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Viernes, 5 de agosto de 2005

Yo soy morocha

¿Dónde están, que no se ven...
... las verdaderas morochas argentinas? La publicidad las ningunea incluso cuando quieren mostrar “otros” modelos de belleza, en los castings suelen quedar si se busca quien represente una empleada doméstica, en la escuela son objeto de chanzas y si se les quiere decir lindas se les dice exóticas. ¿En qué espejo nos miramos?

 Por Luciana Peker


“No me molesta si hay rubias en la tele, pero faltan morochas de piel porque muchas o son teñidas o dicen que son morochas y tienen piel blanca. Faltan morochas morochas”, redunda –con necesidad– Jessica Tortosa, una estudiante secundaria, de 18 años, de La Boca. Bah, una morocha argentina.

De esas que abundan en la calle, levantan piropos y miradas masculinas, compran jeans y se pintan los labios (que nadie parece querer venderles en las publicidades siempre blancuzcas), pero también aguantan chistes despectivos en la escuela porque tienen algunos tonos más oscuros que la supuesta argentina promedio, vaya uno a saber por qué, rubia o (falsa) morocha, siempre aclarada por la lavandina del Photoshop de los medios.

“En la tele morochas son Nancy Duplaá o Carina Zampini. Yo soy morena. Por eso, siempre hice villeras, putas o sirvientas hasta que zafé del estigma, que no es un estigma que me moleste, pero demuestra un prejuicio racista. Mi mamá fue sirvienta y no es morocha, es muy rubia –cuenta la actriz María Fiorentino–, pero no por nada hay una expresión que dice ‘negro de mierda’. A mí, en cambio, me encanta que me digan la Negra Fiorentino, como la Negra (Mercedes) Sosa o la Negra (Olinda) Bozán”.

Esta semana volvió a la pantalla –en la telenovela Sálvame María, de Andrea del Boca, transparentemente clara– Juan Palomino, el único galán morocho-morocho. Y la redundancia sigue siendo necesaria en un país en el que la vendida antinomia rubias vs. morochas se presenta como una elección entre las modelos Sofía Zamolo y Karina Jelinek, en donde la única diferencia estética –de eso se trata esta controversia revisteril– es entre tonos de pelo, no de piel, aun cuando aproximadamente 6 de cada 10 argentinas no son blanca Libertad Leblanc (y no sólo por el abono a la cama solar).

No por nada los estandartes de las morochas argentinas son Isabel Sarli, Susana Romero, Moria Casán, Carolina Pelleriti, Mariana Arias y otros ejemplos similares. O sea, aguerridas mujeres de pelo negro. Punto. La televisión, los medios, las pasarelas, las publicidades ignoran a las mujeres argentinas que llevan en su piel la marca de una argentinidad negada, con alguna gota de origen indígena o afro, a flor de piel.

Incluso, algunas excepciones son casi curiosas. La modelo Carolina “Pampita” Ardohain –ennoblecida por su casamiento, y concordante separación, con Martín Barrantes, primo de Sarah Ferguson, sangre roja de la corona británica– ahora está directamente rubia (por pedido de una marca de tinturas). Sin embargo, por su tono de piel apenas más oscuro que el promedio fashion y los ojitos achinados –asimilables a la belleza de tierra adentro–, sin que se la pueda embanderar con ninguna bandera de igualdad étnica, fue castigada por sus compañeras de pasarelas rubias –rubias (también valga el doble rubia para este caso) con el mote de “mucamita”.

A la ex ministra de Trabajo, Graciela Camaño –en vez de las muchas críticas políticas que daba lugar a recibir– alguna vez la tildaron de “mono”. Mientras que Paola Suárez –hace años la tenista mejor ubicada en el ranking internacional y mucho más ignorada que sus colegas masculinos–también contó cómo tuvo que trabajar con ayuda de psicólogos para autoconvencerse de que una humilde morochita pudiera ganar y ganar.

La otra morocha light es Julieta Ortega, hija de Palito, hijo de Lules, en donde Tucumán alguna vez fue cañas de azúcar y hoy es la nada misma. A Julieta, cuando deja su atavío posmoderno –por ejemplo– en Disputas se le adivina un posible destino de morochita del montón. Pero hay que adivinarlo. Ni siquiera Gianella Neyra, la peruana que protagoniza el sitcom ¿Quién es el jefe? puede lucir un color oscuro más allá del territorio capilar de sus cabellos.

¿Por qué en la Argentina, a diferencia del primer mundo y, al menos, islotes políticamente correctos del tercero, no hay en los medios de comunicación modelos femeninos (periodistas, conductoras, actrices, líderes, vedettes, etc.) que representen las diferencias étnicas nacionales y los matices de piel que tienen las mujeres argentinas reales. ¿Por qué, incluso, las pocas propagandas (de Dove y de Ser) que se animan a mostrar señoras maduras, narigonas, rellenitas, canosas, imperfectas, no se animan o no se plantean mostrar morochas, morochitas, morochonas?

“Uno mira la publicidad y después te ves en el espejo y nunca coincide tu imagen con lo que estás viendo”, desnuda Charo Bogarin, que nació hace 32 años en Clorinda, Formosa, tiene origen guaraní y hoy es la cantante de Tono Lec, una banda que fusiona música toba y electrónica. “El argentino tiene la mente colonizada y sigue creyendo que somos descendientes de europeos y que lo blanco es lo lindo y lo bueno y lo negro es lo malo y lo feo, como una dualidad entre el bien y el mal. Cuando era chica –y eso que me crié en Resistencia, Chaco, donde había muchísimas morenas– me verdugueaban bastante. Después, intelectualizás esas críticas, te preguntás por qué renegar de tu color de piel y te amigás con lo que sos”, relata.

