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Viernes, 23 de octubre de 2015

ESCENAS

Redes, no paredes

LimboScroll plantea el mundo de sensaciones y las nuevas configuraciones políticas detrás de la creciente adicción al mundo virtual.

 Por Alejandra Varela

La rutina puede convertirse en coreografía. Un impulso robótico hace de la naturalidad una forma rítmica donde los movimientos se notan tanto que están en primer plano, lo ocupan todo, parece que nada va a suceder más allá de esa repetición en la que el cuerpo de la protagonista siente haber caído como en un encantamiento.

Se podrá sospechar que se trata de un experimento, que allí, en escena, va a contarse algo del orden de lo científico pero no. Ella, Lisa Casullo, es una usuaria de las redes sociales. Aquí no hay personajes. Como si se tratara de otra derivación del Biodrama, ese ciclo en el que Lisa participó como hija que enhebraba la biografía de sus padres durante la dictadura en Mi vida después de Lola Arias, ella es la performer de una cotidianidad enviciada de wi fi.

Su mundo es una instalación donde lo visual deberá describir esa masacre interna. La palabra dicha ya fue escrita por Facebook y es allí donde Casullo encuentra en ese lenguaje reproducido por una computadora que se ha hecho carne, que ha logrado asumir una apariencia humana, la concreción del vacío. Lleva ese texto a un lugar abstracto, donde su sola enunciación parece absurda.

Si Marx sostenía que el sujeto se cosificaba, si concebía a ese tiempo de trabajo como la sangre que le daba carácter humano a la mercancía, Lisa parece experimentar en su adicción a las redes sociales algo similar a su propia objetivación, aunque no tenga la pretensión de llevar esta sospecha al plano de las ideas. En esa escena casi despoblada de luz, donde el espectador consigue la aproximación y el detalle gracias unas camaritas que proyectan en una enorme pantalla la inacción de ese mundo que inverna como un caracol, no hay exactamente pensamiento sino la afinidad sensible a un drama. La percepción de dejar de ser, de tener una doble que existe en el mundo virtual y de empezar a fantasear con la revelación de que la computadora tal vez sea la única amiga, el único vínculo real.

LimboScroll podría funcionar como el negativo de Spam, la obra de Rafael Spregelburd que también lo tiene como un maestro de ceremonias virtuoso, autor aventurero y víctima de las propuestas extravagantes de un correo no deseado. Pero la dramaturgia de Spam es intensamente humanista, un espectáculo donde la inteligencia termina ordenando el descalabro virtual gracias a la astucia de una narración. Casullo se muestra triturada por esa lógica compulsiva. Llevada a una zona inmaterial donde el afuera se limita al contacto con un caracol, un ser que apenas asoma su cabeza por fuera del caparazón y que se define en la lentitud. En la apología de la velocidad del ciber espacio no hay acción física. Como en Spam el espectador asiste al destripamiento de una cabeza, a una puesta en escena de la asociación que internet ejercita hasta lo irreparable.

Casullo va hacia la performance como un soporte casi inevitable cuando el lenguaje llega a esa zona marchita del no decir, cuando contar una historia se torna impracticable frente a la carencia de una sucesión de hechos. Entonces los actores son mostrados como cosas, datos de una instalación donde la pantalla define el espacio y provoca en el público cierta irritación o desconcierto de enfrentarse a una secuencia que nunca termina, que es eterna y tan azarosa como el interés bestial por la vida de los caracoles y esa manera de encerrarlos en una pecera custodiados por camaritas como si la única relación con la vida pudiera darse a partir de una mediación.

LimboScroll es un dispositivo que se cruza con la imposibilidad teatral de darle una caracterización dramática a esa espectadora. No como figura de una trama, sino como una entidad social, como un desgarramiento individual que ya no es sólo observadora del acontecer político sino que hace de su propia vida una secuencia que se filtra en otras temporalidades para ser contemplada en una dinámica donde la reiteración parece producir una música, como si la palabra hubiera alcanzado un nivel de deconstrucción tal que sólo pudiera bailarse.

LimboScroll de Lisa Casullo y Tálata Rodríguez se presenta los viernes a las 21.30, en el Centro Cultural Ricardo Rojas, Av. Corrientes 2038, CABA.

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