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Viernes, 18 de diciembre de 2015

ENTREVISTA

Cómo vivir juntos

La crianza como motivo recurrente va cobrando fuerza y pervirtiéndose más y más en la literatura de Ariana Harwicz. En su última novela, Precoz, una madre y su hijo adolescente viven en la marginalidad, en un clima enrarecido, dominado por el deseo insatisfecho.

 Por Malena Rey

Primero fue la sorpresa de Matate, amor, una novela perturbadora sobre una madre que rechaza a su bebé recién nacido, como asfixiada por su nuevo rol y por tener que cuidar a otro. Después, la intensidad de La débil mental, un libro breve construido a partir de flashbacks sobre el vínculo de amor-odio de una madre y una hija. Y ahora, en la reciente Precoz, Ariana Harwicz disecciona de nuevo los roles de una madre, esta vez junto a su hijo preadolescente; dos seres que habitan los márgenes alimentando un deseo insaciable de posesión y aislamiento.

La literatura de Harwicz es intensa, extenuante, y sin habérsela propuesto como tal, esta suerte de trilogía la confirma como una de las voces más audaces de la literatura contemporánea argentina escrita por mujeres. En su caso, escribe lejos del país: vive hace ocho años en un pueblo de los suburbios de París, a unas dos horas de la capital francesa. De visita en Buenos Aires para presentar en sociedad Precoz, Ariana llega a su cita con Las 12 una tarde de viernes y despliega sobre la mesa del bar una serie de apuntes manuscritos, como disponiendo una conversación previa consigo misma. “El libro está hace pocos días en librerías. Nunca pensé Precoz todavía, es todo muy fresco. Y si bien podría decirse que las tres novelas arman una trilogía, no fue pensado así ni mucho menos. Fueron escritas en cierto caos y es innegable que hay un aire de familia. Pero siento que la tríada se terminó ahí, y que hay una suerte de radicalización escalonada de una a otra”, dice prestándose a la charla, al intercambio. Esa radicalización de la que habla se hace patente en las experiencias que atraviesan sus personajes, pero sobre todo en el uso desencajado del lenguaje: bloques de texto sin pausas que se continúan y confunden, con el argumento avanzando a zancadas, envolvente y difícil de resumir en pocas líneas pero de una contundencia que recuerda a las tramas más siniestras de Samanta Schweblin, a las mujeres perturbadas de los cuentos de Vera Giaconi, y a la oscuridad de algunos relatos de Mariana Enríquez, todas escritoras de una misma generación que comparten una visión oscura y extrañada de la idea de familia. La marca de estilo de Harwicz es justamente el uso desenfrenado del lenguaje, y su capacidad de expresar el caos mental y sensible de las voces de sus madres: en sus tres novelas prima el uso de la primera persona femenina y de un estricto presente, que genera permanentemente vértigo y aceleración. Su prosa está como desbordada, corrida de eje, al igual que las protagonistas excluyentes de sus relatos; mujeres inestables que tienen una relación violenta con el mundo que las rodea, y que están como a la defensiva, construyendo falsos refugios para volver a desarmarlos.

¿Cómo llegaste a Precoz y qué sentís que comparte este libro con tus otras dos novelas?

Creo que se podría decir que se trata del mismo hijo que creció, o mejor de la misma mujer que envejeció en mis libros. Es la maquinaria del tiempo la que opera en los dos. No es la misma mujer ni el mismo hijo, pero en un punto sí. El deseo de ella se radicaliza porque va hacia la vejez, y el niño pasó de estar en la panza a ser un chico en una motocicleta. No sé si se me va a creer, y no me gustaría que se tome como oportunismo, pero encontré los apuntes previos de la novela y ahí ya empezaba a hablar de un “clima de guerra”. Yo vivo en el campo, en el segundo cordón de París, y lo que más me inspiró fue un clima enrarecido, de amenaza de guerra, siete u ocho meses antes de los atentados de noviembre. El punto de partida fue que en los suburbios donde vivo no se ven mujeres en la calle después de las tres de la tarde. No hay mujeres en los mercados, ni en las peluquerías. La mujer está guardada en la casa. El hecho de que haya menos mujeres en los lugares públicos rompe la idea de civilización, y esa ruptura nos hace menos civilizadxs. De ahí surgen tal vez esos personajes, cuando ya nada es normal.

¿Y a vos cómo te afectan los atentados terroristas de París? ¿Es una sensación ese estado de paranoia y guerra o se modifica explícitamente tu vida cotidiana?

