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Viernes, 5 de agosto de 2005

CLASIFICADOS › CLASIFICADOS

Masajista fem c/s exp

 Por Roxana Sandá

A sus 19 años recién cumplidos, Camilita ya había probado de todo: el reiki, la reflexología y los masajes descontracturantes eran apenas las cartas de presentación de unas manos con pretensiones new age por convencimiento de dos ex compañeras de secundario, que descubrieron en Osho y las prácticas de relajación sobre cuerpos ajenos una discreta fuente de ingresos y una placentera autonomía laboral. El origen de tanto condicionante ocurrió sobre el despertar de la adolescencia, cuando el techo descascarado de su habitación se le vino encima. El segundo hecho, de una contundencia al borde del dramatismo, lo vivieron sus padres, oficinistas tan descascarados como ese cielorraso, obligados a desayunarse una hija incapaz de hilvanar cualquier futuro con la trama gris de relación de dependencia.

“Quiero un destino por elección, ser libre, viajar, que las cosas duren lo que tengan que durar, sin horarios ni imposiciones”, le recitó a la psicopedagoga del colegio cuando su primer test vocacional, a los quince y de parada.

Hacia esos objetivos se encaminó este lunes, mientras hojeaba los clasificados del diario y mordía un alfajor en el bar de Rivadavia y Colombres, a la vuelta del instituto donde cursa el enésimo taller de terapias alternativas: “Masajistas, 18-28 años, para trabajar en Acapulco, México”. Leyó y releyó el aviso, como si en la avaricia de esas líneas se le hubiera revelado algún cielo único y privado.

En una cabina del locutorio de Medrano y Rivadavia terminó de construirse el nuevo horizonte, sincerando, por setenta centavos la llamada, sus ansias de crecer sin techos descascarados ni husos horarios. “Necesitamos chicas como tú”, respondió del otro lado un sujeto con tonada Luis Miguel, similar a las imitaciones de su primo Lito en sobremesas de domingo.

El futuro empleador se anunció: “Sergio Martínez, en representación de mi padre y mi hermano como agente de negocios en Buenos Aires”, y le advirtió que de ella se esperaban sesiones de masoterapia con dedicación, a 200 dólares la hora y media de esmero, y le prometió un desfile incesante de políticos, funcionarios y artistas locales en su lugar de trabajo, las habitaciones del Acapulco Princess, “un hotel como los que ves en el canal FTV”.

A Camilita se le humedecieron los ojos de la emoción. Imaginó las playas de arena blanca, el contraste verdoso de los dólares y la sensación indescriptible de pensarse como esas chicas del Fashion, colmadas de deseo ajeno.

“Si no tienes pasaporte, no importa; en un mes lo tramitamos, viajamos juntos a México y allí nos espera mi padre, que tiene buena relación con Migraciones. El pasaje de avión te lo pagamos nosotros y nos reintegras el dinero con lo que ganes en tu primera semana de labor. De ahí en adelante, sólo tendrás que darme el 30 por ciento de comisión. Vivirás con otras chicas en una hermosa casa con cinco habitaciones y alberca, y por los traslados no te preocupes, un guardaespaldas te lleva y te trae. Tú sólo debes atender a la clientela, nosotros nos encargaremos de que aquí vivas con tranquilidad y protegida.” Por un momento Camilita recordó el caso de la misionera que escapó de un par de proxenetas esclavizadores por los techos de Belgrano. Y qué curioso: al tipo no le importó que tuviera poco y nada de experiencia. Es más, le dijo que podía reiterar la propuesta a otras amigas que mostraran interés, “porque se trata de un negocio realmente importante”. Parece que algunos oficios siempre tienen cupo.

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