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Viernes, 5 de agosto de 2005

PERFILES

Ninguna igual

En su pieza de pensión, Juana González –la salvaje Rita de la que tanto se ha hablado últimamente a raíz del musical que protagoniza la joven Emme– muestra orgullosa sus posesiones: televisor, heladera, ventilador. Eso y su nombre de fantasía es lo que le quedó después de una vida legendaria que se escribe con la misma letra que la historia de Rosario.

 Por Sonia Tessa

desde Rosario

El memorioso recuerda que iba todos los viernes al Rendez Vous, un cabaret ubicado en la zona del bajo de Rosario, cerca del río Paraná, para ver un espectáculo que “no se parecía a nada”. Era el striptease de Rita, La Salvaje. Recuerda su orgullo por la amistad que ella les ofrecía. Se sentaba en la mesa que congregaba a un puñado de periodistas y profesionales ilustres de la ciudad, completamente desnuda, a tomarse un whisky después del show del caramelito y el ventilador. Corrían los ‘70, Rita tenía por entonces más de 40 años y se había convertido en un icono que convocaba público de todo el país. Los artistas de Buenos Aires que llegaban en gira pedían ver su show. Corrían los últimos de los treinta años de éxito de la más original bailarina de striptease, la primera que se había animado a bailar completamente desnuda en un escenario nacional. Hasta 1982 siguió actuando, pero luego vinieron épocas muy duras. Durante diez años conoció el olvido y las internaciones psiquiátricas, de las que fue rescatada por un puñado de amigos. El 15 de junio cumplió 80 años, y volvió a conocer algo de gloria, la que implica ver su nombre en la marquesina del teatro Maipo. Rita está feliz por el reconocimiento, sin embargo tiene la mirada triste. No le gusta, prefiere mostrarse alegre, borrar los malos recuerdos. Pero en un momento, sobre el final de la charla, la mirada se enturbia y se le escapa una frase: “¿De qué me sirvió ser una celebridad?”, dice.

La hospitalidad de Rita es conmovedora. Ceba mates de manera incansable, ofrece unas masas secas que guarda en la heladera. El pequeño hogar es pura generosidad. Para llegar a su cuarto de pensión hay que atravesar unas largas escaleras, que ella sube pese a la reciente rotura de su rótula. La habitación tiene las paredes repletas de fotos de ella, de iconos religiosos, de seres queridos. Se repite la imagen de Eva Perón, tanto de sus épocas de artista como de primera dama. “La quiero”, dice para señalar todas las fotos que la evocan.

Rita está orgullosa de su hogar, aunque añora el departamento en el que vivió hasta hace dos años. Se enojó con un periodista que fue despectivo con su casa. “¿No puso que tengo todo, un televisor a color, una heladera, un ventilador de lo mejor?”, dice y señala sus pertenencias, las que le aseguran el módico bienestar que necesita. El periodista memorioso, Nacho Suriani, recuerda aquella vez que la invitó a cenar con sus amigos. Ella le contestó que no, que no era bueno para ellos, todos profesionales, mostrarse con Rita. Le retrucó con la invitación a comer en su casa. “De paso les muestro la heladera nueva que me compré”, remató. Los logros económicos no fueron su obsesión, al punto que estuvo varias veces despojada. Sin embargo, se lamenta porque le robaron todas sus pertenencias cuando estuvo internada en el hospital psiquiátrico provincial Agudo Avila.

Aunque Rita tiene ganas de hablar, su conversación sigue el hilo de sus recuerdos y muchas veces las preguntas quedan sin respuesta, porque disparan en ella otro recuerdo, otra anécdota, algo que sí quiere contar.”No hay otra, no hubo ni habrá otra que haga lo que yo hice. No es porque sea yo, pero no hay, ahora esta chica que está en Buenos Aires (se refiere a Emme, quien la representa en la comedia musical) está aprendiendo a mover acá (se señala las tetas), pero nunca en comparación a lo que yo hacía, porque yo hacía para acá, para allá, para acá, y los dos”, dice sobre uno de sus números emblemáticos, el ventilador.

Para ella, no hay distancia entre la leyenda y la persona. Es Rita, la Salvaje, la que se inventó a sí misma yéndose de su casa de Isla Maciel, en Avellaneda, todavía adolescente. Lo cuenta con naturalidad: “Me escapé, cuando tendría 16 o 17 años. Encontré una amiga que me contó sobre un aviso en el diario pidiendo dos chicas para bailar. Me preguntó si me animaba, y allí nos fuimos, nos tomaron. Empecé ahí, en La Mosquita. Empecé a bailar mambo, afro cubano, caravanas, árabes con pañuelos en la cabeza, y dije no quiero saber más nada de esto, me voy a largar a bailar mambo bien desnuda. Cuando hice eso ya me vine para acá”. Acá es Rosario, donde convocaba público todos los días (“llenaba el lugar de bote a bote”), durante los ‘50 y los ‘60 en el teatro Casino del barrio Pichincha, y luego en el Rendez Vous.

