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Viernes, 27 de julio de 2007

VIOLENCIAS > A TRES AñOS DEL SECUESTRO DE FERNANDA AGUIRRE

Desaparecida

 Por Roxana Sandá

No hay argumentos posibles. Van tres años de búsqueda ciega, de interpretaciones múltiples sobre la trata y tráfico de mujeres para ser prostituidas, de pistas que se rajan en mil pedazos, pero los ojos de Fernanda Aguirre aún no pudieron advertirse en mirada alguna. Su madre, María Inés Cabrol, intentó descubrirlos en cada una de las jóvenes que conoció en los umbrales de prostíbulos misioneros, correntinos, uruguayos, brasileños y paraguayos donde la buscó. En la provincia de Buenos Aires también procuró sin suerte hallar esa mirada que ya cumplió 16 años y que se congeló a los 12 en el pueblo entrerriano de San Benito, cuando, se supone, Miguel Angel Lencinas y Mirta Chávez la secuestraron (Raúl Monzón, el otro imputado –Lencinas murió en la comisaría donde estaba detenido–, está acusado de ocultar a la pareja).

El caso de Fernanda replica con fidelidad de espanto otro caso, el de María de los Angeles “Marita” Verón. Ambos secuestros fueron consumados a plena luz del día y a la vista de todos y comparten desde el inicio de las actuaciones los capítulos groseros de impunidad y corrupción que fueron revelando. Desde un primer momento logró comprobarse que Fernanda y Marita fueron mantenidas en cautiverio y luego trasladadas por el interior del país en un peregrinaje que probablemente haya culminado en el exterior. Sus madres las buscan sin consuelo posible, porque sencillamente no hay tiempo para flaquezas. Las mafias, como denominan a las redes de prostitución, operan con una dinámica tan aceitada como para lograr que las mujeres capturadas se esfumen. Nunca mejor aplicado el término desaparecidas en democracia.

Desde que María Inés Cabrol camina los mismos pasos que fatigó Susana Trimarco, madre de Marita –autora, a falta de datos oficiales, de una estadística propia que habla de 500 secuestros anuales de mujeres–, lucha por no desmoronarse. “No confío en nadie, porque no sé quién está detrás de todo esto”, insiste Cabrol mientras espera que Mirta Chávez o Raúl Monzón se quiebren “y alguien diga algo, aunque no sé dónde poner mi esperanza”. Los únicos que hablan lo hacen en forma lastimosa, para cruzar acusaciones mutuas. Abogados (por caso José Iparaguirre, defensor de Monzón) que echan tierra sobre las autoridades de Entre Ríos, y el propio gobernador Jorge Busti, que personaliza los ataques con amenazas de querella, porque no está bien “esto de que gratuitamente a uno lo injurien y calumnien”.

Una jueza penal que pidió mantener su nombre en reserva señaló la coloratura particular que tiñe a este tipo de casos: “Son pasos de manual: en las desapariciones siempre están relacionados o por lo menos sospechados los poderes policiales, judiciales y políticos aunque, por supuesto, nunca se lleguen a descorrer los velos sobre ese último eslabón de la cadena”.

La apertura del juicio oral y público por la desaparición de Fernanda previsto para el lunes próximo podría demorarse porque a uno de los integrantes del tribunal, Felipe Celli, le llegó –oportunamente– la jubilación. Los abogados de la familia Aguirre quieren evitar futuros planteos de nulidad. Celli es el magistrado que dijo creer que Fernanda está muerta. Pero también es el único que advirtió estar “convencido” de que existe una “sórdida trama de ocultamiento”. El “llamado caso Fernanda Aguirre –manifestó en una entrevista concedida a la FM Litoral– va a marcar una página muy oscura del poder político”.

“Es evidente que existen mafias operando en esos ámbitos”, enfatiza la socióloga Irene Castillo, miembro del Grupo de Estudios Sociales e integrante de la Red No a la Trata. “Y conocemos de sobra que la estrategia es rotar a las víctimas para crear ese imaginario de que se las tragó la tierra. Pero sólo a partir de un cambio cultural y concientizando a la sociedad podremos avanzar en algún sentido.”

Cuando las piernas se le acalambran de tanto viaje o se acercan los aniversarios, como ocurrió este miércoles 25, María Inés Cabrol pone la búsqueda en palabras. Mientras tanto, espera que Mirta Chávez se conmueva y hable. “Tal vez si estuviera unos días en libertad, recapacita y me dice dónde está mi hija; pienso que si tiene un poquito de corazón y sentimiento quizá me ayude, que es lo único que le pido.”

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