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Viernes, 20 de febrero de 2004

VIDA DE PERRAS

Ir al super

 Por Soledad Vallejos

Se me agotaron las casas de comidas, pizzerías, kioscos, puestitos de panchos y bares de los alrededores. Se deprimió el gato por la sospecha de que su caja sanitaria nunca volverá a ser lo que era. Ya exprimí el último limón y también el envase de loción astringente. Hm, hora de abandonar la negación y enfrentar la deliciosa realidad: ¡es tiempo de visitar a nuestra amiga la Cajera-¿Envío?-¿Tarjeta-o-Efectivo? Van a disculparme el lugar común, pero la verdad es que si alguien me diera a elegir entre ir al súper o ver media hora seguida de publicidades con Fabián Gianola mostrando el antes y después de las medias, no lo pienso dos veces. La niña que fui, en cambio, era diferente: disfrutaba enormemente ir de compras con el padre los sábados. Será como dice mi amiga por teléfono: era joven. Será. El asunto es que a mí nadie me intimida así nomás, ni siquiera ese mundo de góndolas, señoras con ristras de niños a cuestas y señores que se roban los changuitos ajenos alegando la inocencia del ignorante y cuando una menos se lo espera. La juventud es valor, miren, y el valor es lo último que se pierde, así que va a ser mejor, señora, que vaya usted soltando esa botella de aceite en oferta sólo por hoy, que es la última y no quiero lastimarla. Qué lindo venir un sábado al mediodía, cuánta gente, debe ser la reactivación ésta de la era K, para que vean los malpensados. No me van a decir que no es edificante ver cómo esos encantadores grupetes familiares se esmeran por inculcar las libertades individuales en toda su extensión a sus pequeños monstruos. No, nene, no juegues a los changuitos chocadores, ése es mi tobillo, ¡hey, señor!, dígale algo, quiere. ¿Cómo que qué le va a decir? Dígale que no sea bárbaro, que va a volver Sarmiento y va a terminar escribiendo en las piedras, dígale lo que sea, a mí qué me importa. (“Braian, vení para acá, que la loca ésa te va a pegar”). Claro que si algo me apasiona de todo el asunto es esa sensación de estar aproximándome a la meta, el vamos-quepodemos de la prueba casi superada, esos gloriosos minutos en los que el supermercado se convierte en una experiencia instructiva, gracias a que los diseñadores de lugares de compras piensan, ante todo, en el bienestar del consumidor. ¿A que no saben cuántos componentes puede haber en una pila AA? ¿A ver quién puede recitar de memoria todas las variedades de curitas disponibles? Díganme, si pueden, en cuántos sabores vienen los chicles diet. Ajá, no saben. Lo sospechaba...
–Señora, la tarjeta está vencida... Ah, ¿y no trajo efectivo?

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