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Viernes, 27 de julio de 2007

POLITICA

Matrimonios y algo más

Por primera vez en la Argentina, un matrimonio que es también político se anima a la alternancia en el máximo poder público. Cristina Kirchner, la ahora candidata, le habla a su marido desde el escenario de su presentación como si le dedicara lo por venir. ¿Qué cambió en la tradición de las parejas militantes para que ahora haya un lugar para una mujer presidente? ¿Qué podría cambiar en adelante?

 Por Veronica Gago

Las parejas políticas –militantes o profesionales– han construido históricamente distintas imágenes sobre su intervención en la escena pública. Hoy vuelven a estar en primer plano a partir de una campaña presidencial que se juega, en buena medida, en un lenguaje matrimonial. De hecho, el tono íntimo y a la vez institucional con que Cristina Fernández se dirigió a su marido en el lanzamiento de su candidatura impulsa una discusión sobre el funcionamiento de las parejas políticas actuales: ¿una asociación pragmática, una ecuación de sensibilidades, un trueque de socorros mutuos o una cuestión de marketing? Más allá de cada una de estas fórmulas posibles, las duplas conyugales remiten a una división sexual de los roles públicos.

Una clave de interpretación es que la pareja tiende a funcionar para las mujeres como un reaseguro de su reputación para ingresar a la política. Sin embargo, la situación tiene una ambigüedad de partida: el matrimonio fue históricamente un medio de ciertas mujeres para incorporarse a la política, a la vez que funcionó como tutela y legitimación masculina de esa participación femenina. Este modo de operar del matrimonio debe leerse a través de las luces y sombras de cada época.

Según la historiadora feminista Lilian Ferro, la construcción de la pareja política y militante es una invención inaugurada en la Argentina por el peronismo y se juega allí una cuestión de clase: el ingreso de mujeres “no calificadas”, de los sectores populares, al mundo público de la mano de sus maridos. Las parejas socialistas anteriores al peronismo –aclara Ferro en diálogo con Las/12– se inscriben en otro carril: estas mujeres provenían de sectores medios y altos, en muchos casos de familias con tradición política, y la figura masculina que las impulsaba a la arena pública solía ser su propio padre. Tal vez la más paradigmática en este sentido sea Alicia Moreau de Justo.

Las décadas del ’60 y del ’70 consolidan la fusión del proyecto conyugal y militante, pero revolucionan en cierto sentido el paradigma popularizado por Juan Perón y Eva Duarte en la medida en que las mujeres masivamente empiezan a compartir con los varones una formación política e intelectual similar. La de John W. Cooke y Alicia Eguren es una pareja clave para marcar el punto de quiebre que representa ese momento.

De todos modos, las parejas de entonces, aclara Raquel Gutiérrez –ex militante de la guerrilla katarista a fines de los ’70 junto a Alvaro García Linera, actual vicepresidente de Bolivia y por entonces su compañero–, estaban plagadas de contradicciones porque operaba en ellas la misma escisión del mundo dominante: un espacio para lo público dedicado a “la lucha” y otro espacio para lo privado-familiar en el que se reproducían ciertas inercias de la tradicional división de roles. La derrota política de los proyectos revolucionarios en el continente marcó una reasignación de los lugares femeninos más clásicos: los años ’80 se caracterizaron por un alejamiento de las mujeres de la militancia –según la periodización elaborada por Ferro– mientras sus parejas varones se incorporaban a la política institucional. Sin embargo, podría agregarse que la derrota política coexistió, en paralelo, con una revolución cultural efectiva por parte de las mujeres, cuyo exponente mayor tal vez sea la lucha de las Madres de Plaza de Mayo. En los ’90, continúa la historiadora, las mujeres se vuelcan a la participación en ONG, en diversas prácticas de trabajo social y territorial y en tareas vinculadas con la lucha legislativa por la discriminación positiva. Hoy, varias mujeres candidatas, oficialistas y opositoras, en parejas reales o de fantasía –de la propia Cristina Fernández a Gabriela Michetti (quien se vio obligada a contestar que no estaba enamorada del futuro jefe de gobierno)–, son la cara de un discurso por lo menos paradójico: se proponen como elemento del cambio a la vez que no dejan de posicionarse como estandartes de continuidad con el orden vigente.

