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Viernes, 18 de marzo de 2016

CINE I

Canción animal

Una adolescente es heredera de un linaje de mujeres lobo en el contexto de un frío pueblo pesquero de Dinamarca en Cuando despierta la bestia.

 Por Marina Yuszczuk

Marie tiene 16 años pero no es representativa de ninguna adolescente: en su mundo no existe la cultura pop, ni las amigas con las que parlotear o mirar chicos, ni la tecnología que atraviesa los modos de crecer y mostrarse en esta parte del mundo. Marie vive en un pueblito pesquero de Dinamarca, cerca de costas donde el mar golpea con furia, y la enfermedad misteriosa que afecta a la mamá parece haber dejado a su familia envuelta en la gravedad de la supervivencia. Cuidarla, bañarla, empujar la silla de ruedas en la que pasa sus días la madre, casi catatónica, es parte del trabajo de Marie, y otra parte es un empleo nuevo en una pesquera donde inmediatamente llama la atención de otros varones porque es mujer y es joven.

Cuando despierta la bestia (2014) es la primera película del director danés Jonas Alexander Arnby y en inglés tiene un título mucho más poético, When animals dream (Cuando sueñan los animales). El título de estreno en Argentina parece apelar a esa idea de “bestia” que tanto se repite en las películas de terror para referirse al Diablo, pero en la película de Arnby, que plantea un linaje de mujeres lobo del que Marie es la heredera, hay poco de terror y hay todavía menos que tenga que ver con ese término bíblico y grandilocuente. Al contrario, Arnby parte de una readaptación de los tópicos del terror a un entorno realista para contar la historia de una chica en la que se están manifestando los primeros síntomas de haber heredado de la madre (que está medicada al punto de parecer una planta con tal de que no sea un animal extraño) la condición de mujer-lobo. En ese sentido la referencia más obvia es Let the right one in (2008), una de las mejores películas de los últimos años, donde una niña-niño vampira de unos doce años habitaba departamentos baratos con el padre, las ventanas bloqueadas con cartones para protegerla del sol, y se alimentaba en parte de la sangre que el padre conseguía extraer de las víctimas y almacenar en bidones de plástico.

Let the right one in era bellísima por la manera en que combinaba la sangre sucia con la delicadeza de la nieve pero también era brutal, y respetaba las convenciones del género más recientes sobre todo en los ataques de la niña vampiro, en los que se podía sentir lo animal, el peso de ese cuerpo tirándose sobre otro para desgarrarlo. Cuando despierta la bestia también pone a su heroína solitaria en un paisaje desoladoramente hermoso, de marrones y verdes sutiles, en el que la alegría parece no existir, pero baja el volumen al mínimo en todo lo que tiene que ver con suspenso, terror o violencia. De todo eso quedan algunos jirones nada más, tan pocos que la película podría ser decepcionante si no fuera porque la criatura que construye es inolvidable.

Especialmente cuando la transformación, que comienzo por un simple manchón en el pecho al que pronto le salen pelos, está en marcha, y la rubia lánguida de pelo llovido que parecía pura mansedumbre, pura niña buena en un pueblo donde todxs se vigilan unxs a otrxs, se convierte, antes incluso que en una mujer lobo, en una rebelde. Marie tiene a su cargo una de las mejores líneas de levante cuando le dice a un chico en un boliche: “Me estoy convirtiendo en un monstruo pero antes que eso suceda pienso coger mucho, ¿me ayudás?”. La película no termina de acompañarla como una desearía en esa animalización, y en lugar de sexo crudo nos entrega una escena de amor convencional con un rubio carilindo que se enamora de ella, pero bueno, acá no hay exploitation, que quizás hubiera sido el recurso más obvio, y si algo se le tiene que reconocer al director es la coherencia en mantener todo el tiempo y a rajatabla una sobriedad luterana, y un clima enrarecido en ese pueblo donde se convive con lo sobrenatural al mismo tiempo que se lo persigue a muerte.

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