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Viernes, 27 de junio de 2008

INUTILISIMO

Majaderías de un tal Baldomero Tapioca

Aunque suene insensato, enajenado, hay un personaje que firma una carta, a fines del siglo XIX, oponiéndose a toda forma de ornamentación artística en los hogares argentinos, al uso correcto de los distintos ambientes y de los cubiertos según el plato que se sirva. Vale la pena alertar a las prudentes lectoras porque este texto ha aparecido en una reciente (2008) publicación de la Biblioteca Nacional y el Centro Cultural de la Cooperación, en una edición —todo hay que decirlo— muy bonita y portátil: se trata de libros diminutos, bien diseñados y muy accesibles, que vienen en una cajita a tono con la portada. El que nos preocupa en la ocasión es Apariencias y costumbres, que reúne varios escritos de Eduardo Wilde —médico, ministro, diplomático, polemista, humorista de la generación del 80—, entre los cuales la carta titulada “Vida moderna”, firmada por un tal Baldomero Tapioca, señor inconformista que en algunas de sus consideraciones roza la majadería.

Fíjense ustedes que el hombre se vanagloria de encontrarse por fin solo —exceptuando un sirviente y una cocinera— en una casa de Río Cuarto, de ocho habitaciones, contando apenas con dos caballos de montar y uno de tiro, además de muchos libros. Entonces, este señor Tapioca se pasa la vida leyendo, paseando y durmiendo, todo lo cual lo hace “completamente feliz”. Adviertan, gentiles lectoras, el grado de inadaptación social de este caballero: “Básteme decir que nadie me invita a nada, que no hay banquetes, ni ópera, ni bailes y, lo que me parece mitológico en materia de suerte, no tengo ni un bronce, ni un mármol, ni un cuadro antiguo ni moderno; no tengo vajilla, ni cubiertos especiales para pescado, para espárragos, para ostras”... Y así sucesivamente, Baldomero Tapioca hasta se alegra de que las habitaciones no cumplan sus funciones específicas: “Todo es todo, duermo y como en cualquier parte”. La incivilidad llega al punto de que el caballo entra a beber tranquilamente en la tina del cuarto de baño.

Después de hacer el elogio del incumplimiento de elementales normas del buen vivir, BT confiesa desembozado que está allí huyendo de su casa familiar, “donde no podía dar un paso sin romperme la crisma contra algún objeto de arte. La sala parecía un bazar, la antesala ídem”... El autor de la epístola se queja de que “la luz no entraba en las piezas por causa de las cortinas”, “el aire no circulaba por culpa de los biombos, de las estatuas, de los jarrones y de la grandísima madre que los dio a luz”.

Habrase visto semejante tupé, tamaña insensibilidad: “No sabes la delicia que es vivir sin bronces”, recalca don Baldomero, poniendo en evidencia su condición de nuevo rico, tomándoselas incluso con la Venus de Milo y echándole la culpa de su propia desmaña a tapices y adornos, hasta vitupera las plantas y expresa su disgusto ante la idea del volver a ese “bazar”. Y comete la memez final de indicarle al destinatario de su misiva “que haga robar pedestales, bustos, cuadros, palmeras. En último caso, puedes recurrir al incendio”, remata ya completamente chalado.

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