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Miércoles, 13 de agosto de 2008

DISCOS › BANDA LARGA CORDEL, EL NUEVO DISCO DEL BRASILEñO

Gil, después del ministerio

Ya alejado de la función pública, y a once años de su anterior Quanta, el músico presenta una colección de canciones que reactualizan su propia historia.

 Por Diego Fischerman

“Orientate, pibe, por la constelación de la Cruz del Sur”, cantaba a comienzos de los setenta. “Determiná, pibe, dónde vas a hacer el curso de posgraduación”, decía Gilberto Gil, aprovechando que la palabra “oriente” servía tanto para el imperativo de “orientar” como para hablar de la manía de irse al Oriente de quienes nada tenían que hacer en un Brasil sin demasiadas posibilidades laborales para los profesionales jóvenes. Un Brasil, claro, que lo había prohibido, junto a Caetano Veloso, y lo había llevado, también con él, a Londres. Allí compartió escenario con Yes, Pink Floyd y la Incredible String Band. El azar, en todo caso, completaba un círculo perfecto. Gilberto Gil, que había encontrado un nuevo camino para la música brasileña a partir del eclecticismo –o de un nuevo eclecticismo, más actualizado que el de la bossa nova–, navegaba con comodidad en la variedad omnívora del rock, en la época en que el rock se imaginaba a sí mismo capaz de incluir todas las músicas.

De las tempranas influencias de Luiz Gonzaga, cuando de niño tocaba el acordeón, a la admiración por Joâo Gilberto y su primer grupo, llamado Os Desafinados, a los proyectos conjuntos con Caetano, a quien conoció en 1963 en la Universidad Federal de Bahía, y al fundante Tropicàlia: ou panis et circensis, de 1968, donde el samba y el forró se cruzaban con la banda del Sargento Pepper, la curiosidad que la época festejaba y, también, la que corría por su propia cuenta, llevaron a una estética que produjo ni más ni menos que algunas de las mejores canciones de tradición popular de los últimos cuarenta y cinco años. La actividad política –desde 2003 hasta la semana pasada, Gil fue ministro de Cultura de Lula da Silva– y el brillo de su “aparceiro” Caetano lo eclipsaron un poco. Cuando se piensa en los guitarristas, cantantes o compositores del Brasil, su nombre no suele ser el primero que aparece. Sin embargo, temas como “Aquele abraço” o “Louvaçao” –con el que Elis Regina lo colocó en el centro de la escena–, el acompañamiento de guitarra en “Expresso 222” o su manera de cantar “Oriente” hablan por sí solos. Fascinado con el reggae –llegó a trabajar con Jimmy Clif y tradujo al portugués el “Woman don’t cry” de Bob Marley–, su afán por la variedad no se detuvo en los ’70.

Ahora, hacía once años (desde Quanta) que no publicaba un disco con temas nuevos. Y Banda Larga Cordel viene a subsanar el vacío de la mejor manera posible. Publicado por Warner, aunque bastante antes estuvo disponible de manera gratuita en Internet por propia decisión de Gilberto Gil, aquí se recorre, y se reactualiza, cada una de las fuentes del músico. En “Nâo Grude Nâo” aparece el reggae, en “Formosa” el samba, la guitarra del comienzo de “Canô” remite a aquel “Expreso 2222”, la “Samba de Los Angeles” al pop, la bellísma “A faca e o quejo” al blues y “La renaissance africaine”, al soul pasado por el tropicalismo. El disco es sumamente homogéneo, pero es imposible no destacar la extraordinaria “Olho magico” y “Nâo tenho medo da morte”, con su impactante primera frase: “No tengo miedo de la muerte, pero sí miedo de morir”.

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