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Jueves, 24 de diciembre de 2015

EL MEGáFONO

Yeguas vs. las perfectas casadas

 Por Sol Rodríguez (*)

Al menos en los últimos doce años, Cristina Fernández despertó designaciones de lo más variadas: la vimos minimizada, inestable, atrevida, fantástica, bipolar, masculina, soberbia o loca. Brotaron discursos orientados a estigmatizarla en base a su condición (¿o a su situación?) de género. Si Cristina nunca hubiese sido funcionaria, entra cómoda en el escalafón de mujeres elegantes y femeninas. Pero no. Hay algo que hace incompatible que, a la vez, una mujer pueda mandar, preocuparse por su imagen, tener una familia, priorizar su carrera, hablar en público, vivir sin un hombre. La transgresión se apropia de sí misma y ya nada queda por valorar sino la incompatibilidad entre su género y su conducta.

¿Dónde ubicar a estas mujeres que saltan las vallas de lo doméstico, que abrazan con pasión lo público y lo colectivo, que lloran y son fuertes, que saben decir que no y hablan como si fuesen hombres? Sucede que Cristina es una de esas mujeres que no aprendió bien el libreto. Y está improvisando un género desprolijo. Desobediente. Yegua, indócil, complicada. Bruja. Poderosa. Peligrosa. Sin un macho que la controle. Sin riendas. Linda. Llena de deseo. Libre.

Juliana Awada, en cambio, se sacó un diez. Entre el modelo hegemónico de mujer y ella, hay una similitud empalagosa. La perfecta casada. A ocho años de que la designación primera dama nos venga sonando anacrónica Juliana llega a representarla con méritos. Es que ella acompaña, no se opone, bella, siempre dispuesta. Es un accesorio de valor para un presidente sin muchos atributos.

Cristina es nombre de vieja. Juliana es nombre de valijita que te enseña a ser mujer. Juguete que atraviesa generaciones: pegar una “Juliana Mamá” era el pasaporte a ser una buena madre. Cómo explicar si no la farsa del instinto. Había varias julianas pero todas eran rosadas. La única manera de que entren todos los objetos era que los guardaras en el orden correcto. La veterinaria, la doctora, la ecologista.

Cristina no es feminista. No se dice feminista. Las feministas no la nombran feminista. No legalizó el aborto, demanda central del movimiento de mujeres. Pero muchas de las políticas públicas llevadas adelante desde o durante su gobierno aportan significativamente a la igualdad de oportunidades entre varones y mujeres, entre mujeres pobres y las otras, entre mujeres heterosexuales y las otras.

Cristina no es feminista, pero el feminismo no es, necesariamente, algo definido de antemano. Entonces Cristina sí, desde su desobediencia, deconstruye.

Se viene un tiempo en que el orden y la obediencia se venden como belleza. La prolijidad y la sumisión cotizarán en alza. Pero las yeguas opositoras ya hemos aprendido. Y en una declaración butleriana de apropiación de los insultos en clave de orgullo, decimos –guerreras– que no pasarán.

(*) Docente de Santa Fe e incipiente investigadora del Conicet.

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