Foto: Pablo Piovano

Sexo y clase

Ferro, autora del libro Ser, estar y actuar. Mujeres y participación política (editado por Feminaria en 2005), ubica al peronismo como movimiento constituyente de la figura de la pareja política: “Antes del peronismo, las mujeres de los políticos tenían básicamente dos funciones: una casi decorativa y otra de beneficencia, como representantes de cierta clase social. A su vez, en las parejas del socialismo hay una cuestión también distinta a la que marcará el peronismo: se trata de mujeres educadas de sectores medios y altos, para las cuales la permisividad masculina viene de parte del padre. Eva y Perón, en cambio, construyen una forma muy atípica de hacer trascender el proyecto conyugal hacia una simbiosis con el proyecto político. El hecho decisivo del peronismo es que impulsa un modelo en que las mujeres de las clases bajas, sin formación previa, se incorporan a la política. Desde entonces se genera una legitimación de la acción política de la mujer a partir de una vinculación afectiva y sentimental con un hombre, siendo una de las maneras de insertarse con menos resistencia. Esta sigue siendo una clave fundamental para entender el funcionamiento de las parejas políticas”. Efectivamente la pareja funciona como “tutelaje”, pero también lo hace como “medio” de las mujeres de ciertas generaciones para ampliar sus márgenes de participación: “Para salir de la posición de retaguardia –la de las madres clásicas– y de las actividades canónicas y aprobadas como femeninas”, advierte Gutiérrez.

La situación no deja de ser ambivalente: el matrimonio como modo de inserción de las mujeres en la política, por un lado, consolida ese slogan de que “detrás de un gran hombre, siempre hay una gran mujer”: hay un reparto de papeles, espacios y lenguajes que especializa a las mujeres en los sectores de salud, educación y desarrollo social como áreas de intervención femenina. En muchos casos, este modelo reproduce la división de tareas dentro del hogar, por la cual los esfuerzos femeninos son capitalizados en la figura del marido en términos monetarios, de prestigio social o de influencia política.

Sin embargo, Gutiérrez –autora del libro ¡A desordenar! (2006), en el que reúne su balance político de la experiencia guerrillera y de los años de cárcel– no deja de marcar una cuestión estratégica del protagonismo femenino: “Muchas veces las mujeres, las que hoy tenemos más de cuarenta, nos valimos de la propia pareja, de entablar una relación con un varón, para ‘escapar’, ‘subvertir’, ‘salir’ de las relaciones de control familiares, disfrazadas de cuidado. Una se enrolaba con alguien, construía una relación ‘aceptable’ a nivel familiar, y te ibas apoyando en esa relación de pareja –que por supuesto conservaba fuertes rasgos de tutela, pues siempre operaba sobre esta ‘igualdad intergenérica aparente’– para ir desplegando tus propios planes. Esto, sobre todo, lo he visto en mujeres de lucha: así lo hicimos muchas”.

Fusión militante y conyugal

“Desde fines de la resistencia peronista, en Montoneros y en otras grandes organizaciones, las mujeres militantes que ingresan ya son calificadas –con una formación proveniente del cristianismo de base y de la universidad–, pero no abandonan el esquema de la pareja. A partir de las entrevistas que hice a varias militantes de la época, vi claramente esa fusión entre proyecto personal y proyecto político. Las mujeres me decían que concebían la trascendencia hacia la causa como una proyección más de su vínculo afectivo. Y muchas veces no me sabían decir qué era causa de qué: es decir, qué venía primero. Muchas provenían de la universidad, pero no distinguían si su vocación política estaba entonces ya presente o se había manifestado cuando iniciaron una pareja con tal o cual militante. Otra cosa que noté es que luego sus maridos o compañeros estaban presos seis o siete años y ellas eran las que sostenían todo ese tiempo la red de la organización y en las entrevistas solían repetir: ‘Bueno, en verdad, yo no era tan militante. Más militante era él’. La pareja, por los estereotipos de género, juega a veces como lastre negativo: sacarse el peso de ser ‘la mujer de’ no es fácil y opera minimizando la actuación propia de las mujeres. De todos modos, las organizaciones militantes de los años ’70 producen una crisis porque las mujeres que las componen eran ya diferentes por su formación y venían de la revolución de la píldora, lo cual les permitió empezar a planificar su futuro”, señala Ferro, que ha dedicado sus últimos trabajos de doctorado en investigación feminista a profundizar sobre este tema. Y agrega: “La pareja de John William Cooke y Alicia Eguren podríamos pensarla como contrapunto a Eva y Perón. Eguren tiene una formación mayor que Cooke, e incluso pasa el martirologio antes que él”.

