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Viernes, 24 de agosto de 2007

CLASIFICADOS

Mayoria simple

 Por Roxana Sandá

Corría 2002 cuando el Senado aprobó por unanimidad la ley que establece un piso mínimo del 30 por ciento de integración y participación femenina en la actividad sindical. El entonces titular de la Comisión de Trabajo y Previsión y jefe sindical de los gastronómicos, Luis Barrionuevo, casado con la ex ministra de la cartera laboral y autora del proyecto, Graciela Camaño, argumentó la iniciativa con el oscuro sello de humor que lo caracteriza: “Quiero seguir durmiendo en mi casa –dijo–, por lo que voy a apoyar esta ley, como corresponde”. De paso, el autor del “dejemos de robar por dos años”, rogó a las mujeres que “no avancen tanto porque nos vamos a sentir discriminados”. Por cierto, su pedido aún prospera en tierras fértiles de, valga la ironía, gremios conformados eminentemente por mujeres. Haciendo ejemplo con la historia, es oportuno traer a cuento la organización sindical de los docentes de Ctera que encabeza Hugo Yaski, siguiendo la férrea línea masculina desde su fundación, en 1973, aunque la composición del 85 por ciento de sus afiliados es femenina. Dice la ex secretaria general de ese gremio, Marta Maffei, que “siempre hubo resistencia a que las mujeres tuviéramos cargos en la conducción”. En el gremio de Sanidad ocurre algo similar desde la cúpula, encabezada por el inamovible Carlos West Ocampo, y hacia adentro, con mayoría femenina entre enfermeras, mucamas, obreras y empleadas administrativas. A propósito: hacia fines de agosto habrá elecciones internas en la planta Pilar del laboratorio Fresenius, un hito en la empresa, ya que es la segunda vez que se eligen representantes gremiales. Según la delegada María Rosa Solinas, las trabajadoras consideran necesaria la presencia de otra delegada aduciendo que son mayoría en la fábrica, casi un 70 por ciento. Dice Solinas que la representación proporcional es un derecho democrático fácil de entender, “pero evidentemente con eso no resolvemos nada. Porque el problema de fondo es que las mujeres no participamos en la vida sindical y política igual que los hombres, ya que después de la jornada de trabajo seguimos trabajando en nuestros hogares”. Se hace difícil organizar reuniones sindicales cuando las mujeres no tienen con quién dejar a sus hijos; “tenemos que explicarles a nuestras familias que no es natural ni obligatorio que seamos sólo nosotras las que cargamos con este trabajo no remunerado en el hogar (...) Si de parte de la burocracia no hay un verdadero interés en que las mujeres trabajadoras podamos resolver esa carga de nuestra doble jornada para dedicarnos a la actividad sindical y política, es porque somos uno de los sectores más oprimidos de la clase trabajadora y no quieren que se escuchen nuestras voces”. Habrá que preguntarse, cinco años después de la sanción de la ley de cupo femenino, a quiénes les interesa el desafío de sindicalizar desde la militancia de las mujeres, logrando que sus motivos de preocupación sean también preocupaciones del movimiento sindical.

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