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Viernes, 16 de febrero de 2007

EXPERIENCIAS

Marca personal

La española Nieves Mesón pasó de su trabajo como docente de biología a descubrir y sostener, sobre la base de la compañía terapéutica, tratamientos alternativos (y complementarios) para enfermas y enfermos de anorexia. El proceso que llevó adelante con una de esas pacientes es ahora materia de Sara y la anorexia, un libro en el que comparte su estrategia particular.

 Por Sonia Santoro

El último caso conocido fue el de R.O., una mujer de 33 años que falleció en Córdoba. Ana Carolina, Maiara Galvao, Beatriz Cristina, Carla, Rosana son los otros nombres propios que se ha cobrado la anorexia en distintos puntos del planeta. Nieves Mesón, una profesora de biología madrileña, ha ido más allá, poniéndole una historia al nombre de Sara. Sara y la anorexia (Ed. del Nuevo Extremo) fue publicado hace siete meses en España y hace un par en la Argentina. Allí relata en primera persona las motivaciones y necesidades de una chica que sufre anorexia desde la preadolescencia. Cuenta cómo hizo para sacarla de ese mundo, donde la rutina era vaciar las alacenas, robar para comer y luego vomitar o no comer durante días, con una técnica propia y polémica: experimentando con multitud de abordajes psicológicos y de desarrollo personal, y llevándola a vivir a su casa. Hace un par de meses creó Conciencia, un centro especializado donde acompañarlas a salir de la enfermedad.

¿Cómo te decidiste a tratar a Sara?

–Yo llevaba varios años introduciendo en mis clases todos mis nuevos conocimientos acerca de la vida y los resultados eran espectaculares: mis alumnos estaban encantados, mis clases eran mucho más estimulantes que antes y mi trabajo dejó de ser un fastidio y se convirtió en una experiencia enriquecedora. Empezaba a estar claro para mí que todos los seres humanos tenían necesidad de una “rehabilitación espiritual”. Una de mis alumnas me habló de su cuñada, Sara, una joven de 21 años que sufría anorexia y estaba a punto de ser ingresada en un hospital. Ella pensaba que todo lo que yo contaba en clase podía servir de ayuda a Sara. Llevaba dos o tres años haciendo todo tipo de terapias: rebirthing, focusing, respiración holotrópica, biodanza, dinámica de grupos, constelación familiar... y empecé a aplicar los conocimientos que tenía, basados en mis propias experiencias, en mi trabajo con Sara.

¿Podés definir el tratamiento que aplicaste con ella y el que aplicás?

–La base de mi trabajo consiste en sacarlas, en primer lugar, de su entorno habitual; en el caso de Sara la llevé a mi casa, años después he repetido la misma experiencia con Gema, una chica de 24 años, que ha vivido con mi familia durante cinco meses; y estar con ellas el mayor tiempo posible, a lo largo del día. Se trata de introducir en su mente nuevos conceptos acerca de la vida, pero es necesario hacerlo el suficiente número de veces y de forma suficientemente convincente. Por eso es necesario un acompañamiento de 24 horas, para que sean capaces de observarse a sí mismas, en el día a día, y puedan modificar su tendencia a la autodestrucción. Hablamos mucho, me cuentan todos los detalles de cada día, sus sueños, sus anhelos, sus pesadillas, sus miedos, sus momentos mágicos...

¿Por qué creés que muchas veces los tratamientos para tratar esta enfermedad no funcionan?

–Mi opinión es que son insuficientes. Comprendo que en casos graves es absolutamente necesario ingresarlas en el hospital y someterlas incluso a intubación gástrica para conseguir recuperar el peso necesario para evitar que su vida esté en peligro, pero desde mi punto de vista este tratamiento debería ir acompañado de un trabajo como el que yo realizo para que la recuperación fuera real.

¿Qué recomendación harías a padres y madres que tienen una hija con esta enfermedad?

–Es imprescindible que los padres admitan su responsabilidad en el desarrollo de esta enfermedad de su hijo o su hija; que no se sientan culpables, porque esto no serviría de ayuda en ningún caso, pero sí responsables en cierta medida, y en segundo lugar que comprendan la gravedad de la enfermedad, ya que, sobre todo en el caso de los hombres, consideran, al menos al principio, que se trata de una tontería de su hijo o su hija, que no merece ninguna consideración. Las madres suelen ser unas personas tristes, sacrificadas por su familia, resignadas a llevar una vida poco estimulante.

Es una movida muy arriesgada llevar a una chica a tu casa, ¿por qué lo hiciste?

–Cuando Sara llegó a mi casa, mis hijos eran todavía muy pequeños, tenían seis y tres años. Por supuesto mucha gente me dijo que no era conveniente para ellos, que nadie hacía semejante cosa, que yo iba a ponerme enferma... pero era algo superior a mí, estaba completamente convencida de que era lo que tenía que hacer, que Sara sólo podía curarse si permanecía con ella el tiempo suficiente hasta que dejara de sentir esa angustia permanente que le impedía tener un solo instante de paz. Por supuesto, Sara me recordaba a mí, y yo sentía que era mi obligación ayudarla a recorrer el camino que yo había recorrido previamente.

¿Cómo nació Conciencia?

–Llegó un momento en que mi casa parecía una consulta terapéutica; mis hijos se quejaban de que siempre había alguien pidiendo ayuda, y que no podían estar tranquilos en su propia casa; fue entonces cuando decidí abrir una asociación. Se llama Conciencia porque creo que la inconciencia es una enfermedad contagiosa y es precisamente conciencia lo que se necesita para poder comprender el sentido de esta vida. Trabajamos con personas que sufren anorexia, bulimia, crisis de ansiedad, fobia social, tristeza crónica... gente que haya decidido salir de la ignorancia y desarrollar su inteligencia existencial. Gema vive allí, junto a otra chica que sufre fobia social y tuvo problemas de anorexia cuando tenía catorce años. Varias chicas acuden a comer a la casa, a las que acompañamos para tratar de evitar el vómito. Yo estoy con ellas varias veces al día. Por las tardes, todos los días, hay talleres que imparten voluntarios, gente muy creativa: danza, dinámica de grupos, teatro, modelado, técnicas de conocimiento personal...

En la Argentina, los medios están dando mucha difusión a esta enfermedad y existe un debate entre quienes le echan la culpa al mundo de la moda y los que dicen que la moda no tiene que ver en todo esto. ¿Cuál es tu postura?

–En España también se comenta la relación que existe entre esta enfermedad y la moda de los cuerpos excesivamente delgados.

A mí me da pena que todo el mundo se quede en lo superficial, sin indagar las verdaderas causas de esta “epidemia” mundial. A principios de este curso, una alumna de mi clase, muy bonita, con unos penetrantes ojos oscuros, me comentó en una parada de autobús en la que coincidimos, al salir de clase, que estaba faltando mucho porque tenía ciertos problemas. Estuvimos charlando durante un rato y yo comencé a hablarle de las verdaderas causas de su enfermedad: de su anhelo por el hogar perdido, de la magia que la envolvía cuando era niña, de la luz brillante que emanaba de su ser, de su alma dormida... y empezó a llorar, en medio de la calle, mirándome fijamente, dándome las gracias... Y una vez más me di cuenta de la necesidad que tiene este mundo de despertar y recuperar el camino de vuelta a casa.

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