recurrente. Como dicen los empleados del CCR, fue un error. Y un error se perdona, ¿no? Si la misión del director y del ministro de Cultura y demás funcionarios fuese la excelencia, por vocación o porque su medio laboral lo exige, no habría que disculparlos. Ellos mismos se ocuparían de que no sucedan estos hechos infortunados. Suceden porque se lo permiten, tratando de quedar bien entre ellos o con sus superiores políticos, olvidándose de que nos deben eficiencia justamente porque es una institución pública, de una ciudadanía que también merece respeto.

Curadora de la exposición.

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Imagen: Emma Herbin
 
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