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Viernes, 8 de abril de 2016

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Mi nombre es patriarcado

 Por Flor Monfort

“Mi historia es la historia común de miles y miles de mujeres en un país que apenas está empezando a reaccionar sobre lo que significa la violencia de género, el sometimiento y la humillación. Es una historia de aguantar lo inaguantable, de tolerar lo intolerable y de justificar lo que no tiene justificación” dijo Claudia Villafañe en la causa que la tuvo procesada hasta el pasado miércoles y que se definió por su sobreseimiento. Diego Maradona, el astro del fútbol por el que este país es reconocido en los rincones más remotos del planeta, por el que más de un hombre hundiría su cara en una camiseta transpirada por él, la acusó de retener indebidamente 458 objetos de su pertenencia, entre los que había trofeos, botines y medallas. En un culebrón que lleva toda o buena parte de la vida de todxs en pantalla, la declaración de Claudia llega cuando ya habíamos abandonado la idea de que ella podría cansarse de una vez, de humillaciones, engaños y mentiras de las que el público fue testigo, con la impunidad de la que suelen gozar los varones cuando de intramuros se trata (son cosas de él, dirán sus defensores, pero con la pelota es un crack).

De Diego sabemos mucho: que se negó en más de cinco oportunidades a realizarse el examen genético que confirmara o no la paternidad de su hija Jana, por lo que la jueza Graciela Varela se la adjudicó y pasaron quince años hasta que él empezara a tratarla; sobre el hijo que tuvo con la italiana Cristina Sinagra, Diego, dijo que la justicia podía decidir lo que quisiera pero que no podía obligarlo a quererlo y sobre sus adicciones, infidelidades y fiestas permanentes en esa etapa “gloriosa” que vivió junto a su mejor amigo Guillermo Cópola, en la dupla de machirulos que juegan a los novios de tan aliados que son en la jarana, lo vimos todo, incluida la muerte y resurrección, la desaparición del ojo público, el divorcio con Claudia, la mujer de su vida y madre de sus hijos y el nieto que casi como un calco patea como un diez. De esta última etapa, sus viajes a Dubai, las novias jóvenes que nunca se sabe si son o no oportunistas (al decir de él, que las ama y las odia al mismo tiempo, como hizo con Verónica Ojeda y Rocío Oliva) y esa lenta y sutil separación de la figura de la que fuera la “elegida”. A su actual mujer, Oliva, la denunció por estafa y apropiación de bienes y estuvo al borde de la cárcel, para luego rescatarla y retirar las denuncias diciendo que todo se trató de un error de su entorno. Diego hace y deshace porque el tiempo reafirmó su fama sin fisuras y lo volvió duro como el oro de la copa que ahora le reclama a su ex.

Por eso, la declaración en la que ella responde a las acusaciones, golpea el aire como piedra en el agua. No está sola Claudia en aquello de aguantar y sostener, y es oportuna la mención a la violencia de género porque allí se esconden todos los crímenes que parecen no tener eco en ningún lado; por privados, por íntimos, por no saber quién dice la verdad, por encontrar en la justicia patriarcal el enemigo final que los oculta y enmaraña. Nadie puede negarle a Claudia que aguantó lo inaguantable como tampoco que Diego enmascaró sus delitos con una actitud siempre incorrecta, salido de la villa y siempre agradecido a ella, que llevó a lo más alto el equipo más “cabeza” de Italia y visibilizó a los napolitanos como tal vez nadie lo hizo en su historia, amante del Che y de Chávez, nunca se privó de opinar de política y de hacer carne en el pueblo lo que el sentimiento por él permanece inmutable. Algo de eso que vimos replicado tantas veces en la tele, como sus jueguitos imposibles, como sus jugadas de último minuto, y en la que Claudia es esa co protagonista que mira en silencio, a veces con una sonrisa forzada y otras con una seriedad ignorada por su marido.

Villafañe perdió su carácter de intocable cuando empezó a hacer su propia vida, cuando empezó a tomar distancia, cuando se animó a decir que no. Hace años que se sabe que su pareja es el actor Jorge Taiana pero ella se cuidó muy bien de ocultarlo para no soportar la ira del jugador, que se ha paseado por el mundo toda la vida de la mano de miles de mujeres, incluso cuando estaba con ella. Esa escena tan elemental, que parece inverosímil cuando se la escribe, es parte fundamental de la trama y ella misma así la justifica, explicándole a la prensa que esta causa tiene un solo móvil: los celos de él por la libertad de ella, por el hartazgo en ocultar una relación estable y larga. Y él confirma con creces cuando lo llama “el tontito” y dice que es un “desubicado” por relacionarse con su nieto. Por eso, que se enmascara en la intensidad del ídolo, tan pasional como el Monzón violento que terminó matando a Alicia Múñiz, la mención de Villafañe a la violencia simbólica cobra nuevas dimensiones, de quien dice haber vivido “junto a este hombre un verdadero calvario que sin lugar a dudas me animo a decir que no terminó en tragedia gracias a todo lo que estuve dispuesta a dar, gracias a todo lo que pude contener”. Y es en ese estereotipo de mujer aguantadora que Claudia termina de reafirmarse donde está la llaga del patriarcado que Diego tan bien representa. Nadie tiene que aguantar a nadie en nombre del amor, porque el ideal romántico como relato épico no tiene rojo de corazón sino de sangre. En este caso, el final es relativamente feliz. En otros tantos, sabemos que no.

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