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Viernes, 5 de agosto de 2005

Una genealogia

 Por Soledad Vallejos


La leyenda familiar podría servir para una versión cinematográfica que glorificara al crisol de razas. Hubo un bisabuelo paterno, guaraní él (en algunas versiones se le adjudica el rango de cacique), que por algún motivo (aseguran que amor) se casó con una inmigrante irlandesa llegada a Entre Ríos. Resultado: diez fornidos morochos de ojos claros como el cielo. Dos de esos niños eran absolutamente idénticos, y lo siguieron siendo de adultos. Uno de esos dos, nunca supe identificar cuál, era el abuelo.

En Santa Fe, los italianos se esmeraban para convertir poblados minúsculos en pueblitos prometedores, o bien se mudaban a la capital de la provincia para apurar el trámite. Eso hizo el calabrés que, después de desertar de una carrera sacerdotal en Buenos Aires, se casó con una criolla de caderas fuertes y cara de luna llena. A poco, una fábrica casera de fuegos de artificio fue creando una módica riqueza para el bisabuelo materno (cuentan que fue uno de los primeros del lugar en comprar auto, que tenía criadas, que dormía siesta), y convirtieron a su hija, la abuela materna (la piel pálida, los rasgos angulosos, el cabello crespo) en chiquilla codiciada. Niña bien aburrida conoce a un morocho de orígenes confusos (hay, al parecer, una familia en el campo de otra provincia, alguna foto, muchas dudas) y pinta de galán prohibido del barrio y se escapan a la ciudad: Buenos Aires. Tuvieron dos niños; una la madre.

En algún otro lugar de la ciudad, el descendiente irlando-guaraní conocía a una doncella de apellido francés y pasado (otra vez) borrado. Tuvieron dos niños; uno, el padre.

Cosas del destino y los grupos de amigos, llegamos hasta acá: la nena ata los cabos de tantas nacionalidades e hipotéticas etnias que no podría, aunque quisiera, llevar cuenta cabal de las herencias. Eso (ese silencio, esa carencia, ese enredo de orígenes, bah) la convierte, cree ella, en una morocha argentina cien por cien. Y entonces, llegado este punto, se pregunta: ¿eso viene a ser qué? En primer lugar, una infancia de la que recuerda (con vergüenza y piedad por sí misma) su frase eterna cuando algún compañerito deslenguado y asombrado descubría que la piel era más oscura (pasa en las escuelas más progres): “es por el sol”. En otros lados, no hacía falta la excusa, todo el mundo se veía más o menos parecido, y, con el tiempo, la nena se dio cuenta de que no había sol ni nube ni eclipse que valiera: ella era siempre así. Cree haber contraído cierta inmunidad a los comentarios después de que se televisara la serie Raíces (“Kunta Kinte”, un clásico siempre a flor de labios). Pasó un tiempo, pero en algún momento la diferencia, quién lo hubiera dicho, empezó a jugar a favor: las comparaciones eran con Tita, la Bozán... las chicas tangueras, un eterno femenino honroso que hace de la morochez bandera de lo arisco argento, para independizarla de esas modas pasajeras, efímeras, insípidas, insostenibles que creen que morocha es tener el pelo negro y la piel pálida. Faltaba más. En eso, ven, hay que llevarle la contra a Simone: las mujeres se harán, pero morocha (argentina) se nace.

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