Su vida de cabaret le impuso la discreción sobre los amores. “No fui de tener amores, porque no me gustaba que me manden. Amores de amar tuve dos”, cuenta. Uno en Tucumán y el otro en Córdoba. En los dos casos, le tocó ser la otra. Y enterarse de la peor manera. La traición del primero, cuando tenía 20 años, la llevó a la iglesia para rogarle a Dios que le hiciera olvidarlo. “Lo olvidé enseguida”, dice con fe ciega. “Como yo tenía familia en Buenos Aires, que se disgustó porque yo me puse en un cabaret, imaginate. Una familia bien. Todos mis hermanos eran bien, ya tengo uno solo vivo. Y yo pensaba que si me veían con un hombre iban a decir que era puta. Porque lo primero que decían era eso, tras que trabajaba en un cabaret, era puta. Todo el mundo, todo el mundo”, dice sin ningún dejo melodramático. Y niega terminantemente haber sido trabajadora sexual. Lo mismo dicen los que recuerdan aquella época. “Ella no trabajaba”, aseguran.

Aunque la pregunta es otra, Rita responde: “No te digo que no pude casarme ¿con quién querías que me casara?”, pero luego elude el tema. Sí cuenta que estuvo embarazada, pero decidió abortar. “Quedé en estado y me lo tuve que sacar porque estaba trabajando. Me dolió mucho, lloré mucho, pero no llegué a las tres semanas. Me lo saqué enseguida, porque empecé a arrojar y a arrojar (es su forma de decir vomitar), y me lo saqué. Por el cuerpo, mirá si quedaba con una panza así o con una cintura así, me moría. Lo sentí muchísimo y le pedí a Dios cincuenta mil veces, y le pido siempre que me perdone. Pero dios sabe que lo tenía que hacer y Jesús sabe que lo tuve que hacer porque si no qué sería, qué sería”, deja flotando sobre la maternidad.

Ahora, Rita parece una abuela. Pero hay algo en sus toques arrabaleros, una manera particular de levantarse el pulóver negro para mostrar las medallas prendidas en el enorme corpiño, o cuando se sube la pollera para mostrar unas piernas que a los 80 años todavía provocan envidia. Su nombre verdadero, Juana González, quedó en el olvido, y se llamó Rita –como dijo mil veces en estos últimos meses– por la Hayworth, la actriz a la que jura haberse parecido. Lo de salvaje nació en un cabaret de Brasil, uno de los más de veinte países por los que bailó.

Porque a Rita lo que más le gusta es rememorar sus épocas de diva. Dice que tenía “¡un cuerpo y unas tetas!... Todo lo hice yo sola. Decía les voy a empezar a tirar caramelos, así endulzamos un poco. Entonces compré una canastita, la llené de caramelos y les daba caramelos, y después me colgaba un caramelo acá, un caramelo acá (señala las dos tetas) y un caramelo abajo. Y llamaba a uno del público. Le decía que me sacara el caramelito. Arrodillate y hablá a larga distancia, les decía. Entendés para qué. Y cómo venían, corrían a sacar el caramelo. Pero no me lastimaban ni me tocaban nada. Me sacaban el caramelo, lo pelaban y se lo comían”, cuenta sobre uno de sus números más celebrados. Si hasta “el polaco” Goyeneche le sacó por lo menos tres veces el caramelito, y también lo hizo Astor Piazzolla, que terminó ese show tocando Adiós Nonino en un bandoneón, con Rita sentada a su lado, desnuda. El cuadro estaba apenas iluminado por un cenital que ambientaba el cabaret.

“Hablaba malas palabras también, no te vas a creer, yo no era... ahora con vos yo estoy bien pero a veces me decían alguna cosa y yo les contestaba que me chuparan un huevo, sin maldad. Ellos se mataban de risa. A veces me decían que me desnude. Yo les contestaba: ¿qué me querés ver, la cuchufleta?, ya me las vas a ver.”

No lo dice espontáneamente, pero cuando le preguntan qué sentía cuando bailaba asegura: “Era feliz, feliz, y viendo a la gente más feliz todavía”. En ese momento, se produce la magia. Rita canta como lo hacía entonces. “Me llaman la salvaje porque soy terrible en cuestiones del amor, me llaman la salvaje porque tengo el cuerpo llenito de calor. Salvaje mis caricias, mis abrazos, salvajes mis momentos de pasión, salvajes pero llenos de ternura los besos que a los hombres yo les doy”, vuelve a cantar, con la voz un poco más gastada. Los que la vieron aseguran que imponía respeto en una época en que Pichincha ya era un recuerdo, porque los años más intensos de prostitución y rufianismo habían terminado, pero todavía no llegaban a la categoría de mito. En cambio, Rita, desde el retorno de la democracia, en 1984, fue inspiradora para la cultura de la ciudad. Hubo canciones, obras de teatro y hasta revistas que la recordaron. Durante los mismos diez años que ella pasó internada en un psiquiátrico, y cuando muchos la creían muerta.

Aunque no lo diga con esas palabras, Rita se siente una sobreviviente. Cuando se le pregunta sobre sus amigas, sus compañeras de las épocas del cabaret, sólo atina a contestar: “La única que quedó soy yo, la única”.

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“No fui de tener amores, porque no me gustaba que me manden. Amores de amar tuve dos”, cuenta. Uno en Tucumán y el otro en Córdoba. En los dos casos, le tocó ser la otra.
 
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