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Viernes, 24 de agosto de 2007

INUTILíSIMO

Un dilema nutricional y moral

A muchas señoras, frente a la organización de los menús semanales —que naturalmente incluyen desayunos y meriendas— se les presenta el acuciante dilema acerca de cuáles son los alimentos que se pueden ingerir con la total seguridad de que resulten nutritivos y livianos, sin efectos secundario negativos. Frente a tanta información contradictoria divulgada por periódicos y manuales, las amas de casa se preguntan con desasosiego: ¿Qué podemos comprar y cocinar con la conciencia tranquila? La revista Viva Cien Años (Nº 11, Volumen III, Buenos Aires, agosto de 1937) acude en nuestro auxilio por medio del artículo “Pero entonces ¿qué comer?”, del doctor Arturo López León (con la colaboración de la profesora de Economía Doméstica Amanda C. Rosso de Ramella).

El articulista reconoce que la pregunta del título de su nota tiene su razón de ser, “porque hay motivos sobrados para este soliloquio, ya que son tantas las transgresiones que se cometen a diario, no ya en contra de lo indicado por la ciencia, sino contra los dictados más sencillos del sentido común”. En consecuencia, cuando es consultado, “el facultativo se ve en el trance de tener que formular una larga serie de indicaciones negativas para poder encarrilar más tarde el programa dietético”. Uno de los problemas es que el galeno debe manifestarse a menudo en contra de costumbres acendradas, de tradiciones arraigadas. “Es absolutamente necesario que a nuestra prédica doctrinaria se agregue ahora una orientación práctica y positiva.” Con ese fin, la publicación se propone ofrecer un recetario que se inicia con el revolucionario “Cocktail Viva Cien Años”, cuya receta se da al final.

El doctor López León explica con claridad meridiana que parte de la complicación del tema nutrición y digestibilidad se debe a que el hambre de las primeras épocas de la humanidad, “fue sustituido por el apetito, debido al sedentarismo, la vida sin trabajo muscular, que es el gran estimulante de las funciones vitales”. Y desde luego al uso creciente de “los grandes tóxicos universales”: tabaco, alcohol, café, té, etcétera, etcétera.

Es así que la evolución experimentada por el arte culinario no es considerada por nuestro consejero del día como algo favorable: “Era necesario adular los sentidos, excitándolos para que el organismo encontrara la necesidad de comer. Y así empezó a degradarse este arte, al obstinarse en modificar los alimentos en su estructura y presentación, sólo para hacerlos más deseables”. Lamentablemente, este acento puesto en lo estético y sensual, además, ha traído “consecuencias de orden moral”, al volver glotonas a las personas, en contra de la tan recomendable sobriedad. En una palabra, ha llevado al pecado capital de la gula. El articulista se opone a estos devaneos gastronómicos voluptuosos a favor de una cocina que “vigorice el organismo y contribuye al progreso de la evolución zoológica”. Para empezar a practicar, nada mejor que el cocktail antes citados: 2 naranjas y un limón exprimidos a los que se añaden 2 yemas batidas y servir con unas hojas de menta peperita. Un excelente desayuno ligero, también un buen aperitivo “que contiene sales, vitamina C y ácidos vegetales que se transforman en bases alcalinas, citratos, malatos, tartratos, carbonatos y demás, los cuales al disolver los uratos, obstaculizan la formación del ácido úrico”.

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