Aparece en todos lados, está latente. No soy historiadora ni socióloga, pero sí veo que en Francia hay una negación patológica de cierta parte de la sociedad que no acepta la guerra. Entonces no hay guerra, todo el tiempo te dicen “no hay”. El eslogan “Je suis Charlie”, repetido hasta el hartazgo, siento que paraliza el pensamiento. Se repetía eso y entramos todxs en un estado de negación. Donde yo vivo, manifestaciones no hay, pero la sociedad está totalmente fracturada social y culturalmente. No hay integración en lo cotidiano. Supongo que en la periferia se siente menos el terror a que estalle una escuela o aparezca un kamikaze. En París sí había un ambiente extrañísimo. Esa es la atmósfera de la novela. Fui a tomar una cerveza dos días después de los atentados a un bar de París y todo el mundo se miraba, nadie quería sentarse cerca de la puerta, había poquísimas mujeres, la gente no paraba de hacer chistes de humor negro, el patrón del bar vino a observarnos veinte veces con sospecha. Nos dijo que no había dormido en toda la noche. Ese estado alterado de no dormir, como de ensueño malo, como de pesadilla, siento que está en la novela también. Es la textura de este libro, y no es igual a la de mis libros anteriores.

LA CRIANZA COMO PROBLEMA

En Precoz, una mujer adulta vive aislada con su hijo en un rancho precario. Juntos van a robar comida a un supermercado, rompen a piedrazos la casa de un amante de ella, o comenten actos arrojados, como comprar un scooter y que el muchachito lo maneje sin licencia, para terminar detenido en la comisaría. Ambos se relacionan con inmigrantes marginales, conviven con la precariedad y la suciedad de los desechos. En los bordes de una sociedad que aparenta ser burguesa y ordenada, ellos son los “nuevos pobres” europeos, que se confunden con los inmigrantes segregados que llegan en cada nueva oleada. Como madre, ella no cuida demasiado a su hijo, por lo menos en lo que se suele entender como “cuidado” o “protección” maternal. No lo alimenta bien (“Puede que le esté provocando un retraso”, dice en un pasaje de la novela), detesta mandarlo a la escuela, la institución que por definición establece ciertas rutinas en la vida de los niños, y como una obsesa merodea por los alrededores hasta la hora de pasarlo a buscar. También rechaza las intervenciones de una asistente social que alertada por la situación les hace una visita.

El hilo conductor de tus novelas parece ser el problema de la crianza. Qué implica criar a otro, hacerse cargo de un ser distinto a una, y qué se pone en juego en la vida de una mujer al asumir el rol de madre. ¿Estás de acuerdo?

Ayer leía una frase de Jacques-Alain Miller que decía que el niño nunca está solo con la madre. Está con la madre y también con la mujer que hay en la madre, y esto que a cualquier psicoanalista le puede sonar obvio, a mí me impactó mucho, me perturbó post-escritura. El niño nunca está solo en sus brazos sino que también comparte el tiempo con la mujer insaciable que hay en su madre, y su deseo excesivo, desregularizado, no se satisface nunca. Es eso lo que me da miedo a mí. Qué hago con un niño yo, que además soy mujer y soy insaciable. Y bueno, lo típico, aparece el miedo a comértelo. Creo que en Matate, amor la matriz o la esencia es esa: la madre viendo con asombro a una cosa que sale de su cuerpo. Ahí no hay infancia, ni una evolución del bebé demasiado normal. Obviamente una no elige sus obsesiones, pero creo que lo que atraviesa los tres libros es cómo criar a alguien con ese deseo devorador en el cuerpo. Cómo hacer para criarlo y a la vez vivir ese deseo. Y ese deseo es algo dañino, algo peligroso.

Siendo vos misma madre de un hijo chiquito, ¿podés distanciarte de las madres enfermizas de tus novelas? ¿Sentís que te exorcizan, que te purga la escritura?

No sé qué hubiera pasado si no hubiera tenido un hijo, pero la escritura sí tiene que ver con purgarme para ser lo más normal posible como madre. Mi experiencia con la maternidad fue completamente detonadora: antes no escribía. Me doy cuenta de que es algo mucho más infernal de lo que una cree. Cuando una tiene un hijo parece todo inocente y bello y maravilloso, pero a mí me sigue pareciendo de una violencia brutal. Tener que producir hasta que sea grande la infancia y la adolescencia de otro, y vivir en paralelo, sin aniquilar a ninguno de los dos, es muy difícil. Esa doble vida en paralelo me parece fascinante e inconcebible a la vez.

¿Y cómo hacés para encontrar los momentos para ponerte a escribir? ¿Cómo armás tu escena de escritura? Porque la violencia y el desgarro de tu prosa hacen pensar que tus novelas salen de un saque, que se escriben como en un solo impulso.

Con esta novela me pasó algo que nunca me había pasado, que es como si me hubiera golpeado la cabeza, o hubiera sufrido un atentado, y estuviera en un estado de shock. No recuerdo para nada cuándo empecé a escribirla, ni si era de día o de noche. Y eso que no consumo ninguna droga. Aunque la escena global no la recuerdo, mi manera de escribir es ininterrumpida. Es como un chorro que sale en el texto. Las intervenciones básicas pasan por mi hijo: si no tuviera que ocuparme de alguien, no haría de comer, no pasaría la aspiradora, suspendería esas tareas. La sensación es que no hay cortes. Por suerte no hago más que cuidarlo y escribir.

PRECOZ
Editorial Mardulce
86 páginas.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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