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Viernes, 18 de octubre de 2002

MUESTRAS

más fatales, imposible

Un ciclo de cine en el Museo de Arte Latinoamericano (Malba) permite volver a ver en estos días las imágenes arquetípicas de las mujeres más fatales del cine.
De Marlene Dietrich a Graciela Borges, pasando por la Mujer Avispa o por la inolvidable Louise Brooks, allí están esas díscolas que tal vez no se hicieron amar, pero sí desear. Y cómo.

 Por Marta Dillon

El principio fue una broma privada. Tres varones trabajando juntos, programando películas para una buena sala de cine, que a veces ponen sus cotidianos sufrimientos en común. Las mujeres les han hecho daño, lo admiten. Han sido fatales en sus vidas, les resulta fácil comprender el corazón seco del Travis de Paris Texas, que se desangra mientras ve a su mujer en un peep show, bellísima, intocable. Es una broma privada, dicen, una metáfora, en todo caso, del rol que han tenido las mujeres en la vida del equipo de programadores de los ciclos de cine del Malba, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. Un excelente tema, el daño que provocan las mujeres, para cumplir con la propuesta de las muestras temáticas que desde el año pasado se presentan en esa sala con un sonido exquisito y en copias fílmicas: indagar sobre un concepto, provocar al lugar común. Y ahí, detrás del lamento de los hombres despechados, tenían uno: la mujer fatal.
“Mísero de mí que me veo desposeído de todos mis sentidos, pues en cuanto te veo, Lesbia, mi voz se pierde, mi lengua se paraliza, un fuego sutil corre por mis miembros, un miedo interior hace vibrar mis oídos, una doble noche cubre mis ojos.” Luis Pérez encontró la cita de Cátulo en un libro de Montaigne que lee cuando el ciclo Mujeres Fatales ya está en marcha. Pero ellas siguen apareciendo en todos lados. Es como cuando se está esperando un hijo, de pronto el mundo parece lleno de embarazadas.
Luis acusa a Fernando Martín Peña de ser el instigador de este ciclo, de haber querido hacer catarsis buscando en las películas esas mujeres que, literalmente, resultan fatales para quienes las rodean. La mayoría de las veces, también para sí mismas. Pero él hace su descargo, aportó películas y experiencias como los otros dos. Manuel Mendanha es el único que no está para constatarlo. ¿Cómo empezó entonces esta selección de cuarenta películas? “Con la división de los sexos”, se apuran a contestar a coro.
Al comienzo, entonces, tomaron a la mujer como un objeto de estudio cinematográfico, pusieron la lupa en aquellas que cumplían con su destino fatídico y empezaron a buscar los personajes femeninos que ocasionaban cierto tipo de daño. Los títulos se acumularon de tal forma que ellos mismos se sorprendieron. “Pero cuando empezamos a estudiar un poco más sobre las representaciones de la mujer en el cine quedó muy claro que la mujer que no es sumisa, que no se adapta al orden que impone el pater familia, se demoniza. Es propio de la cultura patriarcal –se entusiasma Pérez–. Tanto que aunque quisieron buscar un paralelo masculino de la mujer fatal para hacer el contrapunto, sólo encontraron el desierto.” “Existe el macho latino –dice Fernando–, pero es otra valoración, jamás podría destruir una vida como lo hacen ellas, a veces a pesar o a costa de sí mismas.”
La avalancha de títulos se ordenó después en cinco categorías, para que fuera más fácil privilegiar unas películas sobre otras. Una se dedicó al cine negro que alumbró un tipo de mujer “entregada a manejos criminales, insensible y cruel, a semejanza del medio que la rodea, y –según la descripción de Borde y Chaumeton, primeros críticos del género– tan experta en la extorsión y el vicio como en las armas de fuego”. El desborde está en la sección Clase B, plagada de ejemplares extremos en los que la fatalidad femenina se encarna en algún tipo de grotesco: mujeres avispa, vampiras, brujas y traumadas, se exceden a gusto en el cine de bajo presupuesto.
