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Jueves, 24 de diciembre de 2015

CINE

Somos la fuerza

Sin apelar a la femenidad ni a la dulzura, la nueva de Star Wars gira alrededor de una mujer capaz de encontrar su potencia en soledad.

 Por Marina Yuszczuk

Las chicas de Star Wars nunca fueron doncellas en apuros. Si bien el primer capítulo de la saga que ya va por el séptimo, estrenado en 1977, incluía como tópico casi medieval el rescate de una princesa que había sido secuestrada por el archivillano Darth Vader a cargo de un caballero Jedi, Leia, la princesa en cuestión, no estaba suspirando en alguna torre solitaria a la espera de que la secuestraran, ni la trama la pasó por encima como simple instrumento de las acciones de los varones. Al contrario, la delicada misión de esconder los planos de la Estrella de la muerte en un androide para que los pudiera encontrar la Alianza Rebelde fue lo que la puso en la mira del Imperio. La elección de Carrie Fisher para interpretar a la princesa le dio forma a la presencia femenina en aquella primera trilogía: flaca, menuda y con un aire de girl next door, sólo que con menos dulzura y una cara de culo permanente que es algo así como su marca registrada, Fisher no poseía ninguno de los atributos que la podían convertir en sex symbol y sí tenía, en cambio, largas túnicas que apenas le marcaban el cuerpo y un bláster , amenazador, en la mano.

Sin embargo lo que pronto se convirtió en una franquicia multimillonaria no iba a dejar pasar la oportunidad de usarla como señuelo de fanboys calentones y para El retorno del Jedi (1983), una ráfaga de cine explotation se coló en la pantalla cuando Leia apareció otra vez secuestrada, en esta oportunidad por una bola de grasa lasciva llamada Jabba the Hutt que hizo vestir a su esclava con lo que sería el traje más famoso de Leia por asalto. Una bikini de metal (en realidad era un plástico duro color cobre) con volutas precisas alrededor de las tetas, velos que cubrían la cola y el pubis pero amenazaban con correrse ante cualquier descuido, y una cadena al cuello, completaban el disfraz fetichista que nadie podría olvidar y que tantas chicas siguen poniéndose en convenciones de comics para infarto de los nerds. La situación de Leia encadenada tenía un extra de porno, además, en el hecho de que Jabba the Hutt parecía, al lado de la princesa semidesnuda, la encarnación misma del cachondeo en la forma de un gusano grasiento y baboso que vaya a saber cómo haría para disfrutar sexualmente de las bellas esclavas que se conseguía por ahí, y mejor no pensarlo.

Fueron solamente un par de escenas que demostraron un potencial del que sin embargo la serie no se hizo cargo, y Leia siguió siendo una princesa guerrera que vivió su romance de screwball comedy en pie de igualdad con el inagotablemente seductor Han Solo. Después, cuando la saga dio un salto temporal al pasado con Episodio I: La amenaza fantasma (1999), vino la emperatriz Padmé Amidala (Natalie Portman), reina del planeta Naboo y más tarde senadora ante la República Galáctica. Ya estaba escrito que Padme iba a morir al dar a luz a Luke y Leia, pero antes de eso se ganó su lugar en la historia a fuerza de ser una chica de acción, al menos cuando no tenía que cargar esos complicados vestidos japoneses o mongoles, esos tocados enormes que parecían pesarle demasiado y la llenaban de solemnidad. Solamente en La venganza de los Sith (2005) y a partir de su embarazo, Padmé se vio convertida en una figura pasiva que esperaba al marido compungida, aunque finalmente manejó una nave con panza y todo para ir a buscarlo en su enfrentamiento final con Obi-Wan Kenobi.

La heredera de esta estirpe de muchachas guerreras se llama Daisy Ridley, es una actriz británica casi desconocida y en la nueva entrega de Star Wars, El despertar de la fuerza (2015), su presencia supone un giro copernicano porque esta vez, toda la trama gira alrededor de ella. Ridley es Rey, una criatura de nombre unisex que se viste de la misma manera, con pescadores grises, cinturón de cuero de dos vueltas, botas y unas telas cruzadas en el pecho planísimo que le dan un aire ninja. Rey maneja una moto oxidada y recorre los desiertos del planeta Jakku hasta que se cruza con un androide perdido y un stormtrooper desertor. El te amo-te odio del screwball con el heredero negro de Han Solo (John Boyega) es fuerte al principio, pero después, cuando tiene que enfrentar su destino, Rey está sola. Y es en soledad que descubre su fuerza, a pesar de que el desviado Kylo Ren (Adam Driver, que no por nada es el mismo que tuvo que stalkear el personaje de Lena Dunham en Girls hasta que le hizo deponer la armadura de solitario salvaje) le dice en un momento “Necesitás un maestro”. No sólo eso, sino que el enfrentamiento entre los dos se basa en el intento de él por violarla mentalmente, y la resistencia que le opone Rey es similar a la que se pudo ver en Jessica Jones, la serie de Netflix donde todo se trataba de un villano que quería someter a la heroína manejándole la mente.

Kylo Ren podrá acercarse con su espada láser bien erguida pero el falo lo tiene Rey desde el principio, cuando Finn, el stormtrooper desertor, ve que dos brutos la atacan y se apura para ir a defenderla, aunque no llegue a hacer más que contemplar sorprendido cómo ella se carga a los dos tipos entre palazos y patadas. Rey se gana por mérito propio un lugar en la línea de sucesión Jedi que no es el de madre, ni el de compañera, ni el de esposa, y hereda el Halcón Milenario porque sabe cómo manejarlo y arreglarlo. Hasta Han Solo, deslumbrado por los conocimientos mecánicos y la intrepidez de una chatarrera, le dedica la frase más hermosa: “Esta chica sabe lo que hace”. Por otra parte, en una saga que tiene más que ver con la herencia entre varones y donde el peso recae en la paternidad de Darth Vader y luego, la de Han Solo, Carrie Fisher abrió otra línea fuera de la ficción para que se transmita otro tipo de herencia, femenina y práctica, cuando le dijo a la jovencísima Ridley: “no te dejes poner el traje de esclava”.

Pero la advertencia apenas parece necesaria, y la cosificación de las mujeres en una ficción que quiere dirigirse a un público lo más amplio posible es mucho más que un asunto que dependa de una toma de posición individual. Algo cambió profundamente desde 1977 hasta ahora y ese algo, nebuloso pero habilitado por la lucha cotidiana de miles de mujeres reales, hizo que no sólo la nueva Star Wars, sino también la otra gran película de acción del año que fue Mad Max: Fury road, estén protagonizadas por mujeres, chicas de cinturón de cuero que parecen ninjas o soldados. No es que las ficciones propongan modelos sino que se hacen eco de lo que ya existe, le dan formas visuales cargadas de potencia, y también marcan límites: lo que es tolerable en la pantalla no lo es en la vida, y mucho menos si no está filtrado por los modelos vigentes de belleza. Las mujeres que no son Daisy Ridley ni Charlize Theron, cuando se visten de guerreras en espacios públicos para exteriorizar una fuerza y una voluntad de lucha existentes, dan pavor y les llega más tarde o más temprano el llamamiento a la feminidad y la cordura, por eso lo que está en juego es una herencia que cuidar antes que cantar victoria. Que la fuerza esté con nosotras.

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