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Viernes, 27 de julio de 2007

LA VENTA EN LOS OJOS

Sola como un queso

 Por Luciana Peker

No sé qué tiene la picadita, la palabra picadita, la presentación de la picadita, que hacen de la picadita una sensación, una ensoñación, una tentación irresistible. Pero, intuyo, que en la picadita hay ideas saludables —no en el sentido light sino en el sentido más deseable—: diversidad, variedad, mixtura y, se supone, encuentro. Hay picaditas tan clásicas como la Rambla: salamín grueso, fino y queso Mar del Plata. Hay picaditas Frida: taquitos, guacamole, maní con pasas de uva. Hay picaditas tapeadas con tortillas, lentejitas o comidas grandes en platos chiquitos. Hay palermitanas: con bruschettas y pinchos caprese en idioma Soho. Hay más. Y si hay más picaditas es porque la idea de picada –ahora– es más amplia. Y la amplitud es bienvenida. Ya no es al pan pan –ni al vino vino– sino la apertura –no necesariamente importadora ni importada– de elegir panes o quesos y en ese plural (claro que no tan plural por los precios) existe la posibilidad de bajar al supermercado y encontrar en vez del Mendicrim verde o rojo, el gusto a salmón o a cuatro quesos.

En ese contexto, la marca Tholem acaba de lanzar los nuevos Tholem Tentaciones: caprese, champignon al vino blanco y frutos de mar. Se supone que los nuevos gustos son premium y, por eso, la publicidad quiere decirte que con ese pote de quesito te convertís en alguien premium. Premium, con un plus: “El placer es egoísta”, dice Tholem, para dar a conocer sus quesitos gourmet a quienes dicen que la lechuga es un suave colchón de hojas verdes. Y esto ya es tendencia.

El año pasado, McDonald’s promocionó sus postres con el slogan “Ser egoísta no está mal”. También las galletitas Donuts habían exaltado el “no compartirás” con la frase: “Antes de abrir un paquete asegurate que no haya nadie cerca”. La reivindicación del egoísmo tampoco es sólo mercado. En este diario, Sandra Russo contó que uno de los libros de cabecera de Mauricio Macri es La virtud del egoísmo, de la filósofa rusa Any Rand. El egoísmo sigue siendo una de esas palabras que, igual que maldad, muerte o rapiña, deben colocarse en la vereda de enfrente (del otro lado de la del solcito). El ego-narcisismo de estos tiempos –en donde la satisfacción es la meca– tiene la virtud –entre otras– de ofrecer quesitos. Pero el placer no está en chuparse sola el dedo, como la modelo de la publicidad de Tholem que come con cara de fugitiva (como una nena escondiéndose de su mamá o una adolescente del cuco de las calorías) sino en untar la charla, condimentar el encuentro, salpicar el roce, sorprender la risa, poblar el después e invitar al antes. Porque el egoísmo, entre otras cosas, es aburrido.

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