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Viernes, 8 de abril de 2016

CINE

Una forma del infierno

Para quienes aman el terror, La bruja está ambientada en la Nueva Inglaterra del siglo XVII y tiene todos los condimentos de un género que también se narra desde el horror patriarcal.

 Por Marina Yuszczuk

En tiempos laicos como los que nos toca afortunadamente vivir, cuando las pocas supersticiones que sobreviven tienen que ver con pequeños estertores de mala suerte, no es tan fácil insertar una historia de terror en un contexto realista. Por eso la mayoría de las películas del género tienen protagonistas que solo ante la evidencia cada vez más rotunda del Mal, se disponen a creer en su existencia. El punto de partida de La bruja (título muy general pero que lleva el sugerente subtítulo de “Un cuento folclórico de Nueva Inglaterra”) es radicalmente distinto porque esta primera película de Robert Eggers, ambientada en esa porción de tierra en proceso de conquista que todavía no era Estados Unidos, tierra de puritanos y de histeria colectiva, se remonta a una sociedad muy primitiva, aferrada con uñas y dientes a un conjunto de creencias opresivas pero que quizás eran lo único firme en un territorio salvaje. A ellxs –y en esto reside parte de la tensión de la película–, en esa lucha con el mal se les juega la salvación eterna además de la vida cotidiana.

El centro de La bruja es una familia que alrededor de 1630 es expulsada de una plantación de colonos por la soberbia del padre. La familia compuesta por ese patriarca, una madre flaca y severa, un chico y una chica preadolescentes, dos mellizos más pequeños y un bebé, debe partir para instalarse en el aislamiento de una cabaña en el campo, acompañada apenas de un par de cabras y un perro, muy cerca de un bosque que no tiene ninguna particularidad, pero que el director filma como si todo lo desconocido y lo peligroso se concentraran detrás de sus primeros árboles.

Eggers arma su historia con muy pocos elementos –apenas esa familia y sus animales, una choza en el bosque- pero se las arregla para que su cuento de terror cuente además otra historia, también terrorífica: a medida que las dificultades de la supervivencia desarman la moral de cada uno de los miembros de este grupo piadoso, aparentemente inmaculado, lo que se pone de manifiesto es la debilidad del que supuestamente merece ejercer el mando como jefe de familia, la tensión entre la madre y una hija hermosa a la que ya le asoman los pechos, la mezquindad de los hermanitos menores, la lascivia del hermano púber que le mira el escote a Thomasin, su hermana mayor. Nada que no esté presente en cualquier familia disfuncional moderna, quizás, pero que para la moral puritana de estos personajes era casi una forma del infierno.

En ese régimen simple pero inflexible de premios y castigos divinos, no les cuesta nada a los miembros de esta familia creer que la sucesión de desgracias que empiezan a ocurrir es producida por sus propios pecados. La primera de ellas, la desaparición del bebé, que sólo nosotros como espectadores sabremos que una bruja se llevó al bosque para realizar una hechicería horrorosa. Esa presencia del Diablo y sus representantes, tan cercana, ignorada por ellos, empieza a anudarse muy pronto con la sexualidad incipiente de Thomasin y las sospechas que esa fuerza femenina genera. Ella, que recién hacia la mitad de la película se revela como su protagonista, está después de todo, solo por el hecho de ser mujer, del lado de lo peligroso, junto con los animales y la naturaleza en general. Varias décadas después de la fecha en que transcurre la película tuvieron lugar los famosos Juicios de Salem, en el que varias mujeres y algunos pocos hombres fueron ahorcados por acusaciones de brujería. El puritanismo también fue cuestionado después de esos episodios, pero igual, La bruja es una especie de recordatorio de que hay algo muy podrido en el corazón de la cultura norteamericana. Quizás por eso, el director y también guionista da un paso inesperado, magnífico: el de concederle a Thomasin un final feliz, escandaloso, bello, y sin duda liberador con respecto a la vigilancia inhumana de esa fe tremenda de los puritanos.

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