En ese no se qué se agrupan esas mujeres que atraen y destruyen por razones imposibles de interpretar. Ellas cumplen con el destino que les ha tocado en suerte, a veces hasta son indiferentes a lo que provocan, aunque siguen su deseo, su anhelo palpitante como única brújula. Son seis películas de corte surrealista en que María Félix –en Amok, del mexicano Antonio Momplet–, Catherine Deneuve –Belle de jour, de Luis Buñuel– o Graciela Borges –Circe, Manuel Antín–, se presentan como verdaderas trampas vivientes para incautos soñadores. Entre éstas, Fernando Peña rescata una perlita: Sueño de un día de verano, del japonés Tetsuji Takechi. “Es una cosa rarísima, indescriptible, y tiene la particularidad de que la fatalidad femenina es absolutamente pasiva y dependiente de un torturador. Por eso el protagonista se desespera, la quiere salvar y ella no se deja.”
“Es un ciclo hecho con amor, una exaltación de la mujer díscola”, dice Luis. Un acto de justicia a la vez, se dieron cuenta sobre la marcha, llevar al lugar de las heroínas a las mujeres rebeldes tantas veces silenciadas, disciplinadas por moralejas encubiertas en su trágico destino. Los tres se asombraron al descubrir a Lilith, la mujer que hecha del mismo modo que Adán, se negó a tenderse debajo de él y pronunció el nombre de Dios signando su eterno destierro. “Adán pidió después otra mujer, más obediente, pero el sino de Lilith permanece”, dice Peña como prueba de cuánto hay que remontarse en el tiempo para encontrar el origen de la cultura patriarcal.
Daños y Perjuicios es otra de las secciones del ciclo que se proyectará de jueves a domingo hasta el fin de octubre. Aquí la selección de películas de todas las épocas se divide a su vez en dos subtítulos, Destrucción Total y Destrucción Parcial. Se valora a las mujeres fatales por el efecto que producen, tal como una compañía de seguros evaluaría las consecuencias de un siniestro. En Destrucción Parcial se agrupan películas como Paris-Texas, de Wim Wenders; Sin aliento, de Jean-Luc Godard o El ángel azul, un clásico de Josef von Sternberg con Marlene Dietrich, entre varias otras. Lo que las une es que el daño que provoca una mujer fatal afecta sólo a las víctimas; ellas se yerguen más allá de la culpa, incluso más allá del amor. Pobre mi madre querida, una película que dirigió Homero Manzi en 1948, se incluyó en esta sección demostrando que la fatalidad no es patrimonio de amantes. El amor de una madre también guarda un amplio poder de destrucción.
Para ser incluida en la categoría Destrucción Total, es necesario que la mujer fatal consiga la ruina terminal de su pareja y al menos del 80 por ciento de su familia o círculo de relaciones. Curiosamente, es la sección más numerosa, trece películas se agrupan aquí para consumar la venganza del género, aunque muchas padezcan su propia locura aniquiladora. Greta Garbo en El demonio y la sangre –ella es las dos cosas–, Olivia de Havilland en Mi prima Raquel, Mecha Ortiz en Madame Bovary y en Safo, historia de una pasión o Louise Brooks en Lulú, la caja de Pandora, son algunos ejemplos de hasta dónde puede llegar el camino descendente de una pérfida mujer.
Por último, una selección de dos películas inquietantes con un título que puede parecer soez si no fuera estrictamente literal: Agujeros malditos. La argentina Setenta veces siete, de Leopoldo Torre Nilsson y la japonesa Onibaba, de Kaneto Shindo, son, según los programadores “joyas gemelas del cine y la misoginia”. En cada película hay un agujero en la tierra que se traga a los infelices que llegan atraídos por otro pozo, esta vez en el centro del cuerpo de las mujeres –la mítica Isabel Sarli en la de Torre Nilsson–. “En el fondo de ambos agujeros esperan el demonio, la muerte y la condena, como en un sistema interconectado de infiernos.”
Todas las películas, elegidas por hombres, han sido dirigidas también por varones, aunque a las primeras funciones asistió más de un 90 por ciento de público femenino, tal vez como una muestra de solidaridad de género. O en busca de nuevas estrategias para preservar la rebeldía, cueste lo que cueste. “Este es un ciclo resignado –dice Peña, sin asumir que en su investigación se ha adentrado en los estudios de género–. Es así, estudiamos el tema y confirmamos lo que presumíamos: las más bellas son fatales. ¿Qué podemos decir de ellas? ¿Que son hermosas o atroces?” Tal vez después de emprender el viaje que propone el ciclo se pueda elegir entre las opciones, o resignarse como los programadores a que las dos categorías van de la mano.

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