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Viernes, 21 de marzo de 2008

ENTREVISTA

Negra de alma negra

“La última certeza que me queda es el deseo...”, entonará mañana en su show Egle Martin, siguiendo la letra del bolero que le escribió Fernando Noy. La niña que pasó del Colón al cine, la adolescente que fue estrella del teatro de revistas y que años después protagonizó dos polémicos films de Daniel Tinayre, es hoy una señora que sigue inventando shows que rescatan la negritud de los géneros musicales del continente americano.

 Por Moira Soto

Desde la sala de estar atestada de cuadros y artesanías, antigüedades y almohadones animal print, se divisa un paisaje exuberante, verde sobre verde, que parece surgido de un ensueño del aduanero Rousseau: es la jungla personal de Egle Martin, su rincón evocador de Africa donde podrían darse cita una misteriosa encantadora de serpientes y un jaguar, un mono descolgarse de la palmera, dos leonas asomarse entre el follaje o unos flamencos rosas avecinarse a la pileta de lona... Pero no, por el momento sólo están los perros y los gatos de la mujer que encontró el latido de su corazón en los ritmos africanos que originaron distintos géneros musicales en todo el continente americano. La misma que estudió danza en la exigente escuela del Colón y saltó todavía adolescente al género revisteril, no sin antes participar en el film Esta es mi vida (1952), protagonizado por Miguel de Molina. Así fue que ella, en el colmo del eclecticismo, estuvo de niña en la ópera Lohengrin y antes de los 20 en la revista Nerón cumple, más tarde en diversos show de TV (incluida una Carmen francamente experimental) y en una decena de películas hasta llegar a encabezar en El asalto (1960), El rufián (1961) y Extraña ternura (1964).

La bella, picante y exitosa morocha dejó todo a los veintitantos para irse a vivir al campo, en Corrientes, con su marido Lalo Palacios, con quien tuvo dos hijas, Alejandra y Bárbara. En verdad, no dejó la música, su pasión desde chica, el jazz, el candombe, los ritmos brasileros que se abocó a investigar, a cantar y a bailar en su propia escola de samba. En 1976, una Egle Martin convencida de haber encontrado el rumbo, su norte artístico, presenta su primer show musical propio en el Blanca Podestá.

Y a través de los años siguió cantando y componiendo, actuó con diversas formaciones, sumando tangos, milongas, boleros y otras expresiones, según fue descubriendo, relacionadas con aquellas músicas que trajeron los africanos esclavizados, exiliados por la fuerza en el llamado Nuevo Continente. Mañana, Egle Martín –una diva que reniega de su condición de sex symbol en los ’50 y en los ’60– se presenta con un nuevo show.

“Mi abuela tocaba el piano, mi mamá era cantante lírica y yo irresistiblemente atraída por el baile y la música, las tres hijas únicas... Mi abuela era amiga de Lily Pons, la famosa soprano, y fijate que la abuela de mi marido Lalo tenía amistad con Marian Anderson, maravillosa contralto. Y en aquella época, cuando invitaba a la gente a sus comidas, había quienes se excusaban: No me siento al lado de una negra.”

Foto: Juana Ghersa

¿Tenés a algún negro, alguna negra entre tus ancestros?

–Que yo sepa con certeza, no.

¿Algún infiltrado no identificado podría ser?

–Sí, como todo el mundo, ¿no? Está claro que venimos de los negros. Africa anduvo por todos lados. Tuve un abuelo con el pelo enrulado, es verdad, pero de origen romano, Donati. Del lado de mi padre, Martínez Furque, está España, es decir, los moros. No te puedo dar mucha información sobre él porque apenas lo conocí: mi mamá y él estaban separados. Mi amigo Adolfo Abalos conocía a gente de La Rioja, de Catamarca que eran Martínez Furque, Quiroga Furque, Sarmiento Quiroga... El decía que éramos todos descendientes de Quiroga y de Sarmiento, un poco africano uno, del todo el otro. Digamos que el exterminio de la Guerra contra el Paraguay se hizo bajo un signo racista, para limpiar el país de negros. Igual quedaron muchos que se mixturaron, sobre todo con italiano.

¿Tu mamá te enseñó a cantar?

