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Viernes, 18 de octubre de 2002

FOTOGRAFIA

harto desnuda

María Gracia Subercaseaux es joven, bonita y fotógrafa, además de chilena. Lleva ya un tiempo haciéndose famosa por sus autorretratos de desnudos, en los que busca formas, todo tipo de formas, y las encuentra siempre en las contorsiones de su propio cuerpo.

 Por Soledad Vallejos

La chica tiene acento chileno y dice: “Mi vida es una sucesión de imágenes en blanco y negro”, y en un segundo pasa las páginas imaginarias del diario íntimo (“de vida”, dirá) perfecto: “de puras imágenes”. Son retratos de momentos eternizados como formas, planos, sombras y luces los que describen, en realidad, qué ha sentido ella en esos precisos instantes. Y por lo que se ve, la baja intensidad no es un atributo de María Gracia Subercaseaux: porque cierta calma puede ser puramente exterior, mostrar la fragilidad, a veces, es un acto de valentía que está haciendo hervir la sangre mientras se dispara el objetivo. Algo de eso sabe ella, que cuando se decidió a exhibir sus primeros pasos en la fotografía, eligió dos de los grandes temas clásicos del arte y los combinó: el autorretrato y el desnudo. Los primeros sonidos que escuchó tenían aroma a escándalo y no se privaban de incluir palabras como “pornógrafa”, “moral” y “buenas costumbres”; volvió a ser tema de retratos, pero vestida y para cámaras ajenas; supo aprovechar la tormenta para señalar que allí había algo diferente al exhibicionismo. Volvió a comprender que “el arte es muy subjetivo”, que “lo importante es que provoque algo”. Lo mejor: comprobó que su trabajo lo había logrado. Y por eso siguió –y sigue– y se ha convertido en una de las referentes de la fotografía chilena (y celebrity, a su pesar) de unos años a esta parte, algo que le valió viajar hasta la Argentina para acompañar las fotos con que participó de la muestra Puro Diseño hace unos días.

