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Viernes, 24 de agosto de 2007

SOCIEDAD

Ciudadanas en particular

En ciudades tan diversas como Rosario, Santiago de Chile y Bogotá (Colombia) las mujeres reflexionan –a instancias de un programa de Unifem– sobre su seguridad en contextos urbanos y las políticas públicas que podrían resguardarlas. Las demandas que surgen de estos talleres están muy lejos del clásico pedido de seguridad como sinónimo de mano dura y ponen de manifiesto que, cuando se piensa en la ciudadanía, es necesario pensar en particular.

 Por Sonia Tessa

Desde Rosario

En el taller sobre violencia urbana no se esperaban grandes revelaciones. Mujeres que dejan de concurrir a la Facultad, o a alguna actividad comunitaria, por temor a sufrir violencia callejera, quejas por la falta de iluminación, de pavimento, los baldíos que complican la circulación por el barrio, o los colectivos que no pasan. Pero de pronto el aire se enrarece. Una joven de un barrio pobre del oeste de Rosario cuenta que tres hombres intentaron secuestrarla cuando esperaba el colectivo. Se salvó gracias a un vecino, pero quedó aterrorizada: la posibilidad de ser víctima de una red de trata le impidió volver a salir sola de su casa. A su lado, otra adolescente llora, porque le pasó lo mismo. “Pensábamos que esos talleres eran menos movilizantes, porque no llegaban a meterse en cuestiones tan íntimas como la violencia doméstica. Pero no fue así”, contó Maite Rodigou, la coordinadora del Programa “Ciudades seguras: violencia contra las mujeres y políticas públicas”, que se desarrolla desde el año pasado en Rosario, Santiago de Chile y Bogotá. “La violencia contra una mujer impacta en el colectivo, porque aparece como una amenaza pendiente”, agregó. Esta afirmación se hizo evidente con las dos jóvenes rosarinas: “La red de trata es un peligro inminente para las jóvenes de los sectores populares”.

Foto: Arnaldo Pampillón

Es que allí donde los discursos dominantes sobre inseguridad urbana se basan en llamados a la represión y el recorte de derechos, a las mujeres les toca la peor parte: son víctimas de violencia en el espacio público y privado. Como dos caras de la misma moneda, las ciudades son doblemente hostiles para ellas: el temor las paraliza, las recluye en sus casas para evitar exponerse al peligro, y sólo salen para lo indispensable, como ir a trabajar o a hacer las compras. Y en sus casas, muchas veces, también viven el infierno. Que el Estado combata efectivamente la violencia hacia las mujeres, con la primera premisa de hacerla visible, es el objetivo principal del programa que ejecuta la agencia de Naciones Unidas para la Mujer, Unifem, desarrollado en Rosario por Ciscsa en coordinación con el Area de la Mujer del municipio.

Develar la violencia muchas veces naturalizada se ubica como un requisito para avanzar en el programa. En ese marco se desarrollan los talleres con mujeres, donde pudieron surgir estas vivencias. Como parte de la actividad, las vecinas realizan caminatas de relevamiento. El distrito oeste fue elegido por el efectivo y vivaz funcionamiento de la red de organizaciones de mujeres de diferentes barrios, un armado cuyo mayor mérito corresponde a Susana Bartolomé, directora del Centro Municipal de Distrito.

Las primeras 50 participantes de las caminatas observaron aspectos urbanos que profundizan la inseguridad y, una vez construido un mapa, están elaborando propuestas para mejorar la circulación de las mujeres por la zona. Entre los problemas, detectaron colectivos de transporte urbano que no paran en determinadas esquinas, o que no pasan a ciertas horas, falta de luces y terrenos baldíos que obstaculizan el paso. Esos reconocimientos comenzaron en diciembre pasado y, en este momento, las primeras participantes elaboran las iniciativas que presentarán en octubre en una asamblea con autoridades municipales. Pero las caminatas no terminarán. Por el contrario, se multiplicarán en otros barrios. “Quisimos hacer un corte para concretar propuestas, que no sea todo diagnóstico, sino que se empiecen a ver acciones transformadoras del espacio público”, señaló María Nazar, integrante del equipo que desarrolla el programa. En tanto, Rodigou señaló que recibieron demandas nuevas. “Esto se va a ir expandiendo, vamos a ir avanzando. Vamos a generar propuestas, las pondremos de marcha y mientras seguiremos haciendo otras caminatas”, indicó.

