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Jueves, 24 de diciembre de 2015

RESCATES

Triste bachata

Lucrecia Pérez Matos 1959- 1992

 Por Marisa Avigliano

 

“Criminal de la inocencia, no hay perdón” cantaban en un recital de Ska-P miles de personas homenajeando a Lucrecia. A Lucrecia la mataron en Madrid “por extranjera, negra y pobre” dijo el fiscal del juicio. Los titulares de noticias le cambiaron el nombre y la llamaron la primera víctima de racismo y xenofobia que España dio a conocer a viva voz. A Lucrecia, el guardia civil Luis Merino Pérez escoltado por tres neonazis de dieciséis años, le cuartearon el tórax con un disparo. Después el asesino le volvió a tirar, estaba a 70 centímetros. “Se han comido tres plomos como tres chuletas de cordero. Que se los repartan como puedan”, dijo Merino aquel viernes 13 de noviembre de 1992.             

Lucrecia vivía en Vicente Noble, su pueblo dominicano, cuando le dijeron que España era el futuro. El periplo inmigratorio la llevó hasta la puerta de un piso madrileño de donde fue despedida unas pocas semanas después porque la señora de la casa decía que Lucrecia no sabía lo que era una canilla ni un lavarropas ni un ascensor. Sin trabajo ni techo se refugió en Four Roses, una discoteca abandonada  -uno más de los tantos edificios que el desempleo ostentaba en la ya no tan lujosa Madrid- en el barrio de Aravaca donde buscaban refugio casi un centenar de inmigrantes. Los parroquianos ibéricos azorados por la piel negra mascullaban a gritos que estaban siendo amenazados por una jauría de putas. Había que “limpiar”, “barrer”, “darles un susto a los sudacas”. Hacía menos de un mes que Lucrecia había llegado a Madrid, eran las nueve de una noche de otoño y estaba tomando sopa en la discoteca muda cuando los cuatro asesinos patearon la puerta y se metieron en la pista oscura y sin música. La amenaza certera empujó la única vela al piso. Un tiro en la pared, otro en la pierna de un hombre y uno fatal en el corazón de Lucrecia.

Una hija de seis años (única sobreviviente a siete partos) y un marido viudo lloraron su muerte en el silencio de la distancia. No la habían visto partir el lunes que dejó República Dominicana. El viaje al edén se había anticipado y la urgencia embargó despedidas. Víctor estaba trabajando y Kenia, en la escuela. Volvieron a saber de ella cuando una mujer apareció con el dato aciago y les dijo que del otro lado del océano Lucrecia estaba muerta.

Veinte años después inmigrantes rumanos pasan a diario muy cerca del monolito que la evoca y donde la bachata suena lejana y débil desde que muchxs dominicanxs abandonaron la ciudad. Lxs que sobrevivieron al ultraje recuerdan sus sueños de noche en el abrigo de plástico de las cabinas telefónicas y a su víctima. Lucrecia acribillada fue santuario y emblema. Marchas callejeras y banderas para la mujer que cruzó las aguas en busca de un paraíso fragante y encontró un baldío fétido de muerte y sangre. En el eco de viejos recitales españoles las voces despliegan el mantra de la memoria en un presente siempre hostil con el dolor de lxs que emigran. “Además de cantar hay que combatir, Lucrecia, Lucrecia por ti/ al racista cobarde hay que extinguir, Lucrecia por ti/ La ley de extranjería, para el jeque millonario, para la reina Sofía”.  Podemos inventar otras estrofas, la rima viva siempre acepta oraciones nuevas.

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