–Digamos que en mi casa la música era el aire que se respiraba. Cantaba algunas cosas con ella que era soprano, yo contralto. Mi mamá no pudo cantar en el Colón porque usaba botitas, había tenido parálisis infantil. Para ella representó un quebranto muy grande que la vetaran, la vi llorando durante muchos días. Yo ya estaba allí estudiando danza y me quise ir. Después, ella se fue calmando, Enzo Valenti Costa le consiguió muchos conciertos y también actuaba como solista en coros. Era amiga de los franciscanos que la invitaban a la iglesia de Santo Domingo, donde cantaba en los casamientos. Cuando hacía el Ave María de Gounod, yo me quedaba alucinada, con ese órgano armado por gente de la Antigua Casa Poggi, que era de abuelos míos por parte de mi padre... Como ves, siempre aparece alguna punta musical.

¿Tuviste un buen acercamiento con tu padre?

–No hubo oportunidad porque lo conocí a los 16. Y mirá lo que pasó después: cuando yo ya estaba casada, un día me llamó y me anunció que me iba a contar qué había pasado, quería que yo lo supiera. Quedamos en volver a hablar la semana siguiente, pero se murió antes de hacerlo. La verdad es que quedé destruida. Lalo me obligo a levantarme, a ponerme en marcha para hacer Carmen en la televisión. Fue una producción rara: la idea era hacerla en ritmo de jazz –ya se conocía la película Carmen Jones, actuada por negros–, sumar cantantes del Colón. Jorge López Ruiz dirigía la banda de jazz y como todo era tan surrealista, propuse que la ropa la pintara a mano Roberto Duarte.

¿Cómo sobrellevaste la disciplina del Colón?

–Era una cosa tremenda, pero mi pasión por la danza estaba por encima de todo. Me levantaba a las cinco de la mañana, seis y media estaba llegando al Colón para la clase diaria. Y muchas veces teníamos funciones nocturnas, pasaban cosas divertidas. Por otra parte, me sentía una privilegiada porque la selección había sido muy estricta Creo que me daba cuenta de la importancia de la base técnica. Tuve a la más grande maestra de danza que hubo en el Colón, Esmée Bulnes. Cuando se fue, me quiso llevar a La Scala de Milán, ella decía que yo era una bailarina de expresión. ¿Te imaginás a la mamá y a la abuela de la nena aceptando semejante propuesta? No hubo caso, obviamente.

En un principio, entonces, te limitabas a la música clásica.

–Era lo que conocía, claro. Pero sucedió que a los 13, mi abuela y mi mamá me llevaron a ver la película Un americano en París. Ahí explotó algo: descubro el jazz, que hay otra rítmica, la síncopa... Me doy cuenta de que Gene Kelly tenía la técnica clásica pero liberada por la danza moderna y el jazz. Y Gershwin, Dios mío. ¿En qué mundo vivía que no sabía que existían semejantes maravillas? En esa época, era amiga de Rodolfo Alchurrón, en realidad, estaba muerta por él. Cuando vuelvo de ver a Gene Kelly lo llamo y le pregunto si tiene algo de jazz para prestarme. Me trae un disco de Duke Ellington. Lo escucho y caigo desmayada, se me abre otro mundo. Quería más, lo llamo a Baby López Furst y me ofrece un disco de Sarah Vaughan. Con esas únicas referencias, empecé a comparar las diferencias rítmicas, instrumentales.

¿Justo cuando aparece Miguel de Molina en el Colón?

–Sí, él llega y me señala: “Esta es la Catalina”. Al principio ni mi abuela ni mi madre querían saber nada, pero Miguel era un seductor terrible, las conquistó. Y estuve en la película Esta es mi vida, en el cuadro de Catalina va a la fuente. Miguel era divino, se encargó de bordar mi ropa. Qué te cuento que un día voy, me meto en el camarín de él para preguntarle algo y me encuentro con María Félix que me dice que ella habría querido ser bailarina. Después, se ponía a mirar la filmación con un whisky y un cigarro. Yo me tomaba todo con mucha naturalidad, me trataban bien, me encariñé mucho con Miguel. Todavía seguía en el Colón, iba al colegio. Un día, él me ofrece llevarme al Canal 7 donde su amiga Mendy organizaba un concurso. La primera vez, fui vestida de Catalina, tenía 14, me hacía la grande. Pasaron varios programas, me coronaron reina.

¿Qué tenías en la cabeza cuando te presentaste?

