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Viernes, 9 de julio de 2004

HOMENAJE

La utopía según Ursula

Con la saga de Terramar, la prolífica escritora Ursula K. Leguin no sólo consiguió un lugar central dentro de la épica fantástica. Además supo construir un mundo propio, igualitario, en el que se puede prescindir del poder o resignarlo para cuidar animales de granja. “Es que aprendí a escribir como mujer”, dice para explicar este cambio en las reglas del género. Feminista, pacifista, crítica, siempre interesada por la producción de sus pares, Le Guin tradujo a Gabriela Mistral, Angélica Gorodisher y Diana Bellesi, con quien, además escribió a dúo.

 Por Mariana Enriquez

A mediados de los años ‘60, Ursula K. Le Guin irrumpió en la literatura fantástica y de ciencia ficción, coto exclusivo de los escritores varones, y provocó una revolución. Así de sencillo. No sólo tomó por asalto un club de hombres sino que expandió las fronteras de la literatura de ciencia ficción y la fantasía épica hasta convertirse en una figura central del género, de igual a igual con J.R.R. Tolkien y Philip K. Dick. Exploró el sexismo, el nacionalismo, el progreso tecnológico, y las fallas en las visiones utópicas. Hoy tiene más de sesenta libros publicados –entre novelas, cuentos, poesía y ensayo– y a los 74 años vive en Portland, Oregon, donde dicta talleres de escritura para mujeres en el bosque cercano a su casa, junto a su amiga, la escritora Grace Paley.

La obra de Ursula K. Le Guin es tan vasta y compleja que convierte la tarea de abarcarla en una empresa titánica. Quizá lo más sencillo sea sintetizar arbitrariamente, y decir que sus trabajos principales son los ciclos Hainish en ciencia ficción y la saga de Terramar en fantasía. Publicó su primera novela de ciencia ficción en 1966, El mundo de Roccanon, continuada por La mano izquierda de la oscuridad (1969) y Los desposeídos (1974), y al mismo tiempo comenzó la saga de Terramar, quizá sus libros más amados: en 1968 apareció Un mago de Terramar, en 1971 Las Tumbas de Atuan y en 1972 La costa más lejana. Las tres novelas narraban la adolescencia y juventud del mago Ged, su encuentro con una joven sacerdotisa, Tenar, y por último, la pérdida de los poderes de Ged cuando debía internarse en el mundo de los muertos junto al joven rey Lebannen. La trilogía está atravesada por la sensibilidad de Le Guin, que prefiere lo metafísico por sobre la batalla, el intimismo y la ternura antes que el despliegue épico, la ambigüedad en un mundo donde no hay lugar para el maniqueísmo. Le Guin escribió Tehanu, el supuesto cierre de Terramar, y los fanáticos quedaron desconcertados: todo había cambiado, Ged ya no era poderoso y vivía con la ex sacerdotisa Tenar en la isla de Gont, cuidando animales de granja. Le Guin explica el cambio así: “Lo que pasó entre La costa más lejana y Tehanu fue que renació el feminismo y pasaron diecisiete años. Aprendí a escribir como mujer, dejé de imitar a los hombres. Terramar es un lugar muy diferente desde el punto de vista de una mujer. Todo lo que tenía que hacer era describir el archipiélago desde los que no tenían poder: mujeres, niños y un mago que había perdido su poder para convertirse en un hombre común”.

Este cambio de punto de vista es la intervención más importante de Le Guin en el terrero de la narrativa fantástica. Ella admite su amor incondicional por El señor de los anillos, pero también indica que, para su propia fantasía, decidió incorporar el enfoque de género y de minoría. “En Terramar, la mayor parte de los personajes tienen la piel oscura. Esa es una diferencia básica con respecto a la fantasía épica tradicional, cuyos personajes son todos blancos. Y además, considero a Terramar unestudio sobre el poder: las primeras novelas están escritas desde el punto de vista de los poderosos, de los hombres; yo era demasiado joven y aceptaba la convención que equipara aventuras con hombres. Las últimas están escritas desde la mirada de aquellos que no tienen poder.” En esta misma línea se apunta la última novela de Terramar que acaba de publicar Planeta a través del sello especializado en fantasía y ciencia ficción, Minotauro: se llama En el otro viento, y reencuentra a los personajes justo cuando todo va a cambiar en Terramar, y el mundo de los muertos –un sitio oscuro emparentado con el Hades griego– sufre una transformación. Las mujeres vuelven a tener protagonismo, y Le Guin plantea una utopía igualitaria: la magia y el poder de los hombres, parece decir, existen y aún pueden ser útiles, pero deben cambiar de forma e incluir otros saberes para permanecer en el tiempo.

