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Viernes, 20 de febrero de 2004

TESTIMONIOS.

El lugar sin límites

En 1977, el actual canciller Rafael Bielsa, estuvo secuestrado y desaparecido en la provincia de Santa Fe, en un lugar conocido como El Castillo, que visitó para reconocer en diciembre último. Lo hizo en compañía de su esposa, quien firma las impresiones y reflexiones que le inspiró este emocionante recorrido.

 Por Andrea De Arza

Durante mucho tiempo quise conocerla y no fueron pocas las veces que procuré imaginarla para recorrerla. La vida quiso que nos encontráramos un día de diciembre, ese “mes en que ciertos fantasmas vuelven”.
La quinta y centro clandestino de detención que se conoce como el fortín es imponente: dos pisos, galerías, un tanque de agua –hoy pileta de natación–, un aljibe, un atalaya y un sótano. A pesar de la humedad y las manchas oscuras que la acechan como un recuerdo persistente, prevalece en la construcción un rosa viejo, que acaso por viejo fue el color elegido por la reminiscencia.
Cuando la vi, me recordó a esas mujeres que alguna vez fueron bellas y que, a pesar del olvido a las que las somete la inclemencia del tiempo a su paso, nos permiten descifrar vestigios de los sueños que pudieron haber despertado en quienes las contemplaron en sus años de esplendor. Se me ocurría que la casa hubiera querido tener otro destino, más anónimo tal vez, pero tanto más pleno: una familia, hijos correteando en su jardín, quizás un perro; pero no fueron ésas las horas que le tocaron en suerte.
Encontramos un caserío erigido en el medio de la nada y un cielo azul que se nos caía encima esforzándose por tocarnos, como si se tratara de un gesto de piedad o de un improvisado amuleto para espantar al espanto.
Tantas veces había muerto la verdad por aquellos tiempos, que cuando comenzó a emerger lo hizo herida de engaños. Mi marido, que siempre había creído que el lugar en el que estuvo cuando no estuvo era la quinta de Funes, descubría casi treinta años después, que se trataba de otro sitio a partir de una insulsa citación judicial, la excusa que blandió la historia de ambos para provocar el encuentro. Rafael y sus recuerdos se desvanecieron tras sus muros fatigados de sombras, para regresar al lugar en el que pasado y presente comparten la misma dimensión. Andando y desandando sus pasos de entonces, anduvo y desanduvo los surcos de la infausta memoria, en un intento más de agotar todas las preguntas.
Mucho es lo que se ha escrito sobre la década del ‘70, del peso de sus intolerancias y sus consecuencias, pero menos se ha reflexionado sobre lo que se ha perdido. Tal vez sea así, porque todavía no se pudo tomar conciencia de la magnitud de lo que no se tiene. Todos sabemos que la Argentina padeció durante largos años un paulatino ajamiento, pero nunca antes me había enfrentado a alguna de las ruinas de su ruina. Si las pérdidas no pueden individualizarse, la tarea de cuantificarlas es ilusoria.
El trabajo de duelo consiste en desanudar de una en una las expectativas que teníamos sobre lo que ya no tenemos, sobre lo que ya no está. El ungüento indispensable para mitigar el dolor fantasma del amputado, el maná para quien se comporta como si conservara la extremidad ausente y hasta siente dolor en el miembro que le falta. Los argentinos tenemos tanto de ese derrotero pendiente, cuántas heridas amarillas sangran todavía.
“Necesito cerrar los ojos para verlo” dijo, porque el horror no tuvo el coraje de mirarlo ni de dejarse ver y como a otros, le cubrieron los párpados con las vendas de la misma pesadilla. El verdadero acto de descubrir no consiste en encontrar tierras nuevas sino en verlas con ojos nuevos y, acaso por eso, las habitaciones que iba recorriendo le parecieron más chicas de lo que creía, como sucede con los lugares que la infancia transita. Eran 24 los años que acusaba cuando lo llevaron al fortín, demasiado pocos para tener un recuerdo distinto.
La desaparición de personas en nuestro país, se vincula a la presencia de un poder omnipotente que puede situarse más allá de la vida y la muerte, del saber y el no saber que coexisten, vulnerando los límites naturales más inexpugnables; una potestad indescifrable capaz de “matar la muerte”.
Había desaparecido ante mi vista tal como era y volvió como había sido. Salió de la casa por sus propios medios esta vez, con los ojos más grandes que le hubiera visto, en un denodado afán por recuperar aquella luz robada. Tenía una expresión de incredulidad que pareció contagiarnos a todos, la respiración pesada y un silencio que podíamos oír.
Sin embargo, siempre llegan las palabras, invariablemente más tarde que las emociones que les dan sentido. El dolor sólo puede ser expresado cuando se ha manifestado y sólo duele, es decir hay duelo, cuando la evidencia de lo perdido se hace incontrastable. Recordar, recuperar la historia, la única posibilidad de transitar un duelo que todavía nos espera y de rescatar a quienes les tocó padecer en alma propia, las magulladuras de una Patria a la que le queda vedado olvidar.

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