–Escuchame: ¿qué tenés a los 14, 15? Pajaritos, por supuesto. Ningún plan, salvo entrar por esa nueva puerta que se me abría. Fue lindo, me gustó, pero la televisión no significaba lo que ahora: habría unos veinte televisores vendidos, no era la cumbre de la popularidad, me vieron pocos. Mirá, el efecto fue mayor cuando vinieron de la revista de Boca, me puse la camiseta y salí en la tapa: ahí supe lo que era la hinchada. El sentido del humor siempre me salvaba de darle importancia a este tipo de cosas. Incluso cuando pasó lo del Festival de Berlín, pocos años después, en 1959. Fui con la delegación argentina –Torre Nilsson, Beatriz Guido–, se presentaba La Caída, una película donde yo ni siquiera actuaba, y lo real es que tuve un éxito personal muy grande, están las notas que salieron en Alemania y aquí para demostrarlo. Bueno, yo ya había conocido a Lalo, abandoné todo y me casé. Me fui al campo y no di más bola. O casi.

¿Qué peso le adjudicás a tu breve carrera de actriz?

–Creo que en las películas que hice con Daniel Tinayre, El rufián y Extraña ternura, rendí mis mejores actuaciones. Desgraciadamente, en la segunda, Tinayre no me dejó hacer todos los temas de Piazzolla, apenas uno. Me fui a ver a Astor que estaba tocando en La Noche, un local que había abierto Nicolás Mancera después de hacer un programa de TV conmigo, con ese nombre. Le di un poema de Ulyses Petit de Murat y le pedí que me compusiera la música lo antes posible. Al día siguiente, ya tenía el tema: Graciela oscura. Cuando Tinayre lo escuchó se quería morir, era fantástico. Le digo a Astor que tiene que grabar ese tema y me llama un día después: “Lo voy a grabar con Tita Merello”. “Ah, bueno, chau”, le contesté y me fui al campo, ya tenía a Alejandra, mi primera hija. Vuelvo un año después porque me tenía que encontrar con Vinicius y me habla Astor: “Negra ¿vos no querés cantar Graciela oscura?” “¿Cómo?”, salto yo. “Bueno, como siempre te va, yo qué sé”. Le dije que lo iba a pensar. Lalo me sugirió que lo hiciera, que el tema era magnífico... Nunca entendí qué le pasó antes a Astor.

¿No entendiste que estaba loco por vos y quizás quería llamar tu atención?

–No me jodas, para mí fue una gran decepción. Bueno, empezamos a ensayar. Vino Homero Manzi y escribió otro tema para mí. Astor me decía: “Yo te voy a abrazar con la música”. Grabamos, salió algo precioso. Astor me alienta para que escriba letras, Horacio Ferrer propone que hagamos una ópera y se le ocurren títulos: Nace una rosa en el asfalto... Estábamos en eso cuando llega Lalo del campo.

¿Entonces es cuando tiene lugar el famoso pedido de mano?

–Astor quería que me quedara, pero yo solo estaba dispuesta a grabar, no a hacer funciones de teatro. “Yo te voy a crear María de Buenos Aires para vos”, me insiste. Tiene lugar la escena que decís: se hace la reunión de despedida en casa de Astor, octavo piso. A unos metros, los veo a él y a Lalo hablando muy seriamente, me acerco y escucho a Astor: “La mitad de ella está triste, su parte musical necesita de alguien que la comprenda. Ella te ama a vos, pero yo soy la persona que la entiende, que se comunica con ella a través de la música”. Yo estaba como petrificada. “Por eso, Lalo, te estoy pidiendo la mano de Egle.” Pensé para mí: se acabó Piazzolla. Lalo me mira y me pregunta “¿Te querés quedar o venís conmigo?”. Me fui con él, nunca más vi a Astor. Es verdad que el entendimiento musical con Piazzolla era total.

¿No te da un cachito de nostalgia por lo que podrías haber hecho con él como cantante?

–No, no, porque sé que tomé la decisión correcta, ojalá Astor no hubiese sido tan drástico. Eran dos amores distintos. Fijate que muchos años después nos encontramos con Laura Escalada, su última mujer, a la salida de un cine. Charlamos un rato y ella me dijo: “Astor te esperó hasta el último día, siempre te esperó. Creo que ustedes en otra historia, en otro espacio se van a volver a encontrar”.

Finalmente, encontraste esa identidad que buscaban y armaste una serie de show con tu impronta.

–Sí, fue un camino de búsqueda y también de fidelidad a mí misma. Así llego al show de mañana, donde canto temas míos, con improvisaciones, que tienen que ver con el tango, la milonga, el candombe, un reggae dedicado a los negros que conocí y que amé. Sí, ahora sí, puedo decir que en el escenario soy yo misma, que esta es mi identidad profunda.

Egle Martin y su banda, mañana sábado a las 21 a $ 20, en La Vaca Profana, Lavalle 3683, 4867-0934, [email protected]

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