Aunque Ursula K. Le Guin es una escritora venerada, mimada por la crítica, muchas veces no se le reconoce su status legendario. No es algo que la desvele. Mujer de su época, hija de un famoso antropólogo y una escritora, es experta en taoísmo (en 1997 hizo una extraordinaria traducción de el Tao Te Ching de Lao Tzu), participó en los movimientos pacifistas y feministas de los ‘60, y se atrevió a contraponer la utopía pacifista-anarquista de Paul Goodman con el capitalismo industrial en libros como Los Desposeídos; también escribió una alegoría crítica a la guerra de Vietnam en El nombre del mundo es bosque (1976). Detesta que se refieran a sus libros como “nostalgia de un mundo pre-industrial”: “Todas las alternativas genuinas al capitalismo industrial son despreciadas como ‘nostalgia’”, dice, y también se irrita cuando la crítica apunta que sus libros ofrecen “consolación”: “No entiendo por qué se refieren al consuelo y la reparación como algo falso o sentimental. ¿Los escritores sólo tenemos que amenazar, aterrorizar y deprimir a nuestros lectores? ¿No tenemos derecho a ofrecer un consuelo honesto? En eso, estoy completamente de acuerdo con Tolkien”.

Pero los intereses de una de las escritoras más prolíficas del mundo no se limitan a su propia narrativa. Tradujo a Gabriela Mistral y Angélica Gorodischer (Kalpa Imperial) y su colaboración más importante con una escritora de lengua castellana fue Gemelas del sueño (o The Twins, The Dream), un libro bilingüe junto a Diana Bellesi. La poeta argentina y Le Guin intercambiaron correspondencia durante años antes de conocerse personalmente y hacerse amigas: de a poco, sujetas a la ciclotimia del correo argentino, se enviaron mutuamente poemas traducidos, hasta que llegaron al proyecto del libro: Le Guin tradujo Crucero Ecuatorial y Tributo del Mudo de Bellesi, y Bellesi tradujo Silk Days.

Incansable, Le Guin está atenta a los nuevos nombres de la literatura fantástica. Cuando supo que la comparaban con J.K. Rowling, leyó los libros de Harry Potter. Y no se impresionó: “Escuché sobre la increíble originalidad de Harry Potter: lo leí y encontré una vívida fantasía infantil cruzada con novela escolar, buena para el grupo de edad al que apunta, pero estilísticamente ordinaria, imaginativamente derivativa y éticamente algo... malvada”. Y sigue escribiendo: pronto se editará Gifts, su nueva novela de ciencia ficción y acaba de publicar en EE.UU. un libro de ensayos sobre los más variados temas –desde la obra de Tolkien y Mark Twain hasta el feminismo y la vida familiar. “La noción de que se necesita una torre de marfil para escribir, o de que una no puede escribir si tiene hijos, que un escritor no puede ensuciarse las manos y trabajar... es basura”, dice, y recuerda esos lejanos días en que escribía de noche, cuando sus tres hijos dormían y las cartas de rechazo le llovían desde todas las editoriales. “Cuando me casé, mi esposo nunca cuestionó mi derecho a escribir. Y eso es algo muy raro. En esa época, pocos escritores mayores que yo me apoyaban. Hoy sólo me acerco a aquellos que son generosos, y tienen un sentido de comunidad. Me alejo de los que piensan que el arte es una competencia por la fama, el dinero y los premios. Lo único que importa es el trabajo.”

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