La expansión de la formación política de las mujeres y el repliegue al que obliga la represión luego son dos momentos clave de la década del ’70, según Ferro, que permiten comprender el comportamiento político de las mujeres en la actualidad.

Gutiérrez también percibe la conmoción de las parejas militantes de aquel entonces a partir del cambio en el lugar de las mujeres: “Cada mujer singular se preguntó a sí misma muchas veces: ¿tengo hijos o no tengo hijos? Las que no tuvimos hijos, permanecimos en aquella militancia compartiendo con los compañeros en condiciones de ‘igualdad aparente’. Las que los tuvieron, se escindieron de una manera brutal. Todo esto terminaba por dos caminos posibles –o por combinaciones de ellos–: las mujeres se concentraban en el trabajo de crianza, ponían en segundo plano la militancia y entonces se quedaban ‘atrás’ de lo que iban haciendo y consiguiendo los compañeros, o bien las compañeras se apoyaban en sus redes familiares –sus madres– para que, sobre todo, se encargaran de los chicos y continuaban en la militancia con un sentimiento muy feo de dolor, como de culpa”.

Democracia y neoliberalismo

En el ámbito político-estatal, la vuelta a la democracia –derrota política mediante– redistribuyó los actores legítimos de la escena pública y, según Ferro, marcó un retroceso: el protagonismo pasó a ser de “los partidos políticos, los sindicatos, las corporaciones económicas y la Iglesia Católica, todos altamente institucionalizados y con estructuras rígidas que excluyen y subordinan a las mujeres de sus espacios de decisión a pesar de que están compuestos por mayoría de ellas”. Así, entrados los años ’80, “muchas militantes ven cómo sus parejas masculinas acceden a los primeros lugares de la política desde la democratización del país y ellas quedan relegadas”. Sin embargo, en esos mismos años cabe destacar algunas luchas fundamentales que toman fuerza: la de las Madres de Plaza de Mayo sobre todo, pero también aquellas por la legalización del aborto y por la reforma a la ley de la patria potestad. “Las mujeres entonces también deben luchar para lograr en 1991 leyes electorales de discriminación positiva para acceder en algún número significativo a la política formal. A la vez, muchas canalizan su decepción, integrándose al llamado ‘oenegeísmo’ tan típico de los ’90: las mujeres líderes de muchas ONG forman parte de parejas militantes. Con las leyes de cuotas, las cosas se complejizan en el análisis de la pareja militante, pero no es casual que en la pareja militante más poderosa actualmente el origen de la mujer que la compone sea parlamentario”, explica la historiadora.

Gutiérrez agrega un matiz para pensar la posdictadura: “A partir de la apertura democrática en todos nuestros países, algunas mujeres que ahorita están entre los 50 y los 60, que ya dejaron atrás la ‘carga obligatoria’ de la crianza y sus compromisos, tienen tiempo, conocimientos, espacio, recursos y prestigio. Y algunas, como el caso de la señora de Kirchner, un marido en el que ha ‘invertido’ una gran parte de su vida, y a través y junto al cual ha ocupado la posición que ha ocupado”.

“Cristina vuelve a poner en debate la legitimidad de la pareja política que se reivindica de una tradición militante: ella no abandona el modelo, ya que se lanza a la política después de que su marido fue primero, a pesar de que ella ya tenía un desarrollo político propio. ¿Esa matriz puede superarse? No lo digo como descalificación, pero me pregunto si sus condiciones de posibilidad política hubiesen sido las mismas si ella no hubiese esperado a que el capital político de su marido se solidificara”, se pregunta Ferro.

¿Un modelo global?

La comparación frecuente es entre los Kirchner y los Clinton: Hillary y Cristina, ambas senadoras y candidatas a seguir los pasos presidenciales de sus maridos, marcarían algo así como un modelo de repercusión global. Francesca Gargallo, feminista italiana radicada en México hace tiempo y especializada en política latinoamericana, niega ante la consulta de Las/12 que estas candidaturas marquen un avance para las mujeres: “Si la señora de Kirchner se quiere candidatear es porque entre las mujeres estamos confundiendo –gracias también a la norteamericanización del lenguaje feminista en virtud de una globalización y un aplanamiento del mismo– lo que es nuestra política con el deseo masculino de la representación-imposición de y sobre el conjunto de la población. La señora Kirchner es una mujer inteligente, muy preparada, conocedora de su país, tal y como lo es Hillary Clinton del suyo. No obstante, sus candidaturas tienen algo de imperial, de impositivo, de uso del macho para alcanzar el trampolín. No es que no se valga de usar todos los métodos para llegar a la línea de arranque en política, pero el hacerlo es perfectamente masculino, es una marca de género y de colonización del hacer de las mujeres”.

Alicia Stolkiner, psicóloga e investigadora de la UBA, sólo encuentra un punto de comparación entre los matrimonios Kirchner y Clinton: “En este tipo de parejas hay mucho de transformación de las representaciones de género. No son parejas construidas sobre la idea de que la mujer sostiene la figura del hombre sino que forman un team: entre los dos construyen una estructura de poder, e incluso no descartaría diferencias políticas, aunque no estratégicas de fondo, entre ellos. En la campaña de Clinton esta idea de team se manifestó en una frase de campaña que decía ‘Compre un Clinton y lleve dos’. Y de hecho, cuando él asume, Hillary toma en sus manos la difícil tarea de reformar el sistema de salud norteamericano, enfrentando el fuerte lobby de las aseguradoras privadas”.

De todas maneras, por más moderadas que se demuestren, las candidaturas femeninas no escapan a ser consideradas con cierto tono de sorna. A punto tal que el propio candidato a vicepresidente de Cristina –el gobernador de Mendoza, Julio Cobos– declaró ante un periodista –¡que le preguntó si estaba preparado para un “matriarcado”!– que a una mujer “una cosa es tenerla abajo y otra cosa, arriba” (semanario Perfil, 22/07/07). “En México, las voces que gritaban contra la candidatura de Martha Sahagún, esposa del ex presidente Vicente Fox –que quizás hubiera sido lo mismo que Calderón, nomás un poco más cursi–, no podían esconder su carga de misoginia y machismo. Sin embargo, esas mismas voces consideran que es perfectamente factible, admisible y respetable que el hijo de tal presidente sea ahora el gobernador de tal estado”, comenta Gutiérrez.

Estos prejuicios, según Stolkiner, también se pusieron de manifiesto en la forma en que se reaccionó recientemente ante las sospechas de corrupción de las ministras Miceli, Picolotti y Garré, y la vinculación del hecho con su condición de mujeres: “Se dice como comentario de calle que esto pone en duda la confianza en las mujeres para la función pública; es decir: se usa este episodio para descalificar a las mujeres en bloque. En cambio, a nadie se le ocurre decir de otros funcionarios corruptos que eso pone en duda su confianza como varones. Esto se debe a que el hombre es el genérico de la práctica política”. Desde los medios, continúa Stolkiner, se refuerzan estos estereotipos: “Para tomar otro caso de matrimonio político: Ségolène Royal y François Hollande. Fue evidente que tuvieron diferencias políticas durante la campaña presidencial sobre el rol del partido y, sin embargo, la prensa presentó toda esa polémica como si fuese un asunto de celos de ella respecto de una periodista que habría coqueteado con él”.

“Más lejos pero ilustrativo es lo que le pasó a Winnie Mandela cuando abandonó el esquema de pareja con Nelson (acusada de varios escándalos políticos). Y eso que ella tenía a una aquilatada militancia en el Congreso Nacional Africano. Lo que quiero decir es que cuando la pareja militante se rompe, las cosas para las mujeres que quieren seguir desarrollando un proyecto político solas se ponen tan difíciles como para las que nunca tuvieron una pareja militante como amortiguación de la agresividad misógina que aún es característica de la política argentina, sobre todo en el interior del país”, subraya Ferro.

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