El pudor de la gran provocadora
A fines del ‘97, María Gracia tenía un trabajo de diseñadora de vestuario (“porque necesitaba guita, como dicen ustedes”), un título en Artes Plásticas y 27 años. Tenía, también, cierta compulsión a andar “con una máquina de fotos en la mano, retratando”, hasta que, al ver la retrospectiva de Luis Poirot, uno de los “dos paradigmas de la buena fotografía”, algo hizo un click en su cabeza: necesitaba estudiar eso, dedicarle tiempo, entregarse. Y debe ser convincente, porque en cuestión de semanas se convirtió en discípula del profesional al que admiraba, y no dejó de revolotear por su taller en tres años.
–Al final ya estaba inventando qué cosa más hacer, porque la idea era tenerlo cerca. Creo que uno aprende mejor robando del conocimiento, de la rutina diaria en el trabajar. Y así aprendí sus métodos, aprendí a educar el ojo, como se le llama.
Pero como no sólo de empecinamiento vive la aprendiza, la chica se presentó a un concurso nacional conocido por su tremenda convocatoria. No le importó no tener ni primero ni segundo ni tercer premio: le bastó con ser una de las diez mejores en tema libre y en desnudo. En un desnudo que ella había protagonizado y registrado, claro. Después llegó la piedra del escándalo, las fotos de “Hotel”, que desembarcaron primero en Internet y luego en una galería.
–Mi fotografía lo más importante que hizo fue provocar reacciones buenas o muy adversas. Eso ya fue un gran comienzo. Yo llevaba muy poco tiempo de fotógrafa cuando ya mi nombre había sonado harto en el país. Casi todo el mundo en Chile saben quién soy, o me conocen, y yo no creo que haya tanto mérito de trayectoria. Porque yo sí creo en la trayectoria del artista. En todo campo de profesiones, en realidad, el trabajo es lo único que te dignifica realmente, estar ahí, al pie del cañón trabajando mucho. Yo me hice muy conocida por el tema, un poco polémico, pero ahí está la inteligencia del artista, de aprovechar eso y también seguir mejorándose. Dije: “Ok, si está llegando toda la prensa de Chile a mis exposiciones porque es desnudo, o porque soy buena, o porque soy mala, o porque soy lo que soy, me da un huevo. Me la agarro y me la aprovecho sin ningún pudor”. Porque en eso no tengo pudor. Para otras cosas que no son el tema de los desnudos puedo tener pudor. Hay gente que me tilda de impúdica, pero yo soy pudorosa con mi alma, con mi cosa privada. El cuerpo es ponerlo, y es poner la verdad de mi rollo. En ese sentido no me da pudor, más pudor me da mi intimidad, que contaran mi vida privada. No estoy atrás de la familla inmediata, no me interesa, yo tengo claro lo que busco: solamente mis fotos.
Tres mil personas llenaron los salones de la galería donde se habían colgado esos autorretratos de una María Gracia pura piel y fragmentos corporales. Pero toda esa gente que llegaba atraída por el mix de osadía y juventud al aire no podía irse sin el temblor que da reconocer a alguien atravesando un trance. María Gracia había sacado esos primeros autorretratos desnudos por necesidad. Y por necesidad los había expuesto.
–Creo que ahí empieza a aparecer el ego del artista, como la vanidad que uno siente: esto es tan bonito que siento que debo mostrarlo. ¡Me ataca la vanidad más pura y asquerosa! Es como que uno siente que pertenece a la humanidad –dice entre risas y casi ruborizada–. No sé si será un capricho mío o qué, pero me da igual. Creo que mientras tenga la necesidad de mostrarlo, lo voy a mostrar, y cuando ya no la tenga, no lo haré. Pero confío en la honestidad de mi trabajo y eso es lo que quiero comunicar. No quiero ser la mina moderna, con las piernas abiertas, muy cool, que se está metiendo una cosa pa’dentro. No me pasa nada con ese tipo de fotos. No es el mensaje que me interesa transmitir. Soy re-poco cool, re-poco moderna. Mi trabajo es con las formas, con esa cosa estética que yo veo, es muy personal. No estoy buscando la aprobación de nadie.
Además de una resistencia feroz a convertirse en figurita de moda (“mi cuento era re-vendible: yo venía de una familia muy conservadora, de colegio de monjas...”), entre los primeros trabajos y los últimos, algo más pasó en ella. Como en etapas, algunas fotografías dejaban de ser retazos de un cuerpo anónimo para ir dejando intuir el rostro que no se atrevía a mostrarse. Poco a poco, fue apareciendo ella entera: sentada sobre el piso, jugando a que no se estaba entregando a una cámara sólo porque ella enfrentaba a un espejo. Pero estaba ahí.
–¿Hubo alguna ruptura o un proceso entre esas imágenes de fragmentos y las que incluyen tu rostro?
–Más que ruptura, proceso. Yo al principio no me atrevía a mostrar la cara. Tenía un poco de miedo. Yo, cuando partí haciéndolo, lo hice instintivamente. Necesité hacerlo y lo hice. Lo encontré bellísimo. Pero después encontré que tenía que hacer lo otro, mostrar la cara, obligarme. Antes de venir a la Argentina, hubo un momento en que estaba asustadísima, dije: “¿Qué irán a pensar? Que estoy completamente loca, que se desnuda, se fotografía, se muestra”. Pero la miré y dije: “No, estoy en lo correcto. Esto está precioso, es honesto, no pretende nada más que eso”. Por ese lado me di cuenta de que era muy bonita: por la no pretensión. Y el proceso creo que fue ése: atreverme a dar la cara, a mostrarla. Ahora me quiero ir más a los detalles, a los pliegues del cuerpo, en las manos, en los rollitos. Tengo muchas ganas de fotografiar una gorda enorme también, creo que hay una belleza inconmensurable en la gordura. Hay una ternura que me provoca encantamiento. Por ahora dejé de trabajar conmigo, creo que ya no tengo nada más que decir conmigo. Quiero hacerlo cuando tenga algo que decir, cuando mi cuerpo se esté arrugando. “Irme al alma, comprenderte a cabalidad”, dice que es el humilde objetivo de los retratos de otras personas que está haciendo ahora. Poder producir ese espacio íntimo que permite retratar una esencia. No quedarse “en la cosa formal”. Ir dentro, porque “el fin de todo fotógrafo es poder plasmar las emociones”. Por eso mismo, es de sospechar que algo así le ha pasado consigo misma.
–¿Sentís que hubo un crecimiento desde que empezaste a hacer fotos hasta ahora?
–Enorme, y creo que mi trabajo ha sido terapéutico también. El exponerme a mí misma y mostrar la verdad de mí sin nada en qué esconderme, la fragilidad de la desnudez, la honestidad de la desnudez, para mí fue todo un tema de crecimiento. Porque, ya que tenía tanta atracción con el cuerpo, yo podía haber hecho desnudos con otras personas, pero me parecía que era una cobardía, porque sabía que conmigo había todo un tema: yo necesitaba mostrarme a mí misma quién era yo. Porque soy la reina del escudriñar: me puedo vestir así y tomar una pose genial, me visto de gansa y puedo ser la gansa perfecta, me pongo de intelectual y te puedo hacer la intelectual más cool. Pero eso es una pose. Una pose que la reconozco y me río de mí misma, pero en la desnudez no había en qué taparse. Era como decir: “A ver, si eres tan chora (piola), muéstrate tal cual, muestra el alma ahí”. Y siento que fue lo que pasó. Por eso, de alguna forma, me siento encantada con el resultado. Creo que conmigo he logrado plasmar mi emoción y mi interior. Ahí está el proceso de crecimiento: tenía que partir por mí, exponerme, que me hicieran mierda y empezar a ver. Creo que muchas veces uno no aprende hasta que no está ahí. Lo encuentro terrible, pero es así, es como tomar conciencia con todo.
–Suena a que saliste ilesa de una prueba de fuego.
–Todavía no sé si salí ilesa. Hay que ver. El que se aventura a las puertas de todo eso, puede no regresar con vida. Pero yo creo que, hasta el momento, he caminado bien por allí. Soy bastante border, pero he hecho una buena labor en ese proceso conmigo.
Concluye con una sonrisa esa mujer que antes fue la chica de las fotos. Y tiene la contundencia de lo creíble.

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