El enfoque para plantear la intervención en la problemática de la seguridad, desde la perspectiva de la violencia hacia las mujeres, se distancia de los discursos dominantes. “No se trata de proponer más represión, más control, sino de trabajar en la perspectiva de los derechos humanos. Entonces, se toma la violencia hacia la mujer como algo inaceptable, y que está violando su derecho a vivir en una ciudad libre, disfrutarla, usarla y apropiarse del espacio como una ciudadana activa y con derecho pleno”, indicó Nazar.

La violencia contra la mujer, en sus distintas manifestaciones, está tan naturalizada que muchas veces las propias víctimas la minimizan, o se sienten culpables de haberla provocado. “Tanto es así que se sienten ridículas cuando tienen que denunciar un hecho, por ejemplo, de acoso en el transporte público. Hay anécdotas de mujeres que incluso se retiraron de la situación, convenciéndose de que no les pasó nada. O en otros casos, cuando lo cuentan, su interlocutor les dice que por qué se queja, si anda con minifalda, o se expone”, detalló Nazar.

El cruce de la violencia hacia la mujer con la seguridad ciudadana apunta al corazón de la violencia social. Al escuchar a mujeres que viven la ciudad día a día, está claro que los discursos de la mano dura universalizan situaciones no tan generales. “Nosotras vemos un divorcio. Las políticas de seguridad se construyen bajo una idea de cuáles son los delitos y cuál es el tipo de violencia que preocupa a la gente, pero se toma a una ciudadanía universal, cuando en realidad los distintos grupos sociales están planteando diferentes demandas sobre seguridad”, puntualizó Rodigou. En el territorio, esas diferencias se hacen evidentes. “Los pedidos de represión son inexistentes. Cuando preguntamos si más policías en la calle refuerzan la sensación de seguridad, nos encontramos claramente que para las mujeres es todo lo contrario. Y sobre todo por la violencia sexual que muchos policías ejercen. Se sienten más expuestas”, relató.

La relación con las fuerzas de seguridad también es abordada por el programa, acotado por su competencia comunal. La Guardia Urbana Municipal que existe en Rosario desde 2004 actúa en el espacio público con métodos diferentes a la coacción. Para profundizar esa perspectiva, y brindarle una mirada de género, las responsables del programa realizan un trabajo en la fuerza que, en rigor, no es “de seguridad”. La primera etapa –actualmente en marcha– la constituyen talleres para hacer visible la violencia contra las mujeres. Pero el objetivo es más ambicioso. “Queremos construir un protocolo de actuación para los conflictos de género en el espacio público, que es su lugar de actuación. Que no quede librado a la sensibilización de cada guardia urbano”, afirmó Rodigou.

El trabajo en los dos aspectos constituye el avance que el programa tuvo en sus primeros meses de desarrollo. La experiencia actual tiene un antecedente en otra actividad, que se denominó “Ciudades sin violencia hacia las mujeres, ciudades seguras para todos”. Aquellos talleres de reflexión partían de una premisa similar a la que elaboró el pedagogo italiano Francesco Tonucci para proponer la Ciudad de los Niños. Si allí se trataba de idear una ciudad vivible para los más pequeños, como garantía de que lo sería para todo el mundo, aquí se planteó que si la ciudad garantiza la seguridad de las más vulnerables, el riesgo será minimizado. “Si logramos una ciudad donde el 50 por ciento de la población se sienta segura, estamos hablando de seguridad para todos. Además, como las mujeres estamos más expuestas a distintas situaciones de peligro, abordarlas significa mejorar las condiciones de los ancianos, los niños y los jóvenes”, expresó Rodigou. Sobre esa base, las propuestas de las participantes se alejan siempre de la solución represiva. “La política que proponen implica brindar trabajo, educación, propuestas recreativas. Encontrar maneras de incluir, sobre todo a los jóvenes. Cuando trabajamos sobre las causas de la violencia social, las talleristas las ubican en la situación de la pobreza, de la fragilidad de las redes sociales, en la desconfianza hacia el otro. Y en ese sentido, las propuestas siempre plantean reconstruir lazos, posibilitar la inclusión, volver a sentirse ciudadano y ciudadana, respetado por el Estado y la sociedad.”

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