La mitad más uno (es más oscura y más invisible)

¿Qué es Charo? Una argentina típica que típicamente está excluida de la imagen típica de los medios sobre las argentinas. Aunque, en realidad, el 56 por ciento de ellas desciende –total o parcialmente– de ancestros indígenas y sólo el 44 por ciento de ancestros europeos, según un estudio del Servicio de Huellas Digitales Genéticas de la Universidad de Buenos Aires, en el que se tomaron muestras de ADN de 12 mil personas en once provincias. “Se sobreestima el origen europeo argentino”, le dijo Daniel Corach, profesor de Genética y Biología Molecular de la UBA, a cargo del estudio, a Silvina Heguy, de Clarín.

Mientras que, por otra parte, otro estudio del Instituto de Ciencias Antropológicas de la UBA determinó que el 10 por ciento de los habitantes de Buenos Aires tiene algún legado africano, porque conservan huellas digitales afro aunque esto no se note directamente en el color o en el arquetipo negro. “La concepción arraigada de que somos, principalmente, descendientes de europeos no reconoce el gran aporte africano y amerindio”, subrayó el antropólogo Francisco Carnese en la nota “La Argentina negra y oculta”, del periodista Matías Loewy, de Noticias.

En este mismo sentido, el arqueólogo Daniel Schávelzon, en el libro Buenos Aires Negra revela que, alrededor de 1810, el 35 por ciento de la población de Buenos Aires (y el 50 por ciento de la de Córdoba y Catamarca, por ejemplo) era africana. En el 2005, esa población no desapareció ni se extinguió en su totalidad. Por sobre todas las cosas, se mezcló.

Los estudios actuales demuestran que no es cierto que no haya negros ni que los indígenas sean una minoría, sino que los rasgos más característicos, en muchos casos, quedaron aligerados, diluidos o enmascarados por el fuerte mestizaje nacional. O sea, hoy en día, una persona puede tener antecedentes afro –que se pueden detectar en estudios de ADN que rastrean las huellas genéticas– aunque su piel no se vea completamente negra. Pero sí, por ejemplo, el pelo con rulos, los labios anchos o unos tonos apenas más oscuros que la claridad de los que bajaron de los barcos.

Lo llamativo es que aun cuando la ciencia haya podido determinar que en el mapa genético argentino hay –por lo menos– un 56 por ciento de descendientes aborígenes y un 10 por ciento con legado afro, o sea que, alrededor de 6 de cada 10 argentinos no sea absolutamente blanco, no hay imágenes televisivas ni publicitarias que representen a las mujeres que suman esa mitad más uno de morochas de cuerpo entero. Y, más llamativo aún, es que el mito europeo sea tan potente que la deuda con los y las cabecitas negras ni siquiera se asume como una deuda.

“Desde la Generación del ’80, en el siglo XIX, se construye un modelo de país blanco y europeo, que no tiene nada que ver con la población original, pero que igualmente se impone en el imaginario popular y todo lo que es negro u oscuro queda como lo bajo, oscuro o promiscuo. Por lo tanto, lo morocho no vende ni es lindo y el norte es la blancura europea”, señala Miriam Victoria Gomes, profesora de Literatura Latinoamericana y Africana en la UBA y descendiente de africanos de Cabo Verde.

Miriam nació hace 43 años en Dock Sud y ahora vive, cerquita, en Avellaneda, pero todavía tiene que explicar que sí, que ella es negra y argentina. “A mí me dicen que soy inmigrante como si acá no pudiera haber gente oscura cuando la mayoría de la gente es oscura. Es una esquizofrenia terrible. El problema es que éste es un país mestizo en el que sólo aparece la minoría más blanca, más rubiona, más teñida. Y, por una cuestión de justicia con el pueblo que uno se encuentra cuando sale a la calle, tendría que haber modelos reales de mujeres con caderas anchas, ojos expresivos y piel mate u oscura”.

Moira Millán tiene 34 y es integrante de la comunidad mapuche de Corcobado, Chubut. Ella pretende más representatividad para los pueblos originarios, pero se opone a la idea de que una modelo pueda contribuir a exponer una mayor igualdad. “¿Queremos ser parte de la cosificación de las mujeres? No –responde–. Nuestro modo de vida no tiene que ver con los estereotipos de belleza y todo lo que pase por la sociedad de consumo se va a banalizar y convertir en mercancía. No me interesa que haya una ‘Pocahontas’ indígena porque va a ser lo mismo. En cambio, sí preferiría que se vean más periodistas y actrices, como Juan Palomino, que no se queda con su imagen de galán, sino que tiene un compromiso con los pueblos originarios”.

Charo propone: “Ahora se está tendiendo a revalorizar lo que es nuestro, desde las raíces. Y las argentinas tendríamos que explotar más nuestras pieles marrones y curtidas, del color del suelo y de la tierra, sin necesitar que venga una marca de ropa europea a buscar modelos étnicos”. Y enfatiza: “Ser morocha está bueno: la piel aceitunada llama la atención, no nos arrugamos nunca, parecemos eternamente jóvenes y tomamos color enseguida con el sol. Yo estoy en el punto en el que amo ser morena”.

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Betina Robledo (29), empleada de seguridad privada. "Somos más morochas que rubias naturales y muchas veces me dijeron en distintos trabajos ‘¿Por qué no te hacés unos claritos?’. Es muy racista que haya que ser